EPISODIO CERO (PARTE II)

46 12 9
                                    

— Listo, creo que finalmente me veo bien. —

Ángelus terminaba de afeitarse, adoraba sentir su piel suave y tersa, sin rastro de ningún vello facial que le hacia incomodarse. Si observabas todas las pinturas de los emperadores McLeod, todos ellos tenían una gran y frondosa barba, bien arreglada y peinada que les daba un toque de edad y sabiduría, sin embargo a él jamás le gustó, y aunque se veía super en otros rostros (como el de Myfels) para Ángelus siempre se veía fatal.

El joven se secó la cara usando un pequeño pañuelo de seda que había en el tocador al lado del lavabo, no deseaba pasar mucho tiempo frente a su reflejo, los espejos también eran algo que personalmente odiaba. Admitía que eran necesarios, pero no le agradaban en lo más mínimo, escuchó en su cabeza una voz, casi como si madame Julianna le reprendiera: "El heredero al imperio debe estar rodeado de espejos, no hay nada como la imagen personal del emperador, así que, joven Ángelus, si quiere ser el hombre de estas tierras, comience por usted mismo."

Ángelus se miró por ultima vez al espejo, traía una camisa larga de mangas cortas que le llegaba hasta las rodillas, dividida con un cinturón de cuero marrón, pantalones a juego y botas largas. Se acercó hacia la puerta del baño y tomo una túnica corta de viaje "Solo por si hace frio" se dijo a si mismo y salió del cuarto de baño, pasó por toda su habitación e inmediatamente abrió la puerta.

En la escalera de la torre no había nadie, todo era completo silencio. Caminó escaleras abajo, observando por las pequeñas ventajas de la torre como el sol había desaparecido por completo y ahora lo único que iluminaba aquel lugar no era nada más que la luz de la luna y las pequeñas linternas en sus candelabros, pegadas a las paredes.

Solo fue hasta que llegaba al final de la torre cuando escuchó susurros que provenían del corredor, se acercó solo un poco hasta llegar al penúltimo escalón, agudizando la vista para encontrar al foco de los susurros, divisó una persona, iluminada débilmente por la luz de un sólo foco, todas las linternas del corredor habían sido apagadas excepto una, donde se hallaba aquella persona. 

Lo sabía muy bien, ese corredor no era ni más ni menos que el salón artístico del imperio, allí reposaban muchísimas pinturas que retrataban a sus antiguos gobernantes y las familias que han ocupado los grandes terrenos McLeod, y conociendo muy bien esa sala, sabía perfectamente que quien estaba ahí estaba observando un cuadro en específico, el cuadro de su familia nuclear (muchas veces había estado ahí viendo esa misma pintura), agudizó su vista aún más, esperando poder reconocer desde ahí a la persona en frente del cuadro.

Bajo la luz se encontraba madame Julianna, sus ojos, que dibujaban un sentimiento de melancolía, brillaban con suavidad mientras ella miraba aquel cuadro donde se encontraba una familia de tres: un hombre alto, moreno, con el cabello azul media noche, una barba predominante y ojos color gris que observaba con ternura a su esposa, una hermosa mujer con el cabello tan largo que le llegaban hasta la cintura, cada mechón de un negro azabache, sus ojos de un azul brillante, tanto como los de Ángelus, quien en esa pintura no era más que un bebé recién nacido en los brazos de su progenitora.

— ­ ¿por qué? ¿Cómo fuiste capaz de hacernos esto? — escuchó decir a madame en un pequeño hilo de voz, Ángelus no aguantaba más la curiosidad, fue tanta que se acercó demasiado y se resbaló un poco al caer al vacío en el último escalón.

Madame Julianna giró a verlo, su cara no reflejaba sorpresa o temor, se encontraba realmente serena, como si supiera lo que él se encontraba haciendo, el joven simplemente se limitó a mirarla fijamente, los labios de su tutora estaban recogidos en una casi imperceptible sonrisa y sus ojos volvieron al estado natural en el que siempre se encuentra.

— Salir por la puerta principal es un acto muy heroico, joven Ángelus. 

— ¿Y usted como sabe que...? S-solo voy al jardín, es todo. — la voz de Ángelus adquirió un tono de sorpresa con algunos toques de miedo, aunque en un intento tonto de serenarse tartamudeaba.

DESTINO: PIRÁMIDE OSCURADonde viven las historias. Descúbrelo ahora