Capítulo 14: La persistencia del tiempo

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Suspiraba. No había manera de no hacerlo. A penas podía concentrarme en lo que decía la profesora con la cabeza repleta de recuerdos. Sus labios en mi piel. Sus ojos frente a los míos. Sus caricias. Su forma de moverse. Todo en ella era hipnótico y curiosamente real. Suspiré de nuevo, pero esta vez mis mejillas enrojecieron por completo. Ya no me importaba. Simplemente con pensar en ella sucedía sin que pudiera evitarlo. Era completamente involuntario. Me hacía feliz recordar cada uno de esos instantes en que su piel tocaba la mía.

–Mademoiselle González? Vous êtes là? Cou cou.– La voz de la profesora interrumpió mis más profundos pensamientos.

–Euh... Oui! Désolé.– Pedí disculpas.

Entre tanto suspiro y amor no me había dado cuenta de que mi última clase había llegado a su fin. Afortunadamente la maestra no se había dado cuenta de mi ausencia mental hasta el final de su hora y ahora podía seguir reviviendo la noche anterior en mi mente sin complicaciones. Adeline... Me traía vuelta loca. Estaba enamorada. Enamorada cual avecilla en primavera. Ya no tenía que esconderme, ya no tenía que huir más. Estaba absolutamente donde debía estar.

Salí de la escuela y me encaminé hacia casa de Adeline. El día siguiente sería su exposición así que la sorprendería con una cena para celebrar antes de que todos los demás lo hicieran. Había comprado un ramo de flores y reservado una mesa en el restaurante favorito de mi amada. Sería perfecto. Estaba muy contenta de que sus sueños se cumplieran por fin, y me ponía aún más alegre poder estar con ella en un momento tan trascendental como sería aquel. Mi Addie, lo merecía totalmente. Era una artista con un talento impresionante que se abriría paso por fin en las grandes ligas. Adoraba imaginarnos unos cuantos años más adelante en Paris, caminando dentro del museo de Louvre donde se expondría alguna colección suya que habría causado un impacto enorme en el mundo entero. Todos la conocerían en cualquier rincón del mundo y obviamente vendrían a ver su arte. Esto era solo el comienzo de una gran carrera.

Saqué las llaves de mi bolsillo y abrí la puerta. Caminé dentro y la cerré con lentitud esperando que no se diera cuenta de que había llegado. Quería que fuera una sorpresa. Subí las escaleras haciendo el menor ruido posible, y giré hacia la puerta del balcón donde sabría que la encontraría.

–¡¡Addie!! ¿Addie?– De un segundo a otro mi incontenible emoción se había dispersado con el viento. Adeline estaba sentada en el piso temblando mientras no paraba de llorar. Me acerqué de prisa y acaricié su cabello, la abracé con fuerza intentando que se calmar.– Adeline, ¿qué pasó?

–Je l'ai cassé... Je l'ai cassé.... Lo rompí... Amelia, se rompió... ¿Qué voy a hacer?– Dijo ella con la voz entrecortada. Me mataba verla así.

–¿Qué se rompió, amor? Seguro puede repararse.

Adeline se volteó un momento y levantó con sus temblorosos brazos un bastidor que estaba en el piso a un lado suyo, me lo dio.

–No creo que podamos repararlo con tan poco tiempo... Era la pieza central de la colección...– Tras decir esto último rompió en llanto. Solté el bastidor y la volví a envolver con mis brazos. Se notaba que le costaba trabajo respirar y que no podía controlar sus emociones. No podía hacer nada más que estar ahí para ella, así que eso fue lo que hice.

–Ya, preciosa, calma. Algo deberá poderse hacer. Lo resolveremos juntas, ¿sí? Ya, amor, tranquila. –Adeline levantó la mirada y posó sus ojos esmeralda frente a los míos.

–¿Pero qué haremos? Está arruinado y debo entregarlo en 3 horas en el museo. Sin este cuadro no hay exposición. Debí ser más cuidadosa, pero el atril cayó de repente y atravesó la tela. No podemos solo enmendarlo y ya.

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