CAPITULO TRES: AUGURIO (parte 2)

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Mientras Nyx y Draco recorrían la Mansión, él no podía dejar de notar lo cómoda que parecía sentirse ella caminando por los pasillos y habitaciones de su propio hogar, como si ya hubiese estado allí anteriormente. Sólo podía oír sus propios pasos, los de ella siendo prácticamente mudos. No podía dejar de percibir cierta energía que emanaba esa pequeña a su lado, exudaba seguridad y firmeza pero su silencio, su andar, su postura y su rostro en blanco le generaban una mala vibra. Algo estaba mal. Sentía los cabellos detrás de su cuello erizarse y se sentía alerta, incómodo. Había algo raro. Todas éstas sensaciones sólo aumentaban la tensión que no podía dejar de percibir desde que abrió los ojos aquella mañana.

Finalmente, alcanzaron las puertas del comedor principal, ubicado en el ala este de la Mansión. Este salón sólo se utilizaba para las galas que tomaban sede en su hogar, organizadas por su Madre. Nyx avanzó y abrió las puertas para él, como si le sirviera.

Al entrar, todas las miradas se dirigieron hacia él y sintió su cuerpo paralizarse. No podía dar crédito a lo que sus ojos veían y se detuvo en seco antes de lograr dar un paso hacia la habitación. Nyx aguardó detrás suyo.

En el salón en que se había celebrado las tan célebres fiestas de Narcisa Malfoy, se encontraba una mesa circular en la que tomaban asiento distintos hombres y mujeres de renombre. Conocidos de su padre.

Él siempre fue consciente del pasado y la historia de su padre. Siempre supo los ideales que mantenían sus abuelos y sus antecesores y, en gran parte, él estaba de acuerdo con los mismos ya que en su mente el concepto de sangre pura y sangre sucia tenía más que sentido. Pero secretamente, siempre se sintió aliviado de que el Señor Tenebroso hubiese desaparecido. Las historias que creció oyendo eran aterrorizantes. Desde pequeño vivió las consecuencias que el vínculo con Voldemort había dejado en su padre y no le agradaba cargar con eso constantemente.

De vez en cuando, su padre descargaba sus resentimientos en él. Ebrio o sobrio, quizás completamente estresado por cuestiones de trabajo. La historia siempre era la misma. Le reprochaba casi con envidia el no tener que jurar lealtades. La "pureza" de su inocencia. No tener que cargar con horrores y órdenes. Siempre le repetía que Draco debería sentirse afortunado de tener padres como los que tenía, que jamás hubiese sobrevivido un día bajo el cuidado de quienes habían sido responsables de su crianza, al no estar presente su padre Abraxas.

A veces, el veneno de sus palabras no era suficiente.

A veces, los gritos no le bastaban a un Lucius pasado de vasos de Firewhiskey.

A veces, arrojarle objetos hacia su persona o romper muebles no apaciguaba el resentimiento.

A veces, necesitaba descargar su ira de forma tangible contra la viva imagen de su padre.

Luego, la rutina se repetía. Lucius abandonaría la habitación o pasillo donde se haya producido el episodio. Draco se levantaría del suelo, curaría sus heridas con un pequeño encantamiento sanador y por arte de magia, arreglaría el desorden que su padre hubiese hecho. No le mencionaría una palabra de lo sucedido a su querida madre que ya sufría en demasía el trauma sin sanar de su esposo. Y su padre, al día siguiente, actuaría como si nada hubiese pasado.

Draco siempre buscaba a quien culpar por las situaciones que debía vivir. Cuando era más chico, tanto como para no comprender la totalidad de lo que significaba el Señor Tenebroso, culpaba a la ausencia de su abuelo Abraxas en la crianza de Lucius. Claramente su padre siempre había resentido ese hecho y su hijo lo comprendía y empatizaba en cierta medida. Pero luego, al ir creciendo y observar a su padre tener que cometer ciertos actos en lealtad Mortífaga su ira fue rápidamente redireccionada.

HiraethDonde viven las historias. Descúbrelo ahora