CAPITULO SEIS: El dolor perdió su significado

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Después de un mes de conocer a los Malfoy y experimentar el ambiente "familiar" en el que se desenvolvían, Nyx llegó a una sola conclusión única: detestaba a aquella familia.

Por supuesto que ella no podría saber qué vendría a ser una familia o qué significaría aquello, no tendría con qué compararlo realmente. Pero si conocía el fracaso y la pérdida, conocía la debilidad y la cobardía. Nyx había aprendido a aplastar aquellos defectos desde el primer recuerdo de su memoria. Esas cualidades no tenían lugar dentro de los Individuos del Proyecto Ares. La última prueba se había encargado específicamente de aquello.

No sólo se había sentido completamente decepcionada de su primer vivencia fuera de las paredes de cemento que conoció toda su vida al rodearse de aquellas personas, sino que se había sentido completamente agobiada al percibir los pensamientos y emociones tan ruidosas del heredero Malfoy. Ella no podía creer que él tuviese su misma edad y viviese ahogado en un vaso de autocompasión. Le entretenía bastante el hecho de que sus emociones fuesen tan inestables, que no las pudiese controlar. Que fuese tan susceptible a los impulsos. Que le tuviese tanto miedo a ella y a Apolo.

Pero lo que más asco le generaba de esta familia era la astucia que presentaban para mantenerse con vida; no le llevó más de un día percibir cómo los Malfoys eran capaces de lo que sea con tal de salvar su propio pellejo, el miedo los controlaba por completo.

Le sorprendía que el Señor Tenebroso los encontrase útiles, ciertamente no los respetaba en lo absoluto. A medida que pasaba el tiempo, Nyx comprendía y empatizaba más con los motivos de su superior para crear aquella Academia. Sus Mortífagos eran inútiles. Y no podía esperar el día en que la orden fuese dada y pudiese encargarse de los eslabones débiles de la Fuerza Mortífaga. Especialmente de los Malfoys.

Todo esto cruzaba por su cabeza durante la cena de la noche anterior al comienzo de clases en Hogwarts, mientras observaba a Lucius Malfoy a su izquierda, quien comía en absoluto silencio, mirando fijamente un candelabro centrado en el medio de las fuentes de comida de la mesa. La entrada había sido una sopa de tomate. Podía percibir el leve temblor de la mano de Lucius cuando acercaba la cuchara hacia sus labios.

Frente a ella se encontraba Narcisa Black. Nyx había decidido desde el primer día que conversó a solas con la mujer que sería desconsiderado considerarla una Malfoy más. Aquella mujer era astuta, sabia. Probablemente lo único que mantenía a aquel grupo unido. El hombre que tenía como esposo era demasiado inestable, volátil, impulsivo, cobarde como para haber sobrevivido tanto tiempo. Eso le recordaba a Nyx su primer encuentro con una cucaracha a los cinco años, en el primer piso de la Academia Hades. Al principio la aplastó con su pie desnudo, sin tener éxito. Le sorprendió, ya que siempre le había resultado más que efectivo con otros insectos, pero aquella maldita sólo se volvió a acomodar y parar sobre sus patas e intentó huir a paso apresurado. Intentó aplastarla con su puño, pero volvió a resurgir, no había generado ni siquiera un mínimo de daño. Nyx agarró aquel insecto y la tuvo dentro de su mano mientras practicaban hechizos protectores, que era la lección del día. No la dejó ir en ningún momento y cuando les ordenaron que volviesen a sus habitaciones, sentía que su mano transpiraba con aquel insecto dentro. Al llegar a su habitación, Erea la observó con curiosidad mientras ella trababa la puerta y se apresuraba al espacio entre las dos camas. Estaba obsesionada con ese ser, que se rehusaba a doblegarse bajo la fuerza de Nyx. ¿Cómo se atrevía? Confringo. Erea observó completamente aterrorizada cómo aquel pequeño explotaba y se convertía en nada más que polvo. Nyx ignoró aquel sonido que hizo su compañera al atestiguar la escena. Nadie ni nada es indestructible.

Al lado de su madre, la única persona que Nyx había decidido respetar en aquella Mansión, se encontraba Draco Malfoy. Ella apenas soportaba su presencia y no podía evitar resentir en cierta medida a los Maestros por encargarle a ella que conviva allí y luego deba asistir a Hogwarts, con ese inútil de asistente. No le molestaba su actitud o sus contestaciones, sus amenazas vacías o comentarios sarcásticos. Sus intentos de imponerse sobre ella. No, lo que le molestaba era la mentira constante que era su persona. Todo lo que hacía era en un intento de construir aquella máscara de superioridad e impermeabilidad ante las circunstancias de su vida para ocultar la patética excusa de niño en su interior. Lo que odiaba Nyx era que su máscara ni siquiera fuese lo suficientemente buena como para que una persona normal no lo notase. Era tan obvio y tan patético que Nyx sentía una mezcla de incomodidad y vergüenza ajena al estar en su presencia y percibir sus pensamientos, tan ruidosos que apenas necesitaba hacer uso de su habilidad con la Legeremancia para escucharlos.

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