Capítulo nueve.

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Las grabaciones ya estaban a punto de sellarse con el final. Martín trabajaba en un próximo guion, más no comunicó nada a los actores. Como las semanas seguían pasando, las cosas se enderezaron en el curso de la vida.

Viviana optó por ignorar la actitud fría y tosca, que Carlos tomó con ella luego de encontrarse en la hacienda. Mientras que, Virginia aceptaba cada salida con Augusto y se iba apegando a su compañía, sin quererlo y sin pensarlo mucho accedió a ser su novia. Fue en una cafetería, cuando se lo preguntó, tomándola desprevenida. Luego, no quiso ser descortés y siguió el rollo hasta que cayó en cuenta la decisión que había tomado.

Siguieron pasando las semanas, entonces los cruces entre los protagonistas maduros eran estrictamente profesionales. No regresaron al tema de los besos, pero ambos morían por volver allí.

Entre filmaciones, les pasó el día y la ansiedad por acudir a casa los sacudió. Ahora, solo faltaban tomas escazas y algunos promocionales y cortinillas que saldrían al aire en menos de lo esperado.

―Virginia, no sé por qué aceptaste al tipo como novio ―reprochó su hermana, mientras bebían café en la sala de su apartamento. La mujer rodó los ojos―. No hagas esa expresión, te estoy diciendo la verdad. ¿Está todo bien?

―Todo marcha genial, solo que...ay no ―farfullaba, hundiendo su rostro avergonzada―, la verdad, ni yo sé mis actitudes. De lo que estoy segura, es que quiero estabilizarme con alguien. Y con el hombre de bigote y chivera, pues no se va a poder.

―No por eso tuviste que aceptar a este...Fuenmayor ―riñó, entregándole una galleta salada―. ¿Cómo es que será gobernador?

―Todavía no. Eso si gana las elecciones, contamos con tu voto ―le guiñó el ojo, y Gisela enarcó una ceja―. Por favor.

―Ya hablas en plural, hermana. ¿Estás segura de lo haces?

―No. ―Se rio con desgana―. Pero él es atento, me compra rosas, chocolate, está pendiente de mamá y hasta de ti y Ángelo. Ellos se llevan bien, un día se reunieron a ver el partido de futbol.

―Oye, ¿y no has hablado con Carlos? ―preguntó la rubia, cambiando el tema a uno más incómodo. Ejecutándolo con la mayor intención.

―Siempre tienes que traerlo a flote ―espetó, dejando su taza vacía en la mesa. Cogió la bolsa de galletas, y se la colocó entre las piernas―. Solo cruzamos para grabar escenas, no dejo que se acerque mucho.

―Niña tonta ―dijo, robándole un bocadillo―, te mueres por estar con él, admítelo.

―Que burradas dices...

―Virginia ―advirtió.

―Está bien, sí. Me reviento de ganas de volverlo a besar, de que me toque, los celos me carcomen cada vez que habla o menciona a su esposa, en conversaciones con los demás. Odio el hecho que, le pedí que se alejara y lo cumplió, no me ha ofuscado y me entristece a sobremanera.

Gisela se quedó muda, pero le sonrió con admiración. Confesar tus verdaderos sentimientos, nunca está demás.

―Te brillan los ojos, cuando hablas de él ―mencionó, levantándose y desperezándose―. Mamá nos espera, vámonos ya.

―Voy al baño, y salimos. Enciende el coche.

(***)

Carlos apuraba en cambiarle el pañal desechable a su hija, para irse a comprar un coche nuevo.

El otro que tenía, quiso dejárselo a su esposa, pues ambos tienen responsabilidades y no siempre el carro está disponible al mismo tiempo.

―Ya quedaste, Cristina ―la incorporó en el colchón, haciendo que se apoyara de la planta regordeta de sus pies, y se aferrara a las gruesas manos de su papá. Le acomodó el vestido, y la cargó para colocarle las sandalias―. Ahora sí, vámonos.

H I D D E N ©✔Donde viven las historias. Descúbrelo ahora