EXTRA: La carta que nadie leyó, y probablemente, nadie leerá.

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Advertencia: éste capitulo es fuerte, se recomienda discreción. Y no olvides que solo es ficción.

SAMAEL HUNT.

Cabrón.

Insensible.

Despiadado.

Cruel.

¿Me crees realmente malo?, ¿Hice todo por mi propia voluntad?, ¿Existe al menos un gramo de sensibilidad en mí?, ¿Sé la verdad? Por supuesto que sí.

¿Crees conocerme? Por supuesto que no.

—Samael, cariño —dulce, sensible y afectuosa voz... mamá. Apareció en el umbral de mi habitación, con una media sonrisa en el rostro, su cabello caoba estaba corto hasta sus hombros, sus ojos marrones brillaban llenos de vida y afecto maternal, pero no reprimió su bufido exasperado al verme con el cigarrillo entre los labios, sustituyendo su sonrisa por un semblante cargado de desaprobación—, odio que fumes, y sobre todo, odio aún más que lo hagas bajo mi techo —espetó y yo suspiré exhausto del mismo discurso mientras lo apagaba de mala gana sin soltar queja alguna—, no puede ser que no tenga autoridad en esta casa —musitó de mal humor y yo me puse de pie, mientras dejaba el cigarro en el cenicero de mi mesa de noche y comenzaba a caminar hacia ella.

Le tomé los hombros en cuanto la tuve de frente y solo soltó un suspiro mientras elevaba su cabeza hacia arriba, buscando mi mirada con sus brillantes ojos marrones.

—Tranquila —susurré—, lo siento.

Y mis palabras la hicieron soltar el aire de sus pulmones y cerrar los parpados, sentí la tensión de sus músculos bajo mis manos, estaba agotada de esto, de papá, de mí, menos de Astartea. Y lo sabía precisamente porque mi mamá es luz, ella brilla entre la neblina que nos rodea a mi papá y a mí, lucha contra nosotros y lucha contra ella siempre intento hacer notar que está bien cuando realmente todo está de la mierda.

—¿Puedes intentar hablar con tu hermana? —inquirió mientras se llevaba una mano a su sien y comenzaba a masajearla—, desde que llegaron de la escuela no ha querido hablar conmigo.

Asentí—. Bien, yo... veré qué puedo hacer.

Sentí el calor que su cuerpo emanaba, como su mano acarició mi mejilla y depositó un beso en mi mejilla, un acto maternal que de verdad me gustaba, que de verdad tocaba fibras sensibles en mí, cosas que solo mi mamá lograba, era la única mujer que me volvía vulnerable.

Y cuando se marchó, aproveché para salir yo también y encaminarme a la habitación de mi hermana, estaba al final del pasillo, la puerta de madera estaba cerrada, y el camino hasta allá se me hizo eterno mientras intentaba pensar qué le diría, qué le preguntaría, cómo la haría confiar en mí.

Cuando menos lo pensé, estaba frente a su puerta, abrí sin tocar antes que solo la escuché gritarme:

"¡Toca la puerta Samael!"

Estaba en sostén, así que simplemente rodé los ojos y me adentré a su habitación cerrando la puerta a mis espaldas, ignorando sus objeciones y ella procedió a colocarse la camiseta de inmediato. Era consciente de los cambios que mi hermana experimentaba, de cómo su cuerpo comenzaba a embarnecer y como pasaba a ser una de las curvilíneas más mencionada de la escuela.

Eso solo lograba enfurecerme porque no me gustaba que cabrones hablaran de mi hermana, no me gustaba que hicieran sus comentarios pervertidos.

—¿Qué tienes? —pregunté con mi voz áspera, y sutilmente desinteresada.

ASTARTEA. [1]✔Donde viven las historias. Descúbrelo ahora