—¡Angélica, ¿qué haces ahí tirada?!—una fuerte voz inundó mi campo de audición haciéndome reaccionar.—¡Levántate! ¡Ni de coña estás muerta!—me lanzó una patada en mi estómago que me hizo gemir de dolor.
Era mi padre, por el rabillo de mi ojo pude ver que tenía su pijama, posiblemente se había levantado a asegurarse que estuviera muerta.
—Padre, ayúdame—solté en un murmuro levantando mi mano para que la alcanzara y me ayudara a levantarme del suelo.
No estaba muerta, posiblemente ni siquiera estaba herida de gravedad, quizá sólo eran algunos raspones los que acompañaban a mi cuerpo. Me dolía el que mi padre me tratara con desprecio, como si solo fuera un objeto desechable el que no le importara en lo más mínimo.
Me tendió ambas manos levantándome del suelo sin un mínimo cuidado, mi cuerpo estaba lleno de raspones y sangre por todos lados, aunque las heridas fueran de gravedad mis padres no me llevarían al hospital.
Me arrastró hasta llevarme dentro de mi casa, me arrojó al sofá como si me tratara de un trapo viejo y me fulminó con la mirada.
—¿Es mucho pedir Angélica? Quería despertar con la noticia de que estabas muerta—se cruzó de brazos molesto.—No con la estupidez de encontrarte tirada en medio de la calle fingiendo que lo estabas—articuló levantando la mano para hacerme daño, ese golpe jamás llegó a ningún sitio.
—Lo intenté, te juro que lo intenté—me encogí en el sofá haciéndome más pequeña.
—¡Tus intentos no sirven para nada!—acortó la poca distancia que nos separaba y sentí su aliento en mi boca.
Un golpe en la puerta nos hizo mirar a ambos en esa dirección, no sabía quién podía ser a esa hora en plena madrugada, mi padre me dirigió una mirada amenazadora advirtiendo si llegaba a decir una palabra a quien fuera que estuviera al otro lado de la puerta.
—Dígame, ¿qué pasó?—disfrazó rápidamente el tono de voz con el que me había estado hablando con anterioridad.—Angélica está bien, no le pareció que la hayamos regañado por lo que hizo y nos amenazó con suicidarse, se lanzó pero por suerte no tiene nada de gravedad—respondió mi padre a la otra persona que lo estaba interrogando.
—Puedo pasar a verla—fue la voz de la psicóloga Zaire que alcancé a escuchar un poco más cerca.
—Claro, puede pasar—respondió mi padre con amabilidad.
—Angélica, ¿estás bien?—caminó hasta donde me encontraba yo, se quedó parada mirándome fijamente, estudiando la postura a la defensiva en la que me encontraba.—¿Qué ocurre?—se sentó a un lado de mí, estableció la suficiente cercanía. Tocó mis mejillas, sentí ardor ante su contacto, estaba raspada de la cara y me dolió un poco.
—No me toque—alejé mi rostro de su mano, envolví mi cuerpo en con mis manos en un acto de protección.
Miró a mi padre buscando respuestas a todas las preguntas que se hacía, mi padre solo levantó los hombros mirándome de manera cálida.
—¡Lárguese de mi casa!—me levanté con mucho pesar del sofá, no la quería cerca menos ahora que mi padre estaba mirándome.
—Quería ver que estabas bien, tu llamada me preocupó mucho, Angélica—comentó estudiándome con la mirada, luego intercalaba mirando a mi padre.
—¡No tiene porqué preocuparse por mí! ¡Ya verificó que estoy bien, ahora lárguese!—caminé hacia la puerta abriéndola y sosteniéndola con la mano.—¡No pierda su tiempo!
—Angélica, no seas grosera, la psicóloga solo se está preocupando por ti, pídele una disculpa—ordenó mi padre sonando afable, negué rápidamente con la cabeza.
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Balas Perdidas ¿Alguien me amará? (Nueva Versión)
Novela JuvenilLa mayoría de los seres humanos saben lo que es sufrir por amor, pero, ¿alguna vez has sufrido porque tus padres no te quieren? ¿Has sentido ese desprecio y que el resto de las personas que te rodean crean que es culpa tuya? -¿Alguien me amará?-pre...