Capítulo 11.-Una aventura

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Jueves/05/Noviembre/2020.

Desperté con el sonido ruidoso de la alarma, con mi mano tanteé el sitio en donde se encontraba en la mesita de noche y la apagué. Estuve a punto de lanzarla, pero tenía una dependencia emocional con ese objeto que todos los días me despertaba, era el único que se acordaba de mí, y eso lo convertía en algo especial.

Me dolía el cuerpo demasiado, la madrugada había sido interminable, no podía articular siquiera una sola palabra, me dolía la garganta, mi voz estaba deshecha de tantos gritos que di, nadie despertó y mucho menos nadie había venido a mi rescate.

Me había tumbado en la cama con mucho pesar, lamentando el seguir con vida dentro de este lugar, me levanté con pesadez, mantenerme en pie me dolía de manera horrible, arrastré mi existencia hasta el baño, descubrí el espejo que se encontraba tapado y pude comprender lo mal que me veía.

Tenía la mayor parte de mi cuerpo lleno de golpes, estaba rojo, estaba la marca que había dejado mi padre, enormes hematomas en un degradé de morado, negro y rojo que ocupaban gran parte de mi cuerpo.

Abrí mi boca sin poder creerlo mientras mis manos me recorrían con sumo cuidado de no hacerme más daño del que ya me habían hecho, un lamento de dolor salió de mi boca, mientras arrugaba el entrecejo y unas lágrimas descendían de mis ojos como una forma de demostrar que aún podía sentir el dolor.

Los maldije por lo bajo, el único sitio que se salvaba un poco era mi rostro, pero este era tan transparente que reflejaba todo el dolor que mi cuerpo estaba sintiendo.

Me di una ducha, mientras el agua descendía del grifo, sentía que me dolía que unas simples gotas que tocaran mi cuerpo, me estremecí varias veces y puse mi mano contra la pared, mientras la otra me la llevaba a la boca y reprimía todo lo que mi boca quería decir.

Me puse una playera negra de manga larga con el logotipo de una banda de Rock —Bring me The horizon— era una de mis bandas favoritas, un pantalón negro que se me ceñía al cuerpo, no iría en lo absoluto al instituto, todo me delataría, no tenía ganas de dar explicaciones porque mi cuerpo me delataba, no había ni una sola mentira que alguien me pudiera creer. Me tomó mucho tiempo bajar las escaleras, aún mientras me sostenía.

Me metí en la cocina, justo donde estaba la cartera de mi madre y tomé prestado el dinero suficiente para irme a la fuga durante el resto del día.

—¿Aprendiste la lección, Angélica?—cuestionó mi madre tomándome del cuello por detrás, colocó mi cabeza contra la encimera, ya había terminado de agarrar lo suficiente, así que no me había descubierto.

Reprimí los quejidos de dolor que su simple tacto me producía, hice gestos que ella no podía ver. Asentí con la cabeza de manera rápida.

—¿A dónde vas, monstruito?—Sin previo aviso me tomó del cuello dándome la vuelta hasta tenerme lo suficiente cerca para que pudiera mirarme.—Una palabra y esta vez seré quien lo haga—presionó sus dedos contra mis costillas, lo hizo tan fuerte y tan persistentemente hasta que solté un gemido de dolor, y una sonrisa se dibujó en su rostro.—Diviértete—soltó una carcajada saliendo de la cocina.

Preparé mi desayuno, hice algo rápido, al final de cuentas me dolía hasta el simple hecho de existir, tragar y hacer cualquier movimiento, por más mínimo que fuera.

—¡Angélica!—de manera desprevenida vi que Angelina venía gritando eufóricamente hacia a mí, ella tenía estrictamente prohibido acercarse a mí, así como yo también.

Me abrazó tan fuerte que todos mi cuerpo dolía con mayor potencia, reprimí todos los aullidos de dolor que quería salir de mi boca, esta quedó a la altura debajo de mi pecho.

Balas Perdidas ¿Alguien me amará? (Nueva Versión) Donde viven las historias. Descúbrelo ahora