Capítulo 21.-Condena

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Sábado/14/Noviembre/2020.

2:00 a. m.

Di varias vueltas en la cama, el sitio estaba oscuro, cerraba los ojos tratando de dormir y solo era una oscuridad la que me recibía, la sensación de escuchar el sonido nocturno de una noche, otra fría y dura noche. Entraba corriente de aire por la ventana que estaba entreabierta, las persianas se mecían hacia adelante y hacia atrás.

Varias vueltas más en la cama, un sinfín de posiciones tratando de caer en un sueño profundo, pero nada sucedía. Ya llevaba varias horas con el mismo problema.

Me levanté de la cama con pesadez, arrastré toda mi existencia que pesaba demasiado sobre mi delgado cuerpo lleno de fragilidad. Me metí en la ducha y dejé que el agua fría se llevara consigo aquellas sensaciones negativas que estaban ahí causando estragos en mi cuerpo. Ante el contacto abrí los ojos de golpe y me estremecí en una esquina de aquel lugar tratando de proteger mi cuerpo del agua helada que me hacía temblar del frío.

Volví a la cama, me dormí con el cabello mojado mientras dejaba empapada la almohada.

—Angélica, levántate—me removí en la cama mientras mi madre seguía llamándome. El pequeño monstruito —como ella me llamaba— quería seguir durmiendo.—Angélica, hazme caso, no quiero golpearte, porque estoy segura de que arruinarás mi buen humor—a regañadientes me levanté de la cama.

—¿Por qué me molestas?—me levanté de la cama y me fui directo al baño a enjuagarme la cara. No había sido una buena noche y yo solo quería permanecer todo el día en la cama hundida en mi propia miseria.

—Tienes 15 minutos para darte un baño, arreglarte y si te alcanza el tiempo a desayunar—salió de la habitación, ella ya estaba arreglada.

Busqué algo al azar que me cubriera de toda la inmundicia, opté por una sudadera negra que era tres tallas más grande que la mía, que me llegaba un poco arriba de las rodillas, con unas botas negras tipo militar, me puse unas medias negras para asegurar los vendajes que no se vieran en lo absoluto. Me puse una gorra negra y lentes oscuros y una pañoleta negra para simular aquello que me habían hecho en el rostro.

Me tumbé en la cama dejándome caer, no quería ir a donde sea que querían llevarme. Mi madre entró por mí y me sacó a tirones de la habitación hasta llegar al piso de abajo.

Angelina estaba puesta con un elegante vestido rosa infantil, se agarraba de los costados presumiendo la manera en la que se veía. Todos se veían muy elegantes, combinaban con mi hermana, cada uno tenía un atuendo rosa, de ese color tan chillante y tan asqueroso para mí.

Descendí mi mirada a mi atuendo y no era nada agradable tener que vestirme así para cubrir todo lo que formaba parte de mí, lo que quería eliminar para siempre.

—¡Qué hermosa se ve la princesa de esta casa!—alagó mi padre la belleza de una de sus hijas.

¿Sería muy estúpido de mi parte si diría que por un momento pensé que se refería a mí?

—Gracias—en ese momento lo pensé.

—No te lo digo a ti, se lo digo a Angelina, los monstruos como tú no son hermosos—me miró con asco mi progenitor.

—Gracias papá—sonrojada mi hermana me miró con lástima, mi padre tomó su mano mientras le daba una vuelta sobre su propio eje, mientras esta no dejaba de sonreír.

—Esa sonrisa será mía—pensó mi mente una y otra vez mientras pensaba de una forma en la que la mataría. En la que borraría cada trozo de una felicidad que debía ser mía también. Le di la oportunidad de que acabara conmigo el día anterior y no lo había hecho.

Balas Perdidas ¿Alguien me amará? (Nueva Versión) Donde viven las historias. Descúbrelo ahora