Parte única

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Sus encuentros eran frecuentes. Apasionados era la única manera en la que podría describirlos. No pensaban en nada más que en ellos mismos. En sentirse, besarse y acariciarse.

¿Qué diría la gente si se enteraran que ese sol andante en realidad era un chico tan lascivo e insaciable?

Pero eso era un secreto de dos.

Un trato donde el silencio era lo importante. Todo quedaba atrás en cuanto la habitación de ese love hotel se cerraba.

Se olvidaban de lo que la sociedad les imponía y caían ante sus deseos. Cada que sus labios se tocaban sentían el fuego que acariciaba sus entrañas alzarse en una llama álgida y feroz.

Las ropas desaparecían con rapidez. Eran esos momentos de desnudez completa cuando más apreciaban el uno al otro lo que los hacía pecar sin culpa alguna. Pero esta vez la ansiedad por su encuentro había llegado a sus límites.

No se habían visto en semanas. Convirtiendo la espera en un suplicio para esos dos amantes. Pero ese era el precio a pagar si es que su pequeño y sucio secreto no sea revelado al mundo.

Ignoraban todo mientras sus cuerpos buscaban el placer máximo. Los jadeos y los gemidos inundando el cuarto en sintonía con el sonido de las embestidas.

Ardía.

Todo él ardía mientras entraba y salía con rapidez de la estrecha entrada del pelirrojo.

La imagen ante él era una obra de arte. Soltaba gemidos llenos de desespero queriendo más, mucho más. Aun así, se veía como un ángel. Mejillas enrojecidas y llenas de lágrimas de placer adornaban su hermosa vista.

Lo miró, con los ojos cristalizados y esa sonrisa dulce que decía sabía lo que quería. Su corazón retumbó acompañando al fuego que lo acariciaba.

Maldición. Era absurdo resistírsele.

Al cambiar de posición, sus manos se dirigieron a sus muslos que subían y bajaban auto penetrándose con una sensualidad inquietante. En esa posición él mandaba. Su chico tenia poder absoluto sobre él.

Sus pupilas entretanto disfrutaban todo. Los pezones que tanto adoraba besar, el pecho sin marcas al igual que su cuello. No necesitaba huellas de su amor para saber que él era suyo y viceversa. Esas cuatros paredes eran las que mejor lo sabían. 

Pronto llegaría a su clímax.

Lo agarró del cuello y lo atrajo hacia sí sin problemas. Aumento la fuerza dando directo al punto. No una sino varias veces, en medio del beso los jadeos sollozantes aumentaron.

Dio la última embestida viniéndose en su interior con fuerza y el otro entre sus vientres. Siguió moviéndose pero con lentitud hasta salir definitivamente de su interior y dejarlo con cuidado a su lado.

Su orgasmo siempre era apabullante. Lo suficiente como para dejarlos adormilados o respirando agitadamente. Pero cuando no, tenían todas las rondas que podían antes de finalizar y volver a lo que era el mundo real.

El cansancio los había alcanzado rápidamente esta vez. Los besos lánguidos y las caricias sin premura lo decían. Se dedicaban sonrisas cansadas y llenas de cariño. No queriendo terminar ese momento.

Porque una vez salieran de ese cuarto, se tendrían que limitar a las miradas lejanas y a las llamadas nocturnas.

Sin embargo, esta vez dejarían de pensar en lo que pasaría y serían egoístas como siempre habían querido. 

Fruto prohibidoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora