XI. La inmensidad del océano

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—. ¡NO, PUTA MADRE, NO QUIERO MORIR, NO! ¡NO! ¡NOOOOOOO!

Parpadeó incontables veces, dándose cuenta que estaba moviéndose como un desquiciado y que un poco se había lastimado la garganta con el semejante alarido que pegó.

—. ¿¡Ryuuji, estás bien!? —. Gritó alguien desde otra habitación. Y fue ahí que Midorikawa notó que él, por su parte, también estaba en una.

Miraba para todos lados, reconociendo el entorno. El armario corredizo a la derecha, el espejo y cajoneras a la izquierda, el pequeño televisor de frente. Estaba todo, todo combinando con el futon en medio del cuarto donde él parecía haber descansando solo unos segundos antes.

Se encontraba en su antiguo hogar, su departamento, y la sorpresa no terminó incluso cuando esa figura, que previamente había gritado su nombre, ya se encontraba en el marco de la puerta. Miró abajo a su derecha y, por supuesto, a menos de un metro se encontraba otro futon allí desarmado y esperando a que lo guarden.

Se llevaba una mano a la cabeza, cuestionando: ¿Qué estaba pasando?

—. ¿Tuviste una pesadilla? —. Midorikawa dejó de complicarse cuando Hiroto llegó a su lado. Aquellos ojitos verdes, brillando con clara preocupación, se le hacían la mar de adorables.

—. Sí... y una bastante horrible. Pero ahora que estás a mi lado, creo que ya no tengo por qué preocuparme—. Y le sonreía, sabiendo que consiguió a la perfección que esas pálidas mejillas se sonrojasen tal cual apetitosas manzanas rojas. Le daban ganas de mordisquearlas tan solo para abochornarlo más.

—. ¿Por qué no me la contas con el desayuno?

—. ¿Qué me hiciste~? —. Cada vez que Hiroto se quedaba a dormir, el sujeto se sentía en la obligación de preparar la primera comida del día. En el fondo, Midorikawa nomás pensaba que quería presumirle lo buen amo de casa que sería si conviviesen en la vida domestica la misma cantidad de horas que lo hacían en la oficina.

—. Algo sencillito~

En medio de café de máquina y sándwiches de jamon con queso (acompañado de frutita picada, como le gusta), Midorikawa le narró todo el asunto de la pesadilla y su evolución, pero Hiroto nada más podía quedarse con el principio. No paraba de reírse imaginando el escenario.

—. ¡No–o, imposible! ¡Yo no sería tan tonto como para meter un bowl de aluminio al microondas! Ryuuji, la imagen que tenes de mi me duele—. Y fingía llorar al tiempo que se agarró la zona del corazón, pero su sonrisa lo delataba demasiado

—. ¡Pero se sintió tan real! Un poquito capaz te veo...—. Fue directo por el último sándwich que quedaba. Estaba algo seco (porque era de Hiroto y este no le agregaría la mayonesa a la cual era alérgico) pero poco le importaba, estaba muerto de hambre. Quizá incluso después de eso se untaría pan.

Hiroto pareció leerle la mente dado que ya en la mesa estaba el dulce, y el pan se lo estaba cortando—. Me gusta esa parte donde te venías a vivir con nosotros. A lo mejor sí tengo que quemarte la casa, así de esa forma te venís conmigo—. Se reía él solo mientras Midorikawa se servía algo más de café.

—. Ja, ja, que gracioso.

—. Más allá de eso, ¿Lo has considerado?

—. ¿Qué cosa? —. Preguntó, llevándose la taza a los labios.

—. Vivir conmigo. Bah, con nosotros.

Menos mal que estaba bebiendo, porque eso sí que no lo quería contestar rápido—... ya tuvimos esta conversación miles de veces, Hiroto. Sabes que me gusta mi propio espacio...

Nadie te enseña a ser padreDonde viven las historias. Descúbrelo ahora