Al Final La Vida Sigue, Incluso Si Ya No Estás En Ella.

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Kara se dio cuenta de lo pasajero que era todo cuando su planeta murió, y si algo tan grande y poderoso como lo fue Kriptón podía desaparecer en un abrir y cerrar de ojos, entonces cualquier otra cosa podría desaparecer igual de rápido. Ese pensamiento la atormentaba más de lo que cualquier persona podría suponer, y el miedo a perderlo todo de nuevo era una cruz que cargaba cada día.

Ese miedo aumento luego de la muerte de Jeremiah, y las incontables batallas que como Supergirl debía de pelear. A veces, cuando estaba en la DEO y veía pasar a un agente, ella se preguntaba si lo vería al día siguiente; cuando hablaba con alguno de sus compañeros en CatCo se preguntaba por cuanto tiempo podría hacerlo; al pasar con el señor que vendía hotdogs en la esquina ella se aseguraba de hablar tanto como pudieran porque ¿Quién sabe? Igual mañana ya no podrían. Y a veces, sobre todo en su trabajo como Supergirl, ella podía ver que ya no había un mañana para algunos.

Así que sí, ella era todo luz y sol todo el tiempo porque, bueno, un último recuerdo agradable era mejor que uno desagradable. O que ninguno, en todo caso.

Solo que ahora Kara no puede sonreír, ni hablar animadamente, ni hacer cualquier otra cosa que no sea mirar a la nada, sintiéndose completamente perdida y miserable, ¿Y quién podría culparla? Después de todo, nadie sonríe cuando pierde al amor de su vida, y ella ha perdido a la suya.

La cosa es que el último recuerdo que tiene la rubia de Lena no es uno agradable, y no es que no existan, por que lo hacen, cientos, miles de bellos recuerdos que aprietan dolorosamente su corazón y la hacen querer llorar, aunque ya esté seca. No, es sólo el hecho de que su último recuerdo de ella es en una cama de hospital, con máquinas sonando alarmantemente por toda la habitación, con doctores y enfermeros corriendo, intentando desesperadamente hacer que su organismo colapsado responda de alguna forma. No te mueras, no te mueras. 

Pero no respondió.

Y si Kara no estuviera tan destruida habría podido contemplar como la vida seguía, tan indiferente a su dolor. Porque el día era ridículamente soleado y fresco, y un nido de aves estaba justo encima de ella, y los pájaros cantaban y las personas al otro lado del país pescaban o hacían picnics, y en China las personas dormían o paseaban sin preocupación, y a un par de kilómetros un padre le enseñaba a su hijo a montar la bicicleta y todo seguía como si nada hubiera pasado y Kara podía escucharlo. Ya no había admiración ni asombro, solo amargura.

Incluso luego de que bajaran la caja que contenía su mundo y la enterraran bajo kilos de tierra, Kara no pudo irse, pese a la suplicas de Alex y los mimos de Eliza, ella no pudo irse. ¿Cómo iba a dejarla sola? ¿Cómo seguiría sin ella?

Y el dolor la inunda de nuevo y esta a punto de colapsar por su peso cuando escucha una pequeña risa cerca de ella. A un par de metros, frente una lápida, un niño y su padre le hablan a la fría piedra. El niño ríe, divertido por algo que dijo su padre, y con entusiasmo comienza a dar saltitos. —Hoy papá le quitó las rueditas a mi bici mamá, ¡Y sólo me caí una vez!

Y aunque el dolor sigue ahí, ahogándola, Kara no puede evitar una sonrisa acuosa ante el orgullo en la voz del pequeño, y al ver la amorosa tristeza escondida en los ojos  del padre ya no se siente tan sola. Y aunque le duela ella lo sabe, que la vida sigue, incluso si  ella no quiere que la suya lo haga. Incluso si Lena ya no está en ella.

Lo Que Pudo (Podrá) SerDonde viven las historias. Descúbrelo ahora