Desesperación.

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Y grité, y chillé, y me desesperé, y me herí, y lloré, y huí, y corrí, y morí. Allí, entre acordes rotos, y folios con renglones torcidos.

No sé cómo llegué, pero así sucedió.

Llegué a estar encerrada en una habitación vacía. Y gritaba, y nadie me oía. Y lloraba, y nadie se daba cuenta. Pero yo no lloraba con lágrimas. Yo lloraba con miradas.
acabé enloqueciendo.
La habitación se encogía, no podía respirar. La llené con frases, intenté salir, intenté darme ánimos.

[no creáis que esta historia termina bien.]

Un día apareció un espejo. Al menos podía verme. Y no me gustaba. Podía ver la desesperación en mis ojos.

Desee con todas mis fuerzas tener un arma. Y lo conseguí. Allí estaba, en el suelo posada, con una bala.

Me acerqué poco a poco. Me agaché y la recogí entre mis manos. Era un metal frío, el arma pesaba y me senti poderosa, cargué el arma. Y sin apenas pensarlo.

¡bang!

Lo había conseguido.

Había conseguido disparar a la persona que más odiaba. Sólo que no murió, las balas no atravesaban espejos.

La vida entre líneas.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora