Acción—reacción.
¿Todo podría reducirse a eso?
Una mirada, una sonrisa, un "reconocimiento". Y todo mi mundo había dado un vuelco. Como si en mi interior hubiese habido una semilla durante años, dormida, y que de repente hubiese despertado, y empezado a brotar, aferrándose a mis entrañas, abriéndose camino y reviviendo partes de mí que creía muertas o inexistentes.
No sabía dónde me podría llevar esto, pero de lo que estaba seguro era de que ya no podría parar. Todo había cambiado. Se había puesto en marcha un engranaje que sería imposible de detener. Para bien o para mal, solo el tiempo lo diría.
Conecté la música del coche, nervioso, para apagarla en seguida. Al final, durante la espera, me bastaba únicamente la compañía del sonido de la lluvia golpeando contra el capó y los cristales. Relajándome en el asiento miré de nuevo hacia el portal en el que habían desaparecido unas horas antes, corriendo entre risas bajo su abrigo para protegerse de la lluvia.
El reloj del salpicadero marcaba las 3.45 cuando un taxi se detuvo ante el edificio.
Me alcé, alerta, la euforia de la anticipación recorriendo mi cuerpo de arriba a abajo, alcanzando el clímax cuando vi su figura menuda salir del portal hacia el vehículo, haciendo con la mano un vago gesto de despedida hacia alguna de las ventanas superiores.
Conduciendo por calles casi desiertas debido a las horas, seguí al taxi sin problema alguno hasta una zona residencial de bajos y antiguos edificios. Detuve el coche pocos metros detrás, y me bajé casi a la vez que ella. Por segunda vez en esa misma noche, la vi correr bajo la lluvia, rebuscando en el bolso y bajo la atenta mirada del taxista, que no se marchó hasta que la vio entrar en el portal. Pero mi pie estaba ahí para detener la puerta justo antes de cerrarse.
La alcancé ante la puerta enrejada del antiguo ascensor, donde, sosteniéndose con una mano en la barandilla centenaria, se estaba quitando los caros zapatos de tacón mientras esperaba. No fue consciente de mi presencia hasta que una de mis manos rodeó su cuello a la vez que con la otra tapaba su boca y nariz. Ventajas de tener unas manos grandes...
*
Esperé una semana, una larguísima semana.
Los primeros días me sorprendí al ver que todo a mi alrededor seguía adelante sin dar muestras de cambio alguno, como si el hecho de que me sintiese como si hubiese sido golpeado por un tsunami no afectase en manera alguna a nada de lo que me rodeaba. Sentía que todo mi ser había mutado hasta transformarse en un fino cristal a través del cual podrían ver con facilidad, mi secreto expuesto a los ojos de cualquiera, y que, con el más mínimo golpe, podría saltar en mil pedazos derramándose todo lo que ocultaba en mi interior. Pero según pasaron los días fui consciente de que o bien todo estaba en mi cabeza o a nadie le importaba lo suficiente como para notar un cambio en mí.
Seguí con mi rutina. Por las mañanas iba a la universidad y las tardes las pasaba en su mayoría atendiendo las peticiones de mi tío y hermano, ya fuesen por motivos "familiares" como por temas relacionados con la empresa. Pero las noches, las noches eran mías.
Lo primero que hice fue buscarlo en la red. Tardé un par de noches en localizarlo, únicamente un nombre —Jacob D.— y un teléfono de contacto que rápidamente guardé en la agenda de mi móvil como si de un pequeño tesoro se tratase. El resto del tiempo lo pasé esperando, mirando de vez en cuando sobre mi hombro cuando salía a tomar algo o cenar con alguno de los chicos, con la esperanza de ver una sombra a mi espalda, o en la oscuridad de mi dormitorio, jadeando mientras mi mano se movía sola, bajando por mi vientre, hasta desaparecer bajo mi ropa interior, rememorando su imagen una y otra vez en mi cabeza.
Pero pasaron los días y las olas que se habían despertado dentro de mí, lamiendo con delicadeza cada parte de mi ser como si de fina arena se tratase, se fueron removiendo hasta convertirse en un mar embravecido.
Nada era diferente, nada había cambiado.
Los pensamientos que tanto me habían sorprendido días antes ahora no hacían más que enfurecerme, dejando con el paso del tiempo un dolor adormecido en mi pecho que solo desaparecía momentáneamente al llegar al orgasmo, unos segundos de paz antes de volver a mi cuerpo de nuevo y sentir un vacío aún mayor.
Una noche, tras un par de copas y una ducha en la que tuve que morderme el dorso de la mano con fuerza para no gritar su nombre al correrme, cogí decidido el coche y conduje hasta su apartamento. Pero según me acercaba, los efectos del alcohol fueron desapareciendo, junto con la melancolía, esa tristeza que se enreda en uno en las lúgubres noches, permitiéndome ver las cosas con un poco más de perspectiva. Al salir del coche, el frío viento terminó de arrastrar mis dudas, y para cuando dejé con cuidado el pendiente de brillantes sobre el felpudo —un regalo para él—, ya tenía alguna idea de qué hacer a continuación.
«Si Mahoma no va a la montaña...».

ESTÁS LEYENDO
La curiosidad mató al gato
Mystery / ThrillerJacob es el mejor en su trabajo, y sus clientes lo saben y pagan por ello, pero todo cambia con su último encargo. Demasiado dinero, nula información y un objetivo por el que desde el primer momento siente una fuerte atracción y curiosidad .