3. Bajo la lluvia

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El clima de Nueva York no siempre fue el mejor pero esa semana parecía castigo de la divinidad de la lluvia. Una semana entera sin parar, truenos y rayos cada madrugada.

—¿Hiciste algo para enojar a los dioses? —con una manta cubriendo su cuerpo, recibió la bebida caliente que le ofrecía Helmut.

—¿Por qué insinúas que fui yo? —sabía que era más que nada un juego de parte de la peliroja, pero le causaba curiosidad de dónde venía la afirmación.

—Esta semana es tu cumpleaños; me arruinaste el plan, Zemo —el nombrado sonrió con cierta malicia, como si realmente esa hubiese sido su intención después de todo.

Cualquiera sabía que, en el pasado, Zemo no era un gran fan de la fecha en la que había llegado a un mundo que se divertía a costa de su sufrimiento; pero eso cambió desde que la conoció, esa sarcástica mujer había sido el rayo de esperanza que creyó jamás llegaría.

—¡Lo hiciste!

—¿Qué?

—No sé cómo, Helmut Zemo, pero esta lluvia es culpa tuya y cuando termine me encargaré de que vayas a todas y cada una de las actividades al aire libre que me encuentre —amaba ser amenazado por la rusa, en especial, le encantaba ver su determinación por cumplir aquellas amenazas.

—A ti tampoco te gustan

—Me gusta el aire libre, no las personas que hacen de esas actividades la feria del optimismo —se encogió de hombros y bebió de su taza con gran desinterés.

—Pero las harás conmigo, ¿no es así?

—Suena como un castigo injustificado, pero debo vigilar que las cumplas, así que sí

Otro par de días y las tormentas parecían no tener fin; incluso llegó la fecha que Natasha tanto temía ver arruinada; un extraño y repetitivo sonido llegó a oídos del adormilado hombre, quién pudo observar en el reloj que daban las 12:30, justamente su cumpleaños.

—¿Romanoff? —no quería levantarse, pero al buscarla a tientas en la cama y no encontrarla... su pulso se aceleró.

Intentó no imaginar ningún escenario caótico, porque quería mantener la fe en que esas bromas crueles del destino habían terminado. Con el sueño habiendo abandonado su cuerpo, se puso de pie y encendió las luces de la habitación, resaltando así un poco de desorden en su armario.

La fuerza con la que la lluvia golpeaba contra techo y paredes de la casa de pronto parecía cosa de nada, pues en su mente el peor de los escenarios se reproducía, no quería ni siquiera ponerle un nombre.

—Natasha, querida —salió de la habitación sintiéndose mareado, apoyándose de las paredes para no perder equilibrio y caer.

Otra vez el sonido que le había despertado, solo que ahora pudo identificar el origen del mismo; el patio trasero. El alma le volvió al cuerpo pues eso significaba que su amada seguía en casa, y que su miedo no tenía ninguna posibilidad de cumplirse. Salió al patio y sintió las primeras gotas de lluvia traspasar su pijama, contrastando con la calidez que su cama y las mismas prendas le habían brindado.

—¿Qué haces despierto? —Natasha se giró al instante en que la puerta sonó, dejando ver su cabello y ropa completamente empapados.

—Te pregunto lo mismo —intentaba espiar detrás de ella, pero cada movimiento que hacía para lograrlo ella lo repetía, haciendo imposible la tarea.

—Cariño... —habló con dulzura pero la nombrada sabía a la perfección que eso significaba que no quería largas o juegos.

—Bien —rendida, suspiró y se hizo a un lado, dejando ver detrás de ella una manta, ya empapada, colocada sobre el corto césped—; ¿recuerdas que te hablé sobre un castigo con actividades al aire libre? Bueno, había una razón

—Querías hacer un picnic para nosotros

—Sí, pero la lluvia arruinó todo y yo...

—Me encanta —detuvo la frustrada queja de su amada, la cual estaba a nada de cambiar incluso de idioma.

—¿En verdad? Quiero decir, no es ni por asomo lo que tenía planeado pero es...

—A tu lado —se sorprendió al escuchar que sus voces se habían intercalado con exactamente la misma frase—, y es maravilloso —caminó hacia ella, colocando sus manos en su cintura para acercar ambos cuerpos y besar sus helados pero suaves labios.

—Estás empapado —la peliroja rió, pagando su frente contra la ajena, contagiando al mayor de su risa.

Fʟᴜғғᴛᴏʙᴇʀ [2021]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora