5. Cafetería

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Cada mañana, Natasha Romanoff se dirigía a la pequeña cafetería a las afueras del complejo de departamentos en el que vivía para poder despertar antes de que su enérgico mejor amigo explotara su cabeza con las miles de cosas que debían preparar para la boda; sí, amaba a Steve y estaba feliz de que el rubio por fin se había atrevido a proponerle matrimonio a su pareja de años, ni hablar de lo encantada que estaba cuando le pidió ser su dama, pero ¿tenían que hacerlo todo a primera hora de la mañana?

—"Señorita" —frente a sus ojos se veía un borroso vaso de papel que contenía su bebida, borroso porque ella se concentraba en algo más, al fondo del establecimiento.

Algo que agradecía y que le ayudaba a despertar de madrugada, sin contar las llamadas de su mejor amigo cuando la hora se le pasaba, era el buen café de ese lugar.

—Lo lamento, gracias —se aclaró la garganta y rogó por no haber llamado la atención del hombre al que había visto por primera vez hace unas semanas; sí, el café de ese lugar era maravilloso.

Tras recibir su vaso y despedirse del joven al que básicamente podría llamar un amigo más con todo el tiempo que pasaba ahí, fue a una mesa cercana, dándole el primer sorbo a su cálida bebida, sintiendo ese mismo calor adueñarse de su cuerpo. Aunque eso no fue lo único que sentía, ¿una mirada curiosa? Seguramente alguno de los comensales que estaba en la fila detrás de ella, y no lo culparía, después de todo se quedó congelada al frente del mostrador.

Intento no concentrarse en la mirada que parecía no querer despegarse de ella, si la situación era la que ella creía seguramente lo siguiente sería una pelea, cuando menos verbal, y no quería amargarse el día justo cuando harían las pruebas para el pastel de bodas. Pero era tan insistente que casi sentía frío el café que aún reposaba en su mano.

—Bien, si tengo suerte solo será un malentendido y no me echarán del lugar —suspiró con algo de pesadez— aunque realmente lo dudo —entonces alzó la mirada, más específicamente hacia donde creía que venía la acosadora sensación de ser observada, topándose con el café que tanto le llamaba la atención de ese lugar; el café en los ojos del hombre al que había estado observando hacía semanas.

Era increíble, pero si hacía memoria, no habían tenido una interacción jamás, y justo ahora le sostenía la mirada mientras sonreía, una sonrisa que se pintó en labios del ajeno cuando se halló atrapado por la peliroja mientras ella se encontraba pasmada en su lugar, pensando que quizá su obviedad al estarlo observando fue demasiada, tanta que él lo notó. Por primera vez en su vida sintió su corazón latir con tanta fuerza que le daba miedo que se saliera de su pecho, con todo lo ridículo que eso sonara, y su pánico no hizo más que aumentar cuando aquel hombre hacía a un lado el periódico que leía para ponerse de pie y acercarse a ella, con tanta calma como la que ella había perdido apenas sus miradas se conectaron.

—Helmut Zemo —su acento era ligeramente marcado y su voz... diablos, era música para sus oídos.

—Natasha Romanoff —fue cosa de segundos para que su cuerpo volviese a acatar sus órdenes, esperando que aquello no causara extrañeza en quien recién se había presentado con ella.

—Un placer, señorita Romanoff, ¿puedo? —cuando ambas manos dejaron de tocarse, aún incluso en contra del deseo de ella de no soltarlo, el más alto señaló la silla a su lado, recibiendo una confirmación silenciosa de su parte — La he visto seguido por aquí, ¿cliente frecuente?

—¿En verdad, hace cuánto? —intentó actuar casual, salvarse un poco de la vergüenza al fingir que ella no lo había notado— Lo soy, necesito despertar antes de que el sol lo haga y el ambiente aquí es... agradable

—La compañía lo es también

Fʟᴜғғᴛᴏʙᴇʀ [2021]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora