El fin del pasado y el inicio del presente.

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Brianne

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Brianne.

Tenía en claro que una parte de mí acababa de quebrantarse, una parte de mi alma se ennegrecía mientras me sentía pérdida. Mi mundo entero daba vueltas, me mareaba, me asfixiaba. Mi corazón iba a mil por hora. Y no había un soporte, porque ese soporte se suponía que debía ser yo. Pero ni siquiera era capaz de sostener los pedazos rotos de mi corazón. ¿Fue mi culpa?

Miré a mi alrededor sin prestar mucha atención, desganada de tener que fingir. Papá estaba presente y por si no fuera suficiente, enojado. Mantener una apariencia serena era conveniente en ese caso. Aunque dudo que pueda lograrlo en totalidad.

Al intentar girar mi cuerpo percibí agotamiento, mis músculos agarrotados, espalda jorobada y las yemas de mis dedos helados por la rara brisa fría, como si el clima hubiera confabulado para hacer de este día uno más tétrico.

Lo poco que distinguí fue un entorno borroso, con líneas distorsionadas brillando a lo lejos... o quizá cerca, no pude diferenciarlo, lo único que logré captar fueron sus colores predominantes. Admito que me sorprendí con la forma en que los colores encajaban a la perfección. Rojo: Sangre. Azul: Tristeza. Todo terminaba en dolor.

Reí. Una risa vacía, carente de emociones.

¿Por qué reía? Estaba cayendo, sin embargo, seguía riendo. Tal vez me estaba volviendo loca.

– Se acabó – susurré al aire y mis palabras fueron tragadas por la soledad que se proyectaba en directo.

«No» Mierda.

Miré a la parte baja, en mi abdomen bajo y vi la sangre que salía, manchando mi camiseta y empapando mi mano, su olor metálico inundando el aire, me quedé embelesada por breves segundos, llenándome de una sensación satisfactoria y a la vez una reacción automática: miedo.

Me estremecí, la piel reaccionó, en consecuencia al pensamiento sobre la muerte. La incertidumbre me abarcó. Y me desconcertó no temerle.

Sin embargo, algo prevalecía. El dolor.

Dolía cada hecho acontecido en esta noche.

En medio de todo, una leve humedad empapó mis ojos. Y fue donde escuché mis sollozos por primera vez, junto con mis risas sin sentido. Temblaba, un escalofrío me recorría de pies a cabeza. Miedo latente. ¿Fui yo la culpable?

Silencio. Aterrador silencio.

¿Cómo podrías decir que estabas respirando y a la vez ahogándote? ¿Cómo se estaba bien después de vivir un hecho que te acababa de marcar? ¿Cómo se suponía que se debía de seguir?

Miles de preguntas corrían por mi cabeza formando un laberinto en donde en lugar de encontrar la salida adecuada, no encontraba las respuestas apropiadas.

¿Cuándo sabías que todo se había jodido? En un principio pensé que lo intuías y tu mente te enviaba una alerta para que reaccionaras y te dieras cuenta de lo que se avecinaba. Error subjetivo. Solo lo sabías cuando habías llegado a ese punto.

No podía creer lo que estaba viviendo, exigí con todas mis fuerzas al universo que fuera un mal sueño del que tarde o temprano despertaría. No soportaba la idea de seguir adelante mientras me desangraba por dentro.

Mi vida entera se acababa de estropear.

Y quise que fuera una pesadilla vivida.

Pero no lo fue.

Y todo cambió.

¿Cuándo dejabas de tomar malas decisiones?

Con anterioridad conocía los riesgos, más no la magnitud de las consecuencias.

Las manecillas del reloj resonaban desde algún lugar recóndito en mi interior, emitiendo un fluido tic, tac, tic, tac, tic, tac.

Ya no había vuelta atrás.

Ya no había vuelta atrás

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⏰ Última actualización: Nov 29, 2021 ⏰

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