El Dios de los contratos

238 17 1
                                    

—"El Dios de los contratos, ¿has oído hablar de él?"

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

—"El Dios de los contratos, ¿has oído hablar de él?"

Las calles de Liyue, resplandecían en luces cual calidez asimilaba el destellante Cor Lapis. Pura poesía a los ojos de su ex Arconte.

Las veladas en su mortalidad fueron volviéndose tan monótonas como en su puesto de dios, pero sin el puesto de dios incluso, se apreciaba igualmente liberador.

El oro en sus ojos continuaba brillando tras las innumerables batallas. Sus caídas recompensadas por subidas —mas mucho dolor en el camino— logró conservarlo para apreciar la plena belleza de sus tierras..., inclusive durante el Rito de la Linterna. La nostalgia asomaba la cabeza en cuanto Rex Lapis se encontraba en circunstancias de soledad; la añoranza le traía los recuerdos, tanto gratos como indeseados; y el tiempo no dejaba de recordarle lo poco que quedaba. Una profunda respiración llena de aire y melancolía le liberó los pulmones, antes de relajar la expresión para sentir la suave brisa del ocaso. Aquel que únicamente podía ser visto desde Liyue, y no se comparaba al de ninguna otra región en Teyvat. Había apreciado miles, y miles, y miles..., y todos, tenían su nombre.

—"Él tiene una memoria impresionante".

Su entorno cambiaba a medida que pasaban los años, si bien, había admirado el reflejo del Cor Lapis en Liyue, no simbolizaba ningún parecido a sus tiempos.

No le molestaba, la mortalidad implica evolución, a diferencia de lo eterno, necesita desenvolverse con astucia con el paso del tiempo, y preparado para ver a su pueblo sufrir aquellos cambios sin él o no, se recordó que había una razón por la cual había renunciado a ello. ¿Fue tonto el haberse desprendido de su divinidad? Ya no poseer una postura inmaculada hacia lo que Liyue respectaba. Seis mil años era algo a lo que ningún otro Arconte se había enfrentado, y no sabía si sentirse celoso u orgulloso. Pero había cierta decepción en la pila de sentimientos que se envolvían y desenvolvían como hilos en tejidos con inexactitud dentro suyo. Al final, su gnosis había sido entregada a una causa infructuosa, y nada de lo acordado había sido cumplido por la Zarina.

Pero, debía decir que se lo esperaba. Derrocar a Celestia de su trono en las nubes era algo que difícilmente todos los Arcontes juntos tendrían suerte de hacer, mas estuvo cerca. Hubo alguien, algo..., ¿mágico o de otro mundo... podría ser? Ah, claro, un viajero. Desconocía su origen y continuidad de su travesía, pero lo había destruido todo a su paso. Los había salvado, o al menos eso era lo que Teyvat se obligaba a pensar. Mondstadt, Inazuma y Snezhnaya, ahora no eran más que canciones para los bardos, e historia para eruditos; y poco quedaba para que Liyue, Fontaine, Natlán y Sumeru recorran el mismo destino. Honestamente, contaba con ello desde el momento que acordó un contrato con la Zarina y con Celestia. Nada bueno saldría de ello, y recordaba perfectamente el momento donde la Arconte Cryo se elevaba al supuesto cielo de Teyvat junto a sus Once Heraldos... Con él siguiendo sus pasos.

—"Él recuerda cada nombre de cada persona que se ha cruzado con él, y el día en el que cada barco de Liyue se construyó".

"La Zarina sabe lo que hace", "Ella nos dará el hogar que merecemos", "Su voluntad persevera y es tan limpia como la sangre que corre por mis venas", decía él.

Continuó observando el atardecer desde el punto más alto de Liyue, esperando que el nuevo cielo se pintara en el punto exacto, donde el mar chocaba con las nubes, y el sol formaba el arrebol que le hacía recordar el color exacto de su cabello; tan hermoso e inusual. El lejano océano, le recordaba a la profundidad de sus ojos, oscuros y misteriosos, que por momentos permanecían calmos, y por otros eran igual de inquietos que un mar picado, pero sobre todo, tristemente le recordaba también a aquel vacío en ellos...

Las estrellas..., aquellas que se mostraban tempranas en el ocaso y extendían su manto en el infinito, eran las pecas de Childe que pintaban su rostro cual blanco lienzo. Y formaba arte con ello; y formaba mil recuerdos más.

—¿Dónde estás? —le habló al vacío.

—Ni tan lejos, ni tan cerca —respondió.

—"Después de todo, solo una persona capaz de hacerlo podría recordar un contrato entero".

Childe siempre cumplía sus promesas. Recordaba cada una de ellas, tal y como Zhongli recordaba cada contrato firmado en aquellos seis mil años de vida. Quería pensar que seguiría siendo así incluso cuando ahora no parecían ser más que dos llamas luchando por mantenerse encendidas. "No tan lejos, no tan cerca", "Siempre estuve aquí", "Algún día llegarás, y quizás, solo quizás, podremos encontrarnos, Zhongli"..., eran sus palabras de consuelo, pero habían pasado doscientos años y su Heraldo no regresaba. Había buscado en los escombros de Snezhnaya, a Tartaglia, a Childe, su Ajax; le había prometido estar a su lado y creyó ingenuamente que eso conllevaría abandonar a la Zarina para adorarlo a él.
Zhongli era ahora un mortal, y los mortales creían todo. Pero no podía culparlo, el deber es la muerte del amor. La sangre Snezhnayan le dictaría siempre seguir a los suyos, quienes se levantan solemnes para hacer la voluntad de su Zarina; y lastimosamente, Rex Lapis estaría siempre en un segundo plano.

—"Y con eso dicho, no todo recuerdo trae consigo uno feliz".

[ 🐋 ]

—;One Shot(¿?) idk.

Arrebol - ZhongchiDonde viven las historias. Descúbrelo ahora