Llegué a casa lo más rápido que pude y dejé la mochila tirada en el recibidor, aunque el abuelo me tenía dicho que no le gustaba que la dejara allí. Subí a mi habitación y en la ventana estaba Robin.
- Me alegro de verte - escuché en mi cabeza. Esa era la forma de Robin para hablar conmigo.
- Yo también, por el amor de Dios, ¿dónde te habías metido? Llevaba días sin verte. - le miré a los ojos mientras hablaba. - Me tenías preocupada.
- Tú siempre estás preocupada por mí.
- Tengo razones para preocuparme, mira cómo llevas las patas, y te faltan plumas. - dije sacando el botiquín que tenía estratégicamente preparado en uno de los cajones de mi tocador. - ¿Otra pelea?
- Algo así.
Ambos guardamos silencio mientras curaba sus heridas. Cuando me dispuse a guardar el botiquín, comencé a contarle mi día.
- Parece ser que este trimestre ha venido un chico nuevo. Me he chocado con él en el pasillo esta mañana. He pasado mucha vergüenza, se me cayeron todos los dibujos. - callé unos segundos. - Parece ser majo, ¿te imaginas que por fin haya alguien que no le asuste verme hablar con los cuervos? Sería genial - reí, cerré el cajón donde guardaba el botiquín y miré a la ventana. Robin no estaba. - ¿Robin? - pregunté esperando una respuesta que no llegó.
Suspiré. Se había ido y me había dejado hablando sola.
Me senté en el suelo apoyando mi espalda en el borde de la cama. Estaba frustrada, y aunque normalmente no era así, comencé a llorar.
Empecé a odiarme. Estaba cansada de ser quién era. En todos mis recuerdos, podía escuchar lo que me dicen esos malditos pájaros negros. Estaba cansada de ser la chica de los cuervos, quería ser sólo Agatha, salir y hablar con gente, no con aves. Ya no sabía que hacer, por lo que me dirigí a la única habitación de toda la casa en la que me sentía a salvo: el desván.
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