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Miré con asombro la montaña que se encontraba frente a mí. Toda mi vida había vivido rodeado por montañas, aunque nunca me había acercado demasiado a ellas. Algunos pensarán que quizás aquello era raro, pero viviendo en la meseta del reino de Firenze, la verdad aquello no resultaba tan extraño.

Pero en aquellos momentos yo me encontraba de excursión. Había viajado al sur de Firenze, un viaje cansado, pero no extremadamente difícil, ya que el terreno era principalmente llano, y en todos lados crecía la hierba, la cual servía de alimento a mi caballo. El agua tampoco era un problema, ya que había numerosos manantiales por la zona. Lo único que cargaba en las alforjas era alimento para mí, ya que eso sí era difícil de encontrar por aquellos rumbos. Quizás me tropezara con alguna aldea donde vendieran pan, queso y otros productos fabricados por los habitantes del lugar, pero nada demasiado elaborado. Reflexionando sobre eso fue que comprendí por qué la mayor parte de la población de Firenze vivía en la ciudad capital o en el puerto de Livorno. Eran los únicos lugares que tenían conexión para comerciar libremente con el resto de Lazio y del mundo. El resto del reino estaba rodeado por cadenas montañosas de difícil acceso, ya que incluso los pasos más bajos entre montañas estaban cubiertos de nieve todo el año.

Conforme fui avanzando más el paisaje fue cambiando. Los árboles se hacían cada vez más presentes, si bien muchos de ellos estaban medio desnudos, cambio esperable al encontrarnos en pleno otoño. Las faldas de las montañas que rodeaban Firenze se encontraban plagadas de árboles caducifolios, pero mientras más subías por ellas la vegetación cambiaba y los árboles se volvían perennes. De hecho, ya podía ver la gran franja verde que mostraban las montañas, antes de llegar a sus cimas coronadas de hielo.

—Veamos —dije hablando conmigo mismo mientras me internaba en lo que yo creía ya era propiamente el bosque de las montañas de la corona (llamadas así porqué rodeaban el reino de Firenze, el cual tenía más o menos de forma circular)—, salí hace tres semanas de casa, así que debemos estar a...

Callé bruscamente cuando mi cerebro entendió que seguramente estábamos a 15 de octubre. Inspiré profundamente, intentando controlarme. No tenía caso que me alterara, no cuando había pasado tanto tiempo de aquello. No obstante, en momentos como aquel me parecía que no habían pasado diez años desde que había visto por primera vez a Marco.

Aún recordaba aquel día como si hubiera sido el día anterior. Yo era la clase de persona que le gustaba burlarse del amor, que creía que aquello que la gente denominaba amor era solo una atracción física muy intensa. Y eso fue lo primero que creí sentir por Marco. Sencillamente lo vi y perdí la cabeza. No me importó nada, solo me dirigí hacia él con la esperanza de que lograría que esa misma noche estuviéramos juntos. Las cosas no salieron precisamente bien, ya que él se portó cortante y escapó antes de que yo pudiera pensar en algo para convencerlo.

Sabía que no me convenía pensar en aquello porque me ponía depresivo, pero no podía evitarlo. Si bien ese primer día había creído que aquello solo se trataba de una atracción física sumamente poderosa, poco a poco había empezado a creer que aquello iba más allá de eso. Porque si simplemente hubiera sido una atracción física no me la hubiera pasado pensando en él frecuentemente, ni queriendo hablar con él por largos periodos de tiempo, ni tampoco verlo sonreír o simplemente mirarme directamente a mis ojos. Y lo más importante de todo, estaba convencido de que si se hubiera tratado solo de una atracción física él no hubiera estado apareciendo en mis sueños cada noche.

Cuando fui consciente de que sentía por él algo más que una simple atracción física intenté hablarle otra vez. Nuevamente fue un desastre. Volvió a portarse tan cortante como la primera vez o quizás incluso más. No supe qué hacer para acercarme. Así que opté por sencillamente comenzar a frecuentar los lugares que sabía que él visitaba, para que pudiera aunque fuera verlo. Me encantaba verlo mientras comía en aquel restaurante de comida casera, o a veces incluso cuando salía del edificio donde suponía que trabajaba. No estaba seguro si él me notaba en esos momentos, ya que si bien a veces paseaba la mirada por donde yo me encontraba jamás me miraba directamente. Otras veces me daba la impresión de que él se acercaba bastante al lugar donde yo me encontraba, pero siempre me convencía de que había sido yo quien se había acercado a propósito a él.

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