CAPITULO 8 : PARTE 2

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No pienses. No pienses. No pienses. Se repitió el mantra una y otra vez, pero su alma no deseaba guardar silencio, no ahora que se había reunido con aquel al que había añorado durante toda una eternidad. Se obligó a apretar los labios y cerrar los ojos con fuerza mientras la tomaba, despertando su cuerpo de una manera que nadie había hecho hasta el momento, recordándole silenciosamente a quien pertenecía y pertenecería eternamente. Rogó porque las lágrimas que amenazaban con abandonar sus ojos permaneciesen detrás de estos, que se replegaran hasta abandonarla por completo pero la traicionaron. —Más fuerte —siseó entre dientes. Deseaba que la castigara, que la marcara, que hiciese con ella lo que fuese menos amarla. Porque si la amaba todavía, ella se rendiría a él y no quería hacerlo. No podía. No quería volver a ser de nuevo aquella mujer. Ella era Cassie, solo Cassie—. Sigue… más fuerte. Sintió sus dedos clavándose en sus caderas mientras la follaba desde atrás, podía sentirle abriéndose paso  en su interior, empalándola con fuerza solo para retirarse y repetir el movimiento. Y le gustaba, por dios que le gustaba la manera en que la montaba, el jugo que resbalaba por sus muslos era prueba más que suficiente de ello. Él la ponía caliente, la enardecía como ningún otro y  la doblegaba su cuerpo a su voluntad, sometiéndola a su propio placer. Una de las manos se hundió entre sus cuerpos y creyó quedarse sin respiración cuando los dedos masculinos jugaron con su clítoris. —Oh, dios. Echó la cabeza atrás con un gritito, afirmó las manos contra la columna  y se  mordió  el  labio inferior hasta sentir dolor. —¿No has sufrido ya bastante? —murmuró él en su oído, sin dejar de poseerla—. ¿Es necesario que nos castigues a ambos de esta manera? Gimoteó, el deseo crecía con fuerza en su interior, anudándose como una serpiente en su bajo vientre.

—No vas a ahuyentarme, Cassandra —insistió, lamiéndole ahora el arco de la oreja—, y no puedes castigarme más de lo que ya lo has hecho con tu ausencia. Apretó los dientes. —Cállate, no me llames así. Él le mordió la oreja y le apretó suavemente el clítoris creando un ramalazo de placer que la recorrió entera, pero no fue suficiente para que alcanzara el orgasmo. —¿Cómo deseas si no que te llame? No pienses. No pienses. No pienses. No quería volver allí, ahora no, no quería recordar, no quería nada más que terminar con aquello y marcharse. Olvidar que aquel encuentro se había realizado alguna vez. Pero ahora, con él profundamente en su interior, la sola  idea  d e  separarse  era… cuando menos dolorosa. —¡No me tortures más! —clamó en voz alta. Él la dejó entonces, salió de su interior y con la misma fuerza y decisión de antes, volvió a tomarla, obligándola a enlazar las piernas alrededor de su cintura de modo que ahora se miraban a la cara. Se impulsó en ella, clavándola a la columna, usando el inanimado objeto como puntal para sus acometidas. —Mírame, Cassandra —ahora fue él quien siseó—, no huyas de la realidad, de quien eres… de quienes somos. Gritó de nuevo, desesperada, decidida a luchar contra unos recuerdos que no deseaba. Le mordió en el hombro, con fuerza y ahogó con ello los gemidos de placer cuando él la poseyó con frenesí, utilizándola y arrastrándola hacia su propia perdición. El orgasmo llegó con la fuerza de un tsunami, abriendo la compuerta a todo aquello que se obligaba a mantener a un lado, a lo que no deseaba ver, a los vívidos recuerdos de su tiempo juntos y a la desesperación y la soledad que la sobrecogió cuando lo perdió. —¡Te odio!      gimió, abrazándose con fuerza a él, dejando que se hiciera cargo de todo—. Te odio, te odio, te odio… ¿por qué has tenido que volver? ¿Por qué me has hecho recordarte, recordar tu traición? Te odio… oh, dios mío… llévame contigo o mátame, pero no me obligues a pasar de nuevo por lo mismo.

—Perdóname, Cassandra — murmuró él, acunándola en sus brazos —, si todavía queda algo de piedad en tu alma, perdóname, amor mío. 

EN OTRA VIDA DE AMARIAS MISHA SCAILDonde viven las historias. Descúbrelo ahora