Cap. 1 | La viva imagen de un difunto

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Mirabel tenía un ligero secreto, un tipo de secreto que por más que viviera rodeada de lo extraordinario sabía que nadie le creería, un secreto que le hizo dudar de su sanidad mental más de una vez, un tipo de discurso mental de que era obvio cómo había algo que no estaba bien con ella. Ella ve muertos. Sí, sí… ¿Cómo nadie podría creerle cuándo una de sus hermanas era capaz de levantar uno de los edificios más grandes de encanto como sí fuera una canasta vacía y la otra generaba orquídeas de la nada? Pues, después de la fallida ceremonia de obsequio, cualquier ápice de intento infantil de hablar de su "Don" natural se vió eclipsado con la realidad que le tocaba vivir.

Frío. Sombras. Voces. Presencias. Fantasmas.

Siempre estuvieron ahí. No recuerda ningún momento de su infancia dónde no tuviera la presencia de uno o varios entes deambulando a su alrededor. Su madre a veces le contaba que tenía una amiga imaginaría de nombre Ana, esto le sacaba risas sobre anécdotas que se suponía no debía recordar de compañeros que su mente hiperactiva creó para llenar huecos sociales que los vivos no cubrieron. Las risas no eran por las anécdotas algo vergonzosas, si no porque la misma Ana exclamaba ofendida de que el crédito de sus jugarretas se las llevara Mirabel. Ana y ella siempre estuvieron juntas. Ana fué real. En algún momento respiró al igual que ella, hace más de 180 años atrás.

No solo era la bromista Ana la que estaba presente. Su abuelo también lo estuvo, joder… Solo con el recuerdo de la primera aparición de Pedro intentando consolarla después del trauma de una ceremonia de regalo fallida se hicieron casi inseparables. Claro, habían límites en estas interacciones. Una de esas era que solo estaba presente dentro de Casita, solo podía verse materializado ante los ojos de Mirabel como una imagen borrosa sin importar si usaba sus lentes o no, y no importaba cuánto el ente lo intentase nadie más dentro de la casa parecía ser capaz de sentir su presencia o un "frío" en la habitaciones que más frecuentaba. Ni siquiera la abuela se percató de ello.

Suponía que eran acuerdos de aspectos más trascendentales que ella misma que por más cabeza que pusiera para entenderlos no podría llegar a comprender lo supranatural estando aún confinada a lo material. Aún así no le quitó su positivismo habitual, asegurando que algún día su amado abuelo podría dar una señal de presencia a la familia que tanto amaba. La familia por la cuál entregó su vida para que se cuidarán del peligro.

Así que imaginaros la desastrosa sorpresa de Mirabel en el momento en que todo su mundo se volvió completamente silencioso, cuando no solo su amiga, si no también su abuelo y los miles de muertos que deambulaban por las noches cálidas de Encanto ya no eran visibles a sus ojos.

Dejó de sentir frío. Dejó de escuchar voces. No podía ver sombras por el rabillo de sus ojos. Pero, aquello que le destrozó el alma era la ausencia del único miembro de su familia que la hacía sentir validada, la única persona que le envió las fuerzas para continuar con su vida y no dejarse derrumbar o sucumbir a la muerte en más de una ocasión.

Tenía a su familia viva, sin dones, pero estaba rodeada de los vivos que empezaron a llenar los huecos de los muertos. Los lazos rotos empezaron a coserse juntos una vez más, parches en los huecos y bordados imperfectos que le daban la seguridad que este nuevo comienzo con la ausencia de los dones haría que su vida fuera mejor.

Ya no existían las ganas de morir en ella, su imagen sonriente estaba plasmada en cada que pedían su ayuda, en cómo aceptó darle una segunda oportunidad a su abuela. Guiandola por la oscuridad hasta la luz.

Las mariposas brillaban en una dirección y ellas sabían que debían ir con ellas y revolotear hacia un futuro próspero.

Los meses pasaron, Casita se reconstruyó. Los lazos familiares aunque algo tensos empezaban a ser más duraderos. Ella puso el pomo, y su mundo volvió a su normalidad. El ruido, las voces, los entes y él. Esperándola en el centro de la casa, sonriéndole con orgullo como siempre.

Buenos Días, Abuelo... y a todos los demás.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora