Capítulo 12

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Acababa de amanecer y Kendrick golpeaba con decisión la puerta de May. Estaba dispuesto a convencerla de un enlace era la solución perfecta. Lo conseguiría porque nadie era más testarudo y determinado que él. Además ya se había imaginado despertando al lado de ella cada mañana después de una intensa noche de pasión.

Estaba empezando a impacientarse, May no le abría, ni si quiera emitía sonido alguno. Ya debería de estar despierta, si lo estaba ignorando su comportamiento era totalmente infantil. Cansado de insistir, abrió la puerta con cautela examinando su interior. May no estaba allí dentro. Su cama estaba deshecha, el agua de la jofaina estaba intacta, los cajones de la pequeña cómoda estaban abiertos y vacíos, tampoco había rastro de las velas que solían estar junto a la cama.

El nerviosismo empezó a invadir a Kendrick. Parecía que se había marchado, pero no podía ser. ¿Por qué? Solo había una persona en todo el castillo que pudiera saber lo que había sucedido. Salió rápidamente de la habitación dispuesto a hacerle un exhaustivo interrogatorio a su querida Beth.

La encontró en el dispensario. Afortunadamente estaban solos, así que se tomó la libertad de cerrar la puerta. Su prima lo miró con una expresión que denotaba su conocimiento de que ese momento llegaría. Beth también parecía algo cansada y triste.

—Creo que ya sabes a que vengo. —le dijo mientras ella se volvía a concentrar en sus hierbas. Kendrick rodó los ojos. —¿Dónde está May? —Beth alzó la mirada gris hacia su primo.

—No lo sé. —contestó con absoluta sinceridad.

—Sé que lo sabes Beth—le reprochó. —May confía en ti seguro que te lo ha dicho. —su tono de voz evidenciaba alterado estado.

—No me ha dicho dónde iba, pero sí porque se fue Kendrick. —le espetó. — Sabía que proponerle matrimonio no sería una buena idea.

—Es una solución. —contestó ofendido.

—Una solución que May no desea y que tú no puedes imponer. —le dijo con firmeza. Los ojos verdes de su primo la desafiaban.

—Beth tu sabes tan bien como yo lo que pasará si no acepta mi proposición. —dijo tratando de hacer entrar en razón a su prima.

—También se lo que pasará si la acepta. —pensó en el dolor de su amiga. —Pero es elección de May.

—¡Por todos los dioses! ¡Está ahí fuera sola, sin conocimiento de estas tierras, ni siquiera sabe hablar gaélico y el invierno se vuelve cada vez más duro! —exclamó con extrema preocupación. —¿No entiendes que May puede estar en grave peligro?

—Lo sé...—musitó cabizbaja. Ella misma había pensado aquello cuando se despidió de su amiga. Pero las razones de May eran más fuerte aquello. —Pero tuve que dejarla ir.

—Si me dices donde fue, iré y la traeré sana y salva. —aseguró Kendrick al borde de la desesperación.

—¿Y si no quiere regresar? —cuestionó la pelirroja dudosa de que May volviera.

—La convenceré. —contestó con determinación. —Por favor, dime donde está, Beth. —suplicó.

—No me dijo donde iba. —se sinceró. —solo que lo haría lo más lejos posible. —Kendrick supo que Beth no mentía cuando vio como retenía sus lágrimas.

—¡Maldición! Seguiré su rastro Beth, no te preocupes. —se dio media vuelta para marcharse.

—¡Kendrick! —él echó la vista atrás hacia la pelirroja. — Creo que sé dónde puede estar.

Kendrick salió rápidamente hacia los establos. La corazonada de Beth era lo único que tenía, pues la nieve que caía había borrado todo posible rastro. ¡El lago de las hadas! Si Beth era capaz de hacer creer a May en las hadas, él tenía que convencerla de que volviera. Irrumpió en el silencioso establo, los animales descansaban en sus cuadras. Comprobó que no faltaba ninguno, May no podría haber ido muy lejos sin uno.

Tierra Salvaje | Saga Salvaje I Donde viven las historias. Descúbrelo ahora