Capítulo 30: Una historia increíble para contar.

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—¿Vamos a esa fantástica cafetería?

—Sí, vamos, ¿te importaría llevarme?

—¡Claro que no! —Digo y me coloco detrás de la silla de ruedas. Pongo mis manos en los mangos de ésta y empiezo a andar arrastrándola.

Llegamos a la cafetería gracias a las indicaciones de Marie. La dejo al borde de una mesa y me siento en una silla en frente de ella. Una camarera se nos acerca y nos pregunta que vamos a tomar. Pedimos un par de chocolates calientes y dos magdalenas.

—Estarás preguntándote qué ha pasado estos años y por qué estoy así. —Dice ella cerrando su bolso. Yo la escucho atentamente. Ha dado justo en el clavo. Si ella no hubiese adivinado mis pensamientos, yo nunca le hubiera preguntado por su invalidez. No es que no me importe su historia, pero es que sería un acto de mala educación por mi parte preguntarle, o al menos, eso pienso yo.

—Marie, podemos dejar el tema si quieres, me da igual si vas en silla de ruedas o a pie, eres mi amiga seas como seas.

—Sabía que ibas a decir eso.

—Qué bien me conoces. —La camarera deja lo que hemos pedido en la mesa. Agarro una de las tazas de chocolate caliente y envuelvo mis dedos alrededor de ella para calentarme un poco las manos.

—Bueno, una fan lo sabe todo sobre su ídola.

—Casi olvido ese pequeño detalle. —Ella agarra su magdalena.— Es increíble, realmente increíble que mi mejor amiga de la infancia ahora sea mi fan.

—Lo que es realmente increíble es que mi mejor amiga de la infacia esté tan arriba.

—Por favor, me falta mucho camino por recorrer.

—No tanto como crees. La gente hace correr la voz muy facilmente.

—Eso espero. —Me quedo mirando el líquido marrón oscuro y dudo si decirlo o no, pero me lanzo finalmente.— No quiero parecer entrometida ni nada por el estilo, pero, quiero saber sobre ti. Tú sabes mucho sobre mí.

—No lo pareces y sé que no lo eres. Seguro que tienes una historia increíble para contar, pero está bien.

—Te repito que si te es incómodo hablar sobre ello...

—Para nada. —Dice y le da un sorbo a su chocolate.— Fue el 18 de julio de hace dos años. Iba de camino a una fiesta en un chalet con piscina, la celebraba una de mis mejores amigas. —Mantiene su mirada perdida clavada en la ventana de su derecha.— Yo no estaba muy interesada en ir porque iba gente a la que no conocía de nada. Esta amiga mía, se llamaba Claire. Claire era muy... ¿como podría decirlo?... tal vez, popular. Sí, ella era bastante popular en el instituto. Cuando entraba por la puerta, todo el mundo la miraba y la saludaba. ¿Conoces esas películas típicas americanas ambientadas en institutos surrealistas? —Asiento.— Pues mi amiga era como la jefa del equipo de animadoras. Se había líado con casi todos los chicos del instituto, exceptuando por supuesto a los "frikis" como ella los llamaba. Y yo, en cambio, a penas besé a uno. Yo era todo lo contrario a Claire. Blanco y negro. Día y noche. Lo único que nos unía era la amistad de nuestros padres. Nuestros padres han sido muy amigos desde siempre y cuando se mudaron, Claire entró en mi instituto. De verdad que nos llevábamos muy bien. Pero, simplemente, era diferente a mí en todos los aspectos. Pues, teniendo ya una idea de como era Claire —dice cerrando el paréntesis que ha abierto para describir a su amiga—, imagínate la gente que fue a la fiesta esa noche: chicas y chicos completamente diferentes a mí. Pero Claire acabó convenciéndome para que fuese. Ella decía: "Marie, anímate, mis padres han ido a visitar a mi familia este fin de semana". Yo accedí pero le puse una condición: tenía que dejar que mi mejor amiga, digamos del mundo paralelo al suyo, Hillary viniese conmigo a la fiesta. Ella aceptó la propuesta ya que pensaba que cuanta más gente fuese a la fiesta mejor lo pasaríamos. Hillary tenía una moto y como vivíamos en la misma calle, decidimos ir en su moto hasta la enorme casa de Claire. Así que a las ocho nos montamos en la moto de Hillary. Sólo había un casco y ella me lo cedió ya que sabía que me aterraba montar en moto. —Su mirada empieza a entristecerse.— El chalet de Claire estaba a las afueras de la ciudad, casi en medio del campo. Cada metro que recorríamos desaparecían más edificios y aparecían más árboles y arbustos. Recuerdo lo bien que me sentía en ese momento. Respiraba aire puro y no el de la ciudad que estaba completamente contiminado. Cerré mis ojos y dejé que la libertad y la adrenalina tomaran el control de mi cuerpo al completo. La sensación del viento acariciando mi pelo me hizo sentirme más viva que nunca. La vida puede llegar a ser muy irónica a veces -una punzada acaba de atravesar mi corazón al oír esa última frase tan dura-. Íbamos por una carretera solitaria y Hillary movió el manillar para girar en una curva. Pero perdió el control de la moto —respira profundamente y parpadeda varias veces seguidas—... En cuanto supe que Hillary estaba perdiendo el equilibrio de la moto, me agarré muy fuerte a sus brazos y espalda. Pero me desperté con las manos vacías, sin las de Hillary entre las mías. Lo último que recuerdo es sentir el asfalto raspando y arañando la piel de mis brazos y piernas, las luces y sirenas de la ambulancia... No podía abrir los ojos. No podía. -Por una vez en toda la historia levanta la vista para mirarme.

El Susurro de AnneDonde viven las historias. Descúbrelo ahora