CAP 7

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—Me voy a enterar, ya verás—amenazó y luego sonrió.

—Ya veremos—reí.

—¿Quieres un helado?—preguntó.

—¿Intentas sobornarme con helado?

Ella rió.

—¿Puedo?

—Lo siento, no—negué con la cabeza, divertida.

—Bueno, entonces te lo invito, ¿quieres?

La miré, entrecerrando mis ojos en ella.

—Sin mañas—alzó las manos.

—Está bien.

Nos paramos y nos dirigimos a la pequeña heladería que estaba enfrente.

—¿De qué lo quieres?—me preguntó.

—Chocolate.

Me sonrió y luego se dirigió hacía el chico rizado detrás del mostrador.

Due gelato al cioccolato, per favore—musitó, con ese acento italiano ferozmente irresistible.

Subito—dijo el chico y se dio la vuelta, tomando dos copas y depositando en ellas dos bolas grandes de helado de chocolate en cada una.

Le colocó chispas de chocolate arriba y luego nos lo entregó. Yo le agradecí con una sonrisa. Natasha le pagó al chico y éste se dio la vuelta de nuevo para tomar el cambio.

Che bella coppia che fate—dijo el, cuando le devolvió el cambio a Natasha y luego me sonrió.

Natasha rió y guardó su cambio en el bolsillo trasero de su pantalón.

Grazie—musitó.

Me sentí tonta, definitivamente tenía que aprender italiano. Cuando salimos del establecimiento me mordí el labio inferior, indecisa de preguntarle a Natasha, qué era lo que había dicho el chico.

—¿Está rico?—me preguntó, con esa sonrisa burlona en su rostro.

—¿Eh? Sí—dije.

—Ni siquiera lo has probado—observó y luego comenzó a reír.

Qué torpe.

—Ah, sí, cierto—reí, sintiéndome de verás tonta— Oye, ¿qué dijo el chico cuando te devolvió el cambio?—pregunté, tratando de no verme curiosa.

Ella rió.

—¿Por qué quieres saber?

—Es bueno recopilar palabras en italiano para aprenderlo—qué excusa tan tonta.

Rió por lo bajo.

—Bueno, te digo si me dices lo de Yelena—negoció.

—Olvídalo—me negué.

—Eres dura—rió.

—Sí, y tú muy curiosa. Así que olvídalo.

—Está bien. Ya veremos quién sede primero—especuló, divertida.

***

No llevaba la cuenta de los días en un calendario, pero ya eran más de dos semana las que habían pasado desde que yo había llegado a Venecia, y con ello; la amistad crecía por varios caminos.

James, se había vuelto una persona muy comprensible y amable conmigo, incluso, cuando lo invité a salir yo, se mostró emocionado y dispuesto; ahora nos veíamos para tomar un café cada vez que queríamos, o si no, simplemente nos poníamos a platicar en el pasillo antes de entrar a nuestros respectivos departamentos. Había descubierto además, que tenía espíritu de poeta.

Manual de lo prohibido [PAUSADA]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora