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—Deberías retirarte a descansar —me dijo Melissa.

Sí, seguramente ella tenía razón. No me serviría de nada quedarme en vela los siguientes tres días de luna llena. Sin embargo, no podía relajarme ante la idea de que seguramente Sam se encontraría acechando los alrededores. Y seguramente tampoco podría descansar pensando en que Melissa y los dos licántropos que vivían en la cabaña pensaban estar montando guardia en los alrededores. ¿Se suponía que debía quedarme encerrado como una doncella indefensa mientras todos los demás me protegían? Me parecía algo indigno, y no porque yo fuera un hombre, que si hubiera sido mujer también me lo hubiera parecido.

—No podemos arriesgarnos a que Sam o cualquiera de los otros se acerque a ti —me había dicho Melissa cuando propuse que yo podía usar la espada lunar para vigilar también un rato—. Ellos intentarán evitarme a mí, pero a ti te intentarían atacar y buscar una abertura para poderte morder.

No podía contra esa lógica. Sin embargo, eso no me llevaba a sentir que sencillamente debiera quedarme dormido. Por esa razón, pasé toda aquella primera noche sin dormir, aunque en realidad no sirvió de nada, pues ningún miembro de la manada de Sam se acercó a la cabaña aquella noche.

—Puede que sea una estratagema para que nos confiemos —apuntó Franco a la hora del desayuno a la mañana siguiente mientras engullía lo que Melissa nos había preparado—. Estará esperando que bajemos la guardia.

—También podría ser que esté esperando a que nos cansemos —apuntó la mujer—. Si ataca la última noche, después de no haber descansado bien, será posible que encuentre alguna apertura en nuestra defensa.

Las palabras de mis nuevos amigos no servían para relajarme en lo más mínimo. Apenas podía pasar por la garganta el platillo que comía al escuchar aquellos comentarios. Sin embargo, me obligaba a mí mismo a comer. Necesitaba hacerlo, pues no podía darme el lujo de caer enfermo a causa de la falta de sueño más una falta de comida. Yo debía salir de aquel bosque dentro de dos días.

—¡Eh, todo saldrá bien! —dijo después de un rato Franco llamando mi atención—. Hemos detenido a la manada de Sam en ocasiones anteriores, podremos sin problemas en esta ocasión. Estás protegido dentro de nuestro territorio, sabes que puedes confiar en nosotros, conoces todo lo que te hemos contado del enemigo... No hay forma de que puedan sobrepasarnos.

—¡Eh, tampoco deberíamos confiarnos tanto! —protestó Melissa con un poco de rudeza—. Sabemos bien que Sam es muy astuto.

—Meli, estoy intentando calmarlo —repuso el hombre suavemente, como si no quisiera que yo lo escuchara. Sin embargo, en el espacio exiguo de la mesa en que nos hallábamos sentados la única forma de decirle algo a su compañera sin que yo me enterara hubiera sido decírselo al oído.

—¡Oh, claro! —reconoció Melissa algo apenada—. Mis disculpas, Giraud. Sí, los he visto defenderse muy bien en alguna ocasión, pero he de confesar que siempre me preocupo un poco.

—Meli, otra vez estás diciendo cosas que no ayudan a tranquilizar a Giraud —protestó Franco en voz baja.

—No, está bien —protesté yo inmediatamente después de obligarme a tragar mi bocado—. Siempre he creído que es mejor ser consciente de los peligros a los que uno se enfrenta en el mundo que ir con una venda rosa sobre los ojos. De cualquier manera, lo que sí me gustaría saber es... ¿cómo le haces, Melissa?

—¿Cómo hago qué? —cuestionó mi interlocutora ligeramente desconcertada.

Entrelacé mis manos mientras me recordaba a mí mismo que debía intentar sonar lo más desinteresado y casual posible con la pregunta que iba a hacer a continuación.

—Me refiero a cómo le haces para enfrentarte a esa preocupación que debe asaltarte cuando sabes que Franco se va a enfrentar a la manada de Sam —aclaré mientras veía las yemas de mis dedos. Curiosamente en ese momento estaba recordando lo suave que se sentía el pelaje de Alfa.

Melissa no me respondió de inmediato, sino que se tomó su tiempo para meditar la respuesta.

—Pues no me queda de otra que confiar en él —expresó seriamente la mujer—. No estoy diciendo que pensar en eso sea una panacea, pero intento recordarme que Franco es sumamente hábil y que hará todo lo posible para asegurarse de regresar conmigo. Y... Bueno, siendo honesta, también a veces pienso que, si llegara a suceder lo peor, no sería tan malo. Franco habrá muerto protegiendo a un inocente.

Mientras decía esas últimas palabras, Melissa volteó a ver a su pareja. Este le regresó una mirada increíblemente tierna y le estiró su mano para que entrelazara la suya con la de él.

—Finalmente, supongo que en esas circunstancias tampoco es que Sam me vaya a dejar viva mucho tiempo —comentó riéndose la mujer, de manera que sonó como si fuera una broma, pero probablemente había algo de cierto en sus palabras.

—¿Y si Alfa fuera el que muriera y no Franco? —pregunté intentando todavía sonar inocente.

Mis dos amigos se lanzaron una mirada que no supe interpretar antes de que uno de ellos se animara a responderme.

—Los dos quedaríamos devastados —afirmó Franco sencillamente—. Alfa es... Es un hermano para mí. Es mi familia.

—Lo mismo digo yo —coincidió Melissa.

Asentí intentando aparentar todavía desinterés. Sin embargo, no creí conseguirlo, por lo que me quedé preguntándome qué pensarían mis amigos mientras me veían.

Moon RevengeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora