Capítulo VI: La longevidad del Fantôme

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Perspectiva de Erik

Me levanté por un sobresalto, impresionado por lo que recién ví en sueños.

Kamille y yo éramos cercanos, en mi sueño ella había mencionado que tenía semanas viniendo a verme y que yo era su único amigo.

No vivía en la Ópera, seguía siendo niñera de ese niño Giry.

Ella me había contado que su lengua materna era el español y que con gusto me enseñaría a hablarlo.

Me estaba mostrando con lágrimas en sus ojos grises, las canciones que cantaba con su padre cuando estaba vivo.

Yo le confesaba sobre mi pacto, lleno de vergüenza.

Ella observaba el altar que le había hecho a Daeva, cubierto de velas encendidas y un ramo con más de trescientas azucenas.

Ella no me temía.

Ella se sonrojaba por mi.

¿Por qué había soñado eso? Era ella, no había duda, me había cansado de observarla todas esas noches y podía confirmar que era ella, pero, ¿cómo llegamos a ese punto?

Mi plan tenía un gran impedimento, ella no vivía en la Ópera así que no podía moverme libremente para confundirla. Quería que ella únicamente pensará en mi e intentará venir a mi reino, para enseñarle mi mundo y que descubriera la música que le hacía falta para ser feliz, mi música.

Camine hasta mi estudio, sobre el gran órgano reposaban las partituras de mi desgracia, mi trabajo finalizado hace noventa años y que mi inspiración fue la partida de Christine con el petimetre malcriado.

Don Juan Derrotado.

Era una melodía sumamente triste, deprimente, llena de dolor y agonía, con notas rabiosas y frustradas. No era algo digno de presentar en un teatro, solamente lo había hecho para poder desahogarme y tener algo en que ocupar mi tiempo libre en esos días que debía permanecer oculto, no podía subir a la superficie porque me estaban buscando para cobrar venganza por algo que no hice.

Aunque hice la amenaza a los gerentes de tirar abajo la enorme lámpara, no llegue a hacerlo, estaba más preocupado en secuestrar a Christine para que se casará conmigo que en destruir el teatro que tanto amaba. Verla partir con Raoul de Chagny me destrozó de una manera horrible, por un instante creí que me escogería a mi, a su maestro, a su ángel de la música, a aquel que la hacía cantar de maneras increíbles.

Cerré mis ojos, dejándome llevar por mis recuerdos.

Recuerdo que tuve innumerables pesadillas los siguientes días después de que se fueron, despertaba bañado en sudor y temblando, no comía ni bebía, simplemente quería dejarme morir. El Daroga me visito varias veces, obligándome a tomar líquidos y dándome palabras de apoyo, pero nada me ayudaba a salir del hueco en donde me había dejado Christine Daae.

Hasta que, en medio de mi agonía, él apareció acompañado de una mujer, no tenía fuerzas para echarlos o maldecirlos en persa, así que me quedé acostado dispuesto a escuchar lo que tenían que decirme.

-Erik, ella es Alimsej, es una hechicera de Persia. La conozco de antes de mudarme a Francia y me siento realmente mal por todo lo que ha pasado, así que la traje para que ella te ayude.

Levanté mi cabeza, viendo a la mujer, piel tostada y usaba un traje talar negro, con un velo en su rostro que no dejaba ver más que sus ojos, los cuales eran verdes como dos esmeraldas.

Ella hablo en persa, sabiendo que yo podía entenderla: -Salam, Agha Erik. Vengo a ayudarlo para que salga de ese pozo de desesperación.

Le respondí igual en persa: -¿Cómo lo harás? No quiero ser grosero, pero de verdad no deseo ver a nadie. Daroga, vete de aquí y llévate a tu amiga.

Me enamoré del Fantasma de la ÓperaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora