VI | El recuerdo.

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—¡Hola mamá!

—Hija, no esperaba verte aquí. Pasa. —se hizo a un lado al frente de la puerta y entré.

Wow, no pensé que tendría que volver en estás condiciones. Cuando a mi madre le queda poco tiempo de vida.

A Santiago le dijeron que unas semanas, no recuerdo cuántas en realidad pero ya han pasado y ella sigue aquí. Ósea que tarde o temprano puede que pase.

—La casa no ha cambiado en nada. —agregué entrando a la sala— Ven, te ayudo a sentarte. — me giré hacia ella y la ayudé, está muy débil, hasta con un bastón está caminando.
Nunca imaginé verla así.

—Gracias hija. —respondió acomodándose en uno de los muebles— ¿Cómo has estado?

—Supongo que bien. —confesé— No te preguntaré cómo estás porque sería una falta de respeto.

Ella sonrió a mi sarcasmo, recuerdo que siempre se reía de eso, decía que cómo podía expresar esas palabras con tanta naturalidad.

—No sé qué día me vaya de esta tierra. —dijo con voz ronca— Pero, me alegra saber que antes de irme pude verte. Es bueno verte bien, te lo mereces.

—Gracias, mamá. —sonreí de lado y comencé a mirar el alrededor de la casa. ¿Qué pasará con todo esto cuando ella ya no esté? Yo no podría ni un momento imaginarlo.

—La casa está a tu nombre.

—¿Qué dijiste?

—Sí y no lo repetiré de nuevo. Esta casa por ley te pertenece, eres nuestra única hija. Cuando yo muera si quieres venderla a alguien más es tu decisión y la respeto. —me miró fijamente— Así como yo sé que tú padre lo haría.

Sentí mi corazón estrujarse al escucharla decir eso.

¿Es en serio que se irá y no sé cuándo?

Se qué tal vez ella no fue buena madre conmigo, pero me hacía bien saber que aunque estuviéramos peleadas o distanciadas, me hacía bien saber que ella estaba a unos minutos y que estaba bien. Eso me hacía feliz.

—¿Qué pasará con todo lo demás de la casa? —pregunté en un hilo de voz, tengo tantos sentimientos encontrados ahora mismo y creo que todos ellos se fueron a mi garganta, no me sale bien el habla.

—Donaré todo a la fundación Milagro de amor. —respondió tranquilamente.

—Me suena el nombre. —repliqué confusa.

—Es la fundación de Ana Gutiérrez. La chica que daba antes los servicios de los cultos de niños en la iglesia.

—Ah sí. Por algo el nombre me era tan familiar.

—Sí. —suspiro— Recuerdo bien cuando ella venía cada viernes a la casa a buscarte para el culto. Ella siempre nos decía lo bien que cantabas.

—Eso me hacía muy feliz en ese tiempo y hace poco lo noté. —respondí mirando mi mano derecha, en ella me quedan algunas marcas de todos los tropezones que me daba jugando cuando niña. Una vez hasta me clavé un clavo en esa misma mano, aún se nota la marca ya que fue algo honda.

Joder, extraño a esa antigua Ashely. No a la niña, sino a la feliz, alegre a esa parte positiva mía.

—Lamento haber arruinado parte de tu felicidad. —la miré y vi como se le salían algunas lágrimas del rostro— Nunca debí comportarme así contigo. Nunca debí culparte por la muerte de tu padre, solo tenías 12 años. Eras una simple niña. No sé porque no pensé en eso antes. — dijo limpiándose las lágrimas.

Simplemente pasan. ✔️Donde viven las historias. Descúbrelo ahora