Capítulo 1

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Yvonne

13 de septiembre del 2010

—¡Yvonne, ya despierta o se te hará tarde!

Los golpes en la puerta hacen que despierte del sueño tan maravilloso que tenía, estaba durmiendo flotando en una burbuja de descanso.

—¡Yvonne, vamos hija, ya inició la semana! —insiste Victoria, entrando a la habitación.

Abre las cortinas, la claridad del comienzo del día se filtra dándome en la cara junto a las luces.

—Cinco minutos más, mamá —protesto.

Se ríe, quitándome las cobijas dejándome sin escondite. Gruño con enfado.

¡Las mañanas solo deberían existir para dormir!

—Perezosa —niega, dándome un beso en la frente y apartándome el cabello de los ojos —. Buen día, cielo.

Bostezo más de cinco veces en lo que ella se mueve por toda la habitación, asegurándose que tenga lo que necesito, sabe que los lunes no son de mi agrado y después van y se quedan cosas que utilizaré en la universidad.

Mantengo los ojos entrecerrados. Más bien caigo de nuevo, dormitando.

Una almohada vuela a mi cabeza y salto para medio sentarme.

—Buen día, mamá —esperezo sacando los pies de la cama, arrastro estos a la puerta del baño con las pantuflas a medio poner.

—Mira que cara —recoge mi cabello en la cima de la cabeza, seguro porque ya no tengo tiempo de lavarlo y plancharlo —. Eso te pasa por estar conectada hasta tarde, señorita.

Mis ojeras lo dicen todo, están casi hasta los pómulos, es espantoso como me veo.

—No lo voy a volver a hacer, tengo migraña —me quejo intentando abrir bien los ojos.

—Eso mismo dijiste la semana pasada, Yvonne Hamilton Johansson —recuerda. Mejor cierro la boca, he dicho eso casi todo el semestre y heme aquí, sin poder tener la cabeza en su sitio —. Apúrate, te ayudaré a peinarte.

Le hago caso, ella llama a las empleadas para que limpien mi cuarto, mientras yo tomo una relajante ducha de agua tibia, esta mejora mi estado de perezosa y a quién le atropelló un auto.

Me duelen los huesos, duré demasiado tiempo en una misma posición, el chisme de Facebook estaba bueno, además estaba viendo unos casos que me llamaron la atención.

Por la otra puerta del baño, entro al clóset eligiendo lo que me voy a poner, pantalón de mezclilla azul oscuro, ajustado por supuesto, me gusta resaltar mis atributos, lo acompaño con un suéter rojo de cuello alto, está haciendo frío y unas botas bajas, debo apurarme o me dejará mi hermano.

Termino de vestirme, saliendo rápido de la habitación del clóset, donde encuentro a mi madre frente al tocador y la bandeja del desayuno.

—Vamos, tampoco te ahogues —regaña pasando el peine en mi cabello, la taza de chocolate caliente huele y sabe deliciosa, chocolate de maní, mi favorito.

—Gracias por el desayuno, mamá —agradezco.

Tener estos banquetes es un privilegio que tardo mucho degustar. Ella se arriesga por traerme estas cosas.

Acomoda bien mi cabello y echa fijador delante para que se quede tal cual lo ha colocado, a veces se me chiflan algunos pelos.

—De nada, cielo.

No llevo maquillaje más que bálsamo para los labios, los tengo agrietados ante la fuerte temperatura.

Mamá me pasa un largo abrigo y mi gorro de lana favorito, es rojo.

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