«¿Sabes? La 𝙇𝙞𝙢𝙚𝙧𝙚𝙣𝙘𝙞𝙖 es un estado mental involuntario, es por la atracción romántica hacia una persona. Puedo notarlo, te conozco y sé que te gusta alguien. Sólo, no puedo saber quien. Pero en definitiva Lydia ya no te gusta... Creo que...
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S T I L E S ' S P O V
Mi cabeza daba vueltas, no podía comprender qué estaba pasando. De un momento a otro todo cambió. Acababa de conseguir qué obtuviéramos una victoria en el partido luego de la gran paliza qué nos estaban dando, el equipo me celebraba, todos me celebraban a mí por conseguir eso. Y luego todo se oscureció y perdí el conocimiento.
Tal vez lo que sea que usaron conmigo había sido suficiente para que no pudiera gritar, porque cuando desperté me encontraba dentro de un automóvil, rodeado de dos enormes hombres que luego de verlos comprendí que eran cazadores de los Argent. Pude sentir como el miedo se apoderaba de mí. ¿Por qué me querían a mí? ¿Qué podía darles yo? Empecé a hacer preguntas, esperando que alguno de ellos se quebrara con mi insistencia.
Sentí como uno de ellos, me agarraba con sus grandes y bruscas manos en cuanto se detuvo el auto frente a la casa de los Argent. Me tomaba los brazos por la espalda mientras me empujaba hacia una habitación, arrastrándome como si fuera un muñeco de trapo. Solo abrió la puerta y me empujo, dejándome caer en el oscuro sótano.
El golpe resonó en todo mi cuerpo y el tipo solo cerro la puerta una vez había aterrizado. Respiré profundamente antes de levantarme del piso, esperando que nada se hubiera roto. Empecé a sacudirme, soltando un quejido, mientras revisaba mis articulaciones al mismo tiempo.
De repente escuché un lloriqueo. Me detuve en seco sin entender de donde provenía el sonido. Busqué el interruptor de la luz, mientras veía en la dirección que escuché el lloriqueo, en cuanto lo encontré y prendí la luz, vi a Erica y Boyd colgados del techo, con cinta cubriéndoles la boca y grandes ojos desesperados, mientras soltaban quejidos que no podía entender gracias a la cinta.
—Shhh —le susurré a Erica después de escuchar su último quejido, mientras me estiraba para tratar de quitar las ataduras en sus muñecas—. ¡OH! —solté cuando sentí una punzada de electricidad por tratar de deshacer las ataduras.