Essoh
Estoy a punto de mandar todo al carajo y romperle la cara a todos estos buenos para nada que no hacen más que molestarme.
Tengo una irritación interna que de milagro no he acabado con todo. El ruido exterior es insoportable, los cuchicheos, el grupo de imbéciles no captan advertencias silenciosas.
Juro por Alá, que si el día no se acababa iba a terminar cometiendo una locura y siendo expulsado de la universidad.
Estoy harto de esto, vine con positivismo, ahora solo quiero largarme a mi país y hacerle frente a la situación.
Creo que algo han de ver en mi cara que se guardan los chistes baratos, puesto que abordo los pasillos a grandes zancadas entre el tumulto de jóvenes y adultos, nadie se atreve a meterme un pie por delante como el día anterior. No tengo una gota de paciencia y estoy enojado.
Mantengo la mandíbula apretada, el ceño fruncido, los puños a los costados, he de estar reflejando lo aprendido en el ejército con mis ojos.
El auto designado para mí aparece en el campo de visión frente a la universidad donde el chófer y guardaespaldas —ambos del servicio espacial en mi natal —, aguardan mi llegada, atentos a la zona.
Bajo rápido las escaleras, deteniéndome con el reflejo dorado de un cabello que me está taladrando las sienes.
Yvonne.
Se ríe de algo con una chica al lado, a su alrededor chicos como ella: de color de piel blanca.
Está inclinada al frente, con el pie sobre el banco en lo que se ata las agujetas de sus botas.
Verla de la nada hace que el enojo aumente. Cosa estúpida, no tiene la culpa, soy yo, cuesta admitirlo, más lo hago, solo yo lo sabré.
No dormí nada con la imagen de ella en mi cabeza mientras fundía los metales y le daba forma a la figura de ángel que en sí es Yvonne, porque pensé en sus ojos, en ese cabello brillante, en su silueta.
Aparto la mirada al Yvonne girarse, continúo mi camino de igual manera como venía. Eso ya no importa, todo está definido, yo voy a concentrarme en mis deberes.
Yvonne haya o no haya puesto un límite entre nosotros. ¿Qué carajos? No hay un nosotros. En fin, si ella no lo hacía, yo lo haría, es su vida, es la mía, ninguna encaja ni para ser conocidos.
Yo soy un príncipe, el único hijo del rey de Mahud, tengo claras mis obligaciones, lo que se espera de mí. Nadie me obliga a hacer nada, sin embargo, yo nací para ser un rey, quiero serlo, no a costa de la muerte de padre, deseo que dure tantos años que pueda conocer a mis hijos.
Estas son mis costumbres, me gusta honrarlas, la palabra de un hombre es su ley propia y la lealtad es lo más importante incluso más que el amor.
Soy leal a mis principios, para lo que me eduqué, tengo claro mis objetivos, crecer, fortalecer, dar lo mejor de mí.
Llego a casa para la merienda, entrego mi ropa sucia igual que el día anterior, madre expresa su molestia repitiendo el mismo discurso del día anterior.
Subo por un baño y bajo a la sala de merienda, sentándome en los cojines dispuestos donde presido la cabecera.
—¿Qué tal el día? Por si acaso, ¿Algún cabello dorado y piel pálida en el camino? —pregunta Jahari llevándose unos frutos secos a la boca, el radar de sus ojos sobre mí.
Bebo té, manteniendo la expresión neutral de siempre. No me afecta.
—¿De qué o de quién estás hablando? —mastico mi postre.
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