10. La Fiesta

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Segunda Parte: Familia

Punto de Vista de María


Ya voy tarde. Miro el reloj, es casi como una hora y media de retraso. Le había dicho a Mateo que no podía desocuparme antes, que lo mejor era que él fuera sin mí y que yo llegaría después. Arreglarme tomó algo de tiempo, y además, no podía dejar sola a Liz, y menos con una niñera desconocida para la niña, aún es pronto para eso, apenas unas pocas semanas han pasado desde que se llevaran a Ariel y Sam. Me siento tranquila de que al final la niña se quedó a gusto.

Veo mi reflejo en el vidrio del taxi y me acuerdo del comentario que Mateo dijo, además me hizo sentir raro. Antes no había pensado en tener hijos propios, tampoco creo que lo haya hecho Ariel, y aquí está Liz, sobre todo por lo que ella pasó... pensar en eso siempre me hace sentir ñañaras.

Con todo y el retraso, entro en la sala de fiestas. Hay mucha gente, dividida en grupos, escucho tantas voces que no puedo ponerle atención a todas las conversaciones... como si me interesaran.

Mateo es un ingeniero que se ocupa de las construcciones en el Centro. Supongo que esta reunión es para recolectar fondos, o para celebrar una obra urbana importante, cuando abajo todos están jodidos, bien por los Ciudadanos.

Me siento cansada, podría quedarme dormida de pie, pero entonces veo a Mateo con un grupo de personas, hablando de algo, así como los otros grupos de personas, él se desenvuelve tan bien entre ellos, sobre todo con las mujeres. Él habla y ríe, a veces su mano descansa en la espalda baja, solamente con la punta de los dedos, o pone la mano en el hombro de alguna mujer.

Las miro, son casi tan altas como él. Muy guapas, todas ellas usan tacones altos, vestidos bellos y brillantes, carísimos, también están peinadas esplendorosamente. Sus rostros maquillados son adornados con unas sonrisas despampanantes, se nota que nunca han vivido en la penuria de la pobreza como yo, en mi infancia.

Yo recapitulo mentalmente mi vestimenta, comparada con aquellas mujeres: zapatos, no tacones, aunque quisiera usarlos, no podría por mi cojera. No llevo un vestido descubierto, es uno algo tosco, con mangas y cuello alto, que cubre la cicatriz de la quemadura. Si no llevo un peinado elaborado es porque no tuve tiempo, por mi trabajo médico y porque preferí estar con la niña. No me gusta el maquillaje.

Para colmo de males llego tarde. Me siento como el frijol en el arroz. Ellas son muy bellas y yo... yo no.

-¡María! -grita Mateo entusiasmado, camina hacia mí con su mano extendida en mi dirección.

-Hola. -saludo, intento sonreír pero es difícil, me siento muy nerviosa y fuera de lugar.

La mano de Mateo alcanza la mía, es cálida, tierna y suave, siento confort en cuanto él aprieta sus dedos con los míos.

-Traes el pelo suelto. -comenta, pone su mano sobre mi espalda baja, sus dedos juguetean con las puntas de mi cabello suelto.

-Lo siento, no tuve tiempo para peinarme. -le respondo.

-No importa. -me dice, sonríe, sus dedos siguen jugueteando con mi pelo, me guía al grupo de personas con el que él había estado platicando antes de mi llegada-. ¿Ya conocen a María? -algunos hombres asienten, me conocen de alguna vez que han ido a la casa. Las mujeres me ven de pies a cabeza y mi sentimiento de incomodidad aumenta-. Para los que no, mi esposa. -dice.

Las mujeres ponen una cara de asco, cualquiera de ellas hubiera aspirado tener el título que yo tengo. Me siento encoger. Yo no debería estar aquí.

Escucho la conversación a medias, algunas carcajadas. Los dedos de Mateo jugueteando con mi cabello me hacen cosquillas en la espalda baja. Me siento mareada y me tambaleo.

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