Capitulo treinta y nueve

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Keyra Lombardi

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Keyra Lombardi

Había pasado varias semanas en esta casa, pero cada día se sentía como un intento fallido de adaptarme. Aunque tenía todo lo que cualquiera podría desear, desde amplias habitaciones hasta detalles decorativos impecables, yo no terminaba de sentirme cómoda. Zairo decía que la había elegido para que tuviera el lugar perfecto donde sanar, pero no estaba segura de que algo tan hermoso pudiera arreglar el caos en mi interior.

Desde mi cuarto en el segundo piso podía ver casi todo el jardín trasero. La hierba estaba siempre impecable, los setos recortados con una precisión casi obsesiva y, al fondo, una piscina de agua cristalina que reflejaba el cielo. No me había atrevido a usarla, aunque Zairo me lo había ofrecido más de una vez. Había algo intimidante en esta casa, como si cada rincón me estuviera juzgando, recordándome que no encajaba aquí.

Bajé las escaleras lentamente, deteniéndome un momento en el pasillo para observar las fotografías que Zairo había colocado en las paredes. Eran paisajes, principalmente; montañas, océanos y atardeceres que parecían salidos de un sueño. No había fotos de personas, y agradecí eso. No quería encontrarme con reflejos de su pasado o de lo que esta casa podría significar para él.

Cuando llegué al salón principal, los encontré ahí. Axel estaba de pie junto a uno de los ventanales, jugando con las cortinas mientras hablaba animadamente con Enya, que estaba sentada en uno de los sofás. Al verme, ambos dejaron de hablar, pero no por incomodidad, sino porque así eran ellos, atentos a mi presencia.

—¿Ya despertaste? —preguntó Axel, sonriendo como siempre lo hacía, como si nada en el mundo pudiera perturbarlo.

—Sí, hace rato —respondí, tratando de devolverle la sonrisa, aunque sabía que no me salía tan natural como solía hacerlo.

Enya se levantó para acercarse a mí, su abrazo fue cálido y familiar, pero yo todavía no lograba responder con la misma facilidad. Había algo roto en mí, algo que me impedía conectar con ellos como antes. Sin embargo, Enya nunca lo mencionaba. Siempre me trataba como si nada hubiera cambiado, como si todavía fuera la Keyra de antes.

Axel, por su parte, me observaba desde el sofá, con esa mirada que combinaba paciencia y una pizca de preocupación. Él nunca presionaba, pero sabía que notaba cada una de mis reacciones, cada vez que me alejaba o que evitaba una conversación.

Nos sentamos en el salón, donde la luz de la tarde se filtraba por los grandes ventanales. Los sofás grises se sentían demasiado perfectos, casi nuevos, como si nadie los hubiera usado antes. Enya habló primero, tratando de llenar el silencio con una anécdota sobre una de sus clases, algo relacionado con un profesor despistado que había olvidado su propio examen. Axel la interrumpía ocasionalmente con sus comentarios sarcásticos, y yo escuchaba, aunque mi mente divagaba.

El diseño de esta casa era espectacular, no había duda de eso. Los techos altos daban una sensación de amplitud que era casi abrumadora, y los detalles en madera oscura contrastaban perfectamente con las paredes claras. Todo estaba decorado con un estilo moderno, pero con toques clásicos que le daban personalidad. Los candelabros de cristal que colgaban del techo eran una declaración de lujo, y los muebles parecían haber sido seleccionados por un diseñador de interiores.

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