—Si las paredes de la habitación hablaran ¿Crees que me contarían tus secretos? —Bromea París con la risa suave que a aprendido a relacionar con el confort, y el cariño.
Otra vez están acurrucados en el sofá de la sala, abrazados con Azul arriba y al costado de París, simplemente hablando como desde hace un tiempo se les hizo hábito.
Azul lo considera del mismo modo pausado y constante que le da a todo, en especial a los temas importantes. Por la forma en como París se ablanda por completo a su lado, cree que sabe que para ella todo lo que hablan es considerado importante.
Le gusta, es una buena sensación.—Creo que sí las paredes pudieran hablar con palabras entre los dos harían un buen podcast, como una entrevista nocturna. Creo que si observas bien todavía podrías descubrirlos todos por tú cuenta.
Responde ella después de pensarlo un momento.
Y es verdad.
Azul siempre habla con la verdad, pero esto está bastante cerca de una confensión de otra índole. Porque siendo justos hace bastante tiempo, más de año y medio, casi dos, para ser precisos, que casi no usa su habitación para dormir, prefiriendo hacerlo donde sea que esté París.
Y cuando está sola entonces roba temporalmente sus mantas y almohadas y se va a dormir en el sofá que es de ambos fingiendo que él está con ella.
Ni siquiera está avergonzada por ello, es más como si acabara de retar en silencio a París a descubrir lo que últimamente hace cuando está sola, quizá debería comenzar a hacerlo cuando no lo está para ver que sucede, ¿y no es ese un pensamiento interesante?
París la contempla, sus manos aún dando ligeros toques sobre sus caderas y la parte baja de su espalda, es un movimiento tanto distraído como distractor, aunque no hay nada erótico en el. Si se concentra en ello puede distinguir las palabras ocultas en dibujos o en código morse (Porque todo aquel que sea cercano a las hermanas D’Artes termina aprendiendo de una formau otra).
Las intuye aún sin buscarlas de forma activa.
La hace sonrojar, un ito en sí mismo para ella a quién rara vez le sucede, y que le confunde de la mejor manera. Aprecia la novedad del sentimiento, archivando el recuerdo dentro de una caja en su mente para poder repetirlo una y otra vez después, alimentandolo.
—¿Y eso te molesta? —Pregunta entonces él con voz suave, mirándola.
El azúl rey de sus ojos semioculto entre las luces y sombras de la habitación, ojos que parecen estar brillando por la cercanía mientras busca los límites, o sus señales. Se ha vuelto bueno leyéndola, supone que la convivencia continúa ayuda. Todavía es lindo descubrir que le importa lo suficiente como para hacerlo un hábito, consciente de ello y a su vez alerta a los posibles cambios.
—Es curioso ¿Sabes?
Dice ella, la sonrisa colorea su voz como un delicado bordado sobre la seda de su tono.
—Normalmente me incomoda, pero... —se encoje de un hombro, no es la palabra que estaba buscando, se ajusta un poco floja en los bordes, pero de momento supone que servirá, continúa— me gusta cuando eres tú quien lo hace, me gusta que sepas leerme.
La tenue luz de su lámpara de noche crea un claro-oscuro que resalta su sonrojo, la pequeña insinuación de su sonrisa que no ha decaído durante el transcurso de toda la conversación, la luz en sus ojos más verdes que acuamarín, como una pradera bajo la luz de luna llena. No está avergonzada, solo temporalmente teñida por algo que se parece a la timidéz.
Debajo de eso hay alegría y algo como la travesura que mueve sus intenciones.
París se congela por un momento, mirándola como a algo hermoso y fascinante que de la nada se vuelve maravilloso. Hace lo mismo cada vez que Azul le habla de como la hace sentir.
Entonces hay un cambio en el ambiente.
Y antes que se de cuenta París ha invertido las posiciones para que ahora él esté sobre ella.
París la besa, profundo y dulce, como si llevara siglos queriendo hacer eso y ahora que comprende que no solo se le permite, sino que es algo que ella también quiere, es como si no pudiera tener suficiente.
De un instante a otro hay manos recorriendo su pecho, sus propias manos encuentran su camino al casi injustamente sedoso cabello castaño oscuro de París, y la lengua de París juega con la suya haciendo cosas que Azul ni siquiera sabía que eran posibles.
Nunca antes se sintió así con sus otras parejas. Fue bueno, pero no así. Simple, natural y al mismo tiempo milagroso.
Por un rato son un manojo de besos intensos y mordidas traviesas, antes de ablandarse en algo mucho más suave. París le besa todo el rostro, el cuello, las claviculas, besos pequeños y tiernos que parecen alimentarse de las risas que ocacionan en ella, y que Azul corresponde con sus propios besos en cualquier superficie que encuentre disponible.
Tardan un rato en calmarse lo suficiente como para poder hablar, ambos tienen sonrisas cegadoras, profundamente tontas y la respiración desigual. Azul no recuerda en que momento perdieron sus camisas, lo que los deja con París con el pantalón de algodón flojo en sus caderas y a ella en el short corto que usa para el yoga y el sostén deportivo parte del conjunto.
—Wow —Ambos dicen al mismo tiempo lo que desencadena otra risa.
—Oh, misericordia del cielo. Eres como un sueño ambulante hecho realidad.
Azul se ríe, después lo atrae hacia sus labios para otra ronda de besos acunando su rostro con las manos, y abrazandose a sus caderas con sus piernas. No va a dejarlo ir pronto.
Victoria se va a volver tan loca cuando se entere de esto… Y Azul va disfrutar de la vista tanto.
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Voces en la Habitación
Historia CortaAzul D'Artes, es conocida por ser disciplinada, centrada, amable y por su estilo elegante dentro y fuera del hielo, es una fuerza de la naturaleza que todo lo que se propone lo logra. Pero Azul es más que su carrera en el hielo olímpico, es hija, h...