Rafe era un consagrado jugador de fútbol, millonario e indisciplinado, adorado por los chicos y envidiado por los grandes, hasta que conoció a la chica que salvaría su vida.
Años más tarde, cuando la esperanza por encontrarla era casi nula, el ciel...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Despierto lentamente y me encuentro cubierta por una colcha liviana.
Ya es de día a juzgar por claridad que se filtra por las ventanas.
Bostezo y miro mis fachas: estoy vestida como he venido ayer y sin calzado. Tomo asiento en la cama, me desperezo groseramente y me pongo de pie en dirección a la ventana, admirando el paisaje urbano.
La gente corre por los alrededores del lago, fundiéndose entre la construcción humana y la hermosura de la naturaleza.
Esta vista es impagable.
En el baño cepillo mi pelo, me refresco un poco y al salir busco en mi mochila ropa limpia. Me siento en un hotel de lujo y me desanima pensar en que en dos días más esta burbuja hará ¡plop!
Una vez en el pasillo dudo hacia dónde dirigirme.
¿Golpeo la puerta de su habitación? ¿Voy a la cocina?
¿Estará en casa?
Caminando hacia la imponente escalera, la puerta entreabierta de una de las habitaciones permite el escurrimiento de una enorme cantidad de luz. Me acerco lentamente, espío, y es allí donde encuentro a Rafe con una holgada remera blanca o, mejor dicho, una remera que era blanca y ahora es de mil colores distintos.
―Buen día...―digo al golpear la puerta de madera beige.
―¡Hola! He estado muy inspirado ―deja el pincel de lado y limpia el sudor de su frente con una toalla húmeda ―. ¿Descansaste bien?
―Sí, sí, muchas gracias. ¿A qué hora te levantaste? ―pregunto ceñudamente.
―Nunca me he acostado. No podía conciliar el sueño ―sus ojos están enrojecidos, los noto cuando se acerca.
―Deberías dormir un par de horas al menos ―lo regaño, tocando la áspera pintura estacionada en su ropa.
―Ven, quiero mostrarte algo ―toma mi mano, la besa y me acerca a un lienzo cubierto con una sábana. Quita el manto claro, revelando unas hermosas alas azules de ángel.
―Rafe...esto es...¿lo hiciste en estas horas?
―Por supuesto.
―¡Me encanta! ―afirmo en un chillido asombrado. Pero no es acaso la pintura que me llama más la atención, sino la mujer a medio terminar que está en la otra punta de la sala.
―Espero que no me veas como un acosador ―dice con timidez mientras me acerco a ella.
―Soy...¿yo? ―mi voz se resquebraja, emocionada y aturdida.
―Sí.
―No puedo...no puedo creerlo...―Toco los trazos con orgullo, con admiración.
―Tengo muchas pinturas relacionada con los ángeles.