Rafe era un consagrado jugador de fútbol, millonario e indisciplinado, adorado por los chicos y envidiado por los grandes, hasta que conoció a la chica que salvaría su vida.
Años más tarde, cuando la esperanza por encontrarla era casi nula, el ciel...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Cuando compré el sofá tras mi separación de Miranda, lo único que pretendí fue que ocupara el mismo espacio que el que se acababa de llevar ella. La muy perra no solo me había abandonado, sino que un sábado por la tarde – aprovechando que estaba concentrado con mi equipo en las afueras de la ciudad – apareció con gente de una empresa mudadora para retirar "sus muebles" para "su" apartamento de soltera.
Sí, como no.
El sofá fue lo primero que puso en el camión; la cama y las mesas de noche lo segundo y tercero. Lo vi cuando regresé y mis chicos de seguridad me informaron lo que sucedió.
"Pensamos que usted lo había autorizado a hacerlo, señor", dijeron para entonces.
Lo cierto es que cuando me mudé a Río tras mi experiencia en el Barcelona, vendí mi viejo apartamento por recomendación de Levi, compré esta casa y mantuve los muebles originales. Ella se encariñó con el mobiliario y pensó que era motivo suficiente para apropiárselo.
Como lo que menos me importaba era pelear por unos estúpidos muebles, me compré cosas nuevas y a mi gusto. Este sofá fue una de las adquisiciones que más me costó escoger; el color, la comodidad, el tamaño...
Hoy, disfruto y celebro haberlo elegido.
Paloma tiene ambas rodillas clavadas en los cojines mientras que su culo en primer plano me seduce; resbalo entre sus pliegues, salgo y vuelvo a entrar en su cavidad femenina tantas veces como puedo y mi cuerpo resiste.
Humedezco mi mano y acaricio su botón hinchado y sensible, haciéndola gritar y gemir. Estoy sudando terriblemente, mi ropa se adhiere a mi torso y mis dientes chirrían de fervor.
Las manos de Paloma se aferran al respaldo del sofá mientras que las mías toman sus caderas, forzando una penetración aún más profunda.
―¡Rafe! ―exhala y cae desplomada, sus piernas tiemblan y sus músculos internos me comprimen el miembro. Todavía no he llegado a mi punto de quiebre, pero su cuerpo tuvo otros planes.
Abandono su hermoso calor cuando se desarma sobre la afelpada superficie; vencida, la acomodo de espaldas y la beso salvajemente.
―Me falta poco ―le digo ―, ¿resistes un poquito más? ―Pido egoístamente, al borde y un poco más agitado de lo normal. No quiero parar. No puedo hacerlo.
―Por supuesto, ¿por quién me tomás? ¡No soy una floja! ―Sé que está rendida; su flequillo empapado se adhiere a su frente y su rostro está teñido de mil tonos de rosas.
Con un pie apoyado en el piso y otro junto a su cuerpo, jugueteo en su entrada y a punto de dar la estocada, me detiene. La miro extrañado, analizando su reacción.
―Sacátelo―dice. Ya sé a qué se refiere, pero se lo repregunto.
―¿Que me lo quite?
―Quiero...sentirte...ya te dije que estoy tomando pastillas y...