12. Recuerdos

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Tercera Parte: Extranjero

Punto de vista de María


Estoy en el cuarto de Levi, velando su intranquilo sueño, está tan preocupado como Mateo y yo sobre lo que le pueda pasar a Liz, pero al parecer ya se ha quedado profundamente dormido. Acaricio su cabello, mi bebé hermoso, todavía recuerdo el día que me enteré de que estaba embarazada, lo feliz que me hizo a pesar de mis miedos, y la alegría de Mateo cuando se lo dije, nuestra pequeña familia hecha de retazos, estaba convirtiéndose en una verdadera familia.

Es tan precioso. Beso su mejilla y despacio me levanto de la cama, no quiero volver a despertarlo, pero lo que más temo es que una vez despierto, me pregunte por su hermana y yo no tenga la respuesta positiva que él espera.

Camino hacia mi habitación, pero primero paso al baño, solamente quiero mojarme la cara y las manos, también me mojo el cabello para acicalarlo un poco. Liz ha estado perdida desde que terminaron las horas de esparcimiento, han pasado un par de días y todavía no sabemos nada de ella. Cada escenario trágico y peligroso se ha cruzado por mi mente, por más inverosímil que pueda ser.

Entro a mi habitación, y sentada en la cama, saco de una cómoda, la foto de mi hermana, la miro y no puedo evitar el dolor profundo en mi pecho y las lágrimas vuelven a atacarme. Estoy tan preocupada por mi hija.

-Ariel... -murmuro casi en silencio, miro la fotografía, intento inútilmente contener las lágrimas que fluyen sin parar.

Debo dejar de llorar, Mateo vendrá pronto y si no llega con buenas noticias, no quiero que se preocupe más, después de todo, ha estado buscándola desde que le dije que Liz no había vuelto de sus horas de esparcimiento, el registro notificaba que fue al gimnasio, pero nadie la había visto ahí.

Mateo entra en la habitación se quita las botas de un puntapié cada una. Su ropa huele a su sudor, a sol que quema y arena caliente. Se ve preocupado, sé que él se ha dado cuenta de lo mal que he estado, cuando se quita la camisa se sienta a mi lado y me abraza. Yo me hundo en su pecho, aspirando ese olor que me es tan familiar y querido.

-Estoy seguro que ella está bien. -dice él, se oye doble porque estoy pegada a su pecho, escuchando su corazón latir. Me tranquiliza mucho.

-Lo sé, es sólo que...

-Eres madre, así Liz crezca a la adultez no dejarás nunca de preocuparte. -comenta él con dulce ternura, deshace mi trenza y pasa los dedos desenredando los gajos de la misma.

Él besa mi frente y se recuesta a mi lado en la cama, su ropa está húmeda. No me importa, lo abrazo.

Quince años atrás, fue cuando Ariel me hizo esa llamada. Después de esa estúpida discusión antes de que yo subiera a los dieciocho. Esa llamada lo cambió todo, pero su seriedad y todo lo que dijo hizo que una preocupación eclipsara la emoción y felicidad que sentía por ver de nuevo a mi hermana

Quisiera decir que todo fue muy emotivo y como para llorar, pero Ariel no fue a recibirme cuando bajé, fui a la casa tan rápido como pude. Ahí fue cuando mi vida cambió... la mía y la de Mateo.

Él me besa y yo respondo el gesto. Los dos estamos frente a frente en la cama. Me encanta sólo mirarlo y por horas lo hago. Pienso en esta felicidad que le arrebataron a Ariel, en las horas que ella pasó mirando a Sam. Quiero llorar.

-Calma, María. -me consuela Mateo, ha visto mis ojos llorosos.

-Es que pienso en Ariel y Sam, en lo que les hicieron.

-Cuando eso pase, piensa en su legado, en el nuestro... -me aconseja, pienso en Levi, en Liz que está perdida y en mi hijo que viene en camino.

¿A qué mundo han llegado? Me pregunto. Éste no es un buen lugar donde nacer, aunque no puedo decir mucho, me ha tocado vivir en mejores condiciones que las que había vivido en mi infancia, mis hijos viven mejor que yo a su edad.

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