II. Huyendo del malvado.

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Ojalá su padre le permitiera cambiarse de Instituto. De acuerdo, en su defensa, no era como si el pequeño pueblo de Sweetville tuviera muchas opciones. Era esta, la escuela pública, o la técnica que estaba a media hora de distancia, casi al borde de un bosque que decían estaba repleto de serpientes venenosas y gansos come hombres. Está bien, quizás no come hombres, pero cuando tenía siete años, un ganso lo persiguió y estuvo a punto de devorarlo. Las personas podrían llamarlos seres dulces y adorables, pero estaban ciegos. Eran terribles máquinas de matar.

Aunque, ahora desearía que un ganso lo salvara de esta humillante situación.

—¿Qué es esto, Dylan? —le preguntó la profesora enfrente de toda la clase, apuntando con un dedo a la revista pornográfica que sostenía en la otra mano, la cual había sacado de su libro de Historia. ¿Cómo había llegado una revista porno allí? ¿Para que la profesora lo encontrara justo cuando había pedido sus cuadernos para revisar la tarea? Él también quería saberlo, pero tenía cierto indicio, observando de reojo, las risitas silenciosas y miradas burlonas que le dirigían sus compañeros.

Dylan suspiró con melancolía. Ser de una religión distinta, rodeado de conservadores católicos estrictos, o ateos, era como ser un conejo lanzado a los lobos hambrientos que esperaban el más mínimo error para devorarlo, sin siquiera dejar los huesos. Su padre había sido un tonto confianzudo, pensando que lo aceptarían con los brazos abiertos, y compartirian ideas y pensamientos con una agradable tasa de té.

Bah, el setenta por ciento del Instituto lo odiaban por el simple hecho de que su padre fuera un pastor y tuviera la "audacia" de estar casado. Ellos lo llamaban: pecado, sacrilegio, indecencia. "¿Cómo un representante de la iglesia podría estar casado? ¡Nuestros sacerdotes no estaban casados! ¡Se entregaban a Dios en total pureza"

—¡Oh!, eso es porque mi padre no es un sacerdote, en realidad, es un Pastor —explicaba Dylan alegremente, antes, cuando todavía intentaba caerle bien a las personas—. Somos de la Iglesia Evangélica que se encuentra en la calle...

—Mamá dice que los pastores suelen violar a los niños... —dijo uno de sus compañeros, delante de él, sin siquiera molestarse en bajar la voz—. Y que escuchó, de una amiga, que uno de los requisitos para entrar a su iglesia, es que las chicas se "entreguen" al pastor obligatoriamente...

—¡Qué escalofriante! —contestó el otro, y añadió, con una sonrisa emocionada—: ¡Yo escuché que son unos sinvergüenzas estafadores! Fingen curar a la gente ciega, y montan todo tipo de espectáculos para hacerle creer a sus feligreses que incluso los paralíticos vuelven a caminar, ¡o los enfermos de cáncer se curan!

El primero se echó a reír a mandíbula suelta, y pronto lo acompañó su compañero, y otros alumnos que solo habían estado escuchando, de pronto se unieron a las risotadas, mientras Dylan no sabía qué decir. Había estado demasiado sorprendido como para defender a su padre en ese momento, limitándose a sólo quedarse boquiabierto, con una fuerte sensación de decepción en su pecho. Ahora, tres años después de aquel acontecimiento, Dylan todavía se arrepentía de no haberse puesto de pie y gritado obscenidades que su padre jamás le perdonarían. Enseñándoles que incluso "Don Matusalén", como muchos habían empezado a llamarlo (los apodos variaban cada mes, e incluso había competencias para elegir cuál era la mejor) también podía traer el infierno sobre la tierra.

Como sea, al veinticinco por ciento no les agradaba porque pensaban que era un mojigato que los acusaría con la profesora de sus pequeñas travesuras. El cinco por ciento, solo lo ignoraban. Porque "Don Matusalén" podría juzgarte de malvado, o peor, tratar de raptarte a su tenebrosa iglesia de raros. ¡Dylan no tenía tiempo para nada de eso! Estaba muy ocupado tratando de sobrevivir al Instituto, gracias.

¿Cómo cortejar a un Chico en los 80?Donde viven las historias. Descúbrelo ahora