Aquellos ojos color sol, aquella mirada que siempre parecía ser amable y comprensiva y a la vez tan alegre y entusiasta, fácilmente se había destruido hace días. Las muertes causadas por Sukuna, la muerte de su compañera y la muerte de uno de sus maestros y el encierro de otro, entre otras cosas sucedidas en este tiempo, habían roto gran parte de lo que era Yuji Itadori, su sonrisa ya no era la misma, por no decir que casi ya no existía. Sin embargo, su poder había aumentado notablemente, su madurez había llegado con demasiada rapidez y aquellos pensamientos que había prometido proteger parecían ser una completa mentira. En este punto había comprendido que él no podría darles unas muertes dignas a las personas, él no podría salvar a la gente, él no podría matar aquellas maldiciones que tanto dolor y muerte habían causado, él era una mentira de todo lo que el mismo se había creído.
La luz del día parecía no ser la misma de siempre, aunque la verdad era más que evidentemente que nada era como siempre en este lugar de mala muerte completa de maldiciones y hechiceros revividos buscando venganza y más destrucción de la que ya habían causado. Y, a pesar de todo, había momentos en los que disfrutaba como los rayos de sol tocaban su piel.
—Ya estamos Cerca, Tengen dijo que más de alguno de esos hechiceros podrá ser de ayuda, recuerden que lo principal es saber el paradero de "Ángel". Luego de eso, si alguno quiere unirse a nuestra causa no estaría de más tener apoyo— Yuta admiro a sus compañeros esperando alguna respuesta por parte de ambos chicos, quienes solo asintieron antes de volver a caminar.
—Aun así, ya está oscureciendo, deberíamos parar un poco antes de seguir. Las maldiciones se acumulan aún más al anochecer— El pelirosa no estaba tan equivocado, pues después de volverse un cazador de maldiciones pudo estudiar mucho sobre ellas y sus costumbres. Era esta quizás la razón por la que ya no sonreía, por la que ya no era el mismo Yuji Itadori de antes. De todas formas, como culparlo, él había vivido tanto para llegar hasta aquí, había perdido a muchos y había visto caer parte de Japón en la destrucción y desesperación.
—Supongo que podríamos quedarnos en uno de esos edificios hasta que amanezca— Megumi señalo un par de edificios que pesar de su deterioro parecían estar en buen estado para quedarse unas horas.
—Bien, vamos, tengo hambre— El pelirosa comenzó a trotar en esa dirección mientras les sonreía sus compañeros, una sonrisa tan rota, tan forzada que el mismo Megumi suspiro de tristeza al ver a su amigo así.
No se dijo mucho más, su llegada a una de las habitaciones fue con cautela y silencio en busca de alguna maldición que quisiera atacarlos, para su suerte no había mucho por lo que pelear, muchas maldiciones eran de niveles tan bajos que se alejaban con solo sentir la presencia de los tres hechiceros. Revisaron frigobares y estantes en busca de comida y luego de satisfacer su humanidad, los tres se recostaron en las camas y sofá disponibles, logrando descansar durante un par de horas hasta que las pesadillas comenzaran a consumirlos.
—Es inevitable, mocoso— Repudiaba tener que verlo y hablar con él al cerrar sus ojos, aquel dominio maldito que había consumido quizás cuantas vidas y el olor a hierro de la sangre que cubría la turbia agua de sus pies le causaban escalofríos. Pero a pesar de todo, la maldición tenía razón, era inevitable todo lo que les sucedía a ambos al cerrar los ojos.
—Yo no he logrado dormir bien durante mil años, tú no podrás hacerlo el resto de tu miserable vida.
—¿Arrepintiéndote de tus pecados?— La maldición rio desde su trono, mientras observaba con superioridad al pelirosa que lo admiraba hacia arriba, así tal como a él le gustaba.
—De lo único que podre arrepentirme alguna vez será de esa mujer... y, aun así, no lo he podido hacer.
Después de todo la maldición tenía toda la maldita razón, su partida había dejado un vacío en su pecho que el mismo no quería admitir, había sido un final duro e inesperado para él, pues el sí la había amado hasta lo más profundo de su alma y no dudaba que así mismo había sido para la maldición dentro de él. Un tiempo breve que no dejaba de ser doloroso, aún soñaba con volver a verla, volver a tocarla y besarla. Simplemente, la deseaba con él una vez más y podía asegurar que eso no era parte de ninguna maldición. La mente lo carcomía buscando la respuesta de que si él era a quien amaba o a la maldición dentro de él, quería esa repuesta hace mucho tiempo, quería escucharlo de su boca, quería saber la verdad; aun así, no la buscaría, pues él sabía que ella era más daño que cura.
La noche seguía cubriendo las calles y la oscuridad de la habitación no permitía ver mucho más haya de su nariz, sin embargo, el pelirosa tomo asiento en el sofá donde posaba su cuerpo para descansar. Todas las noches era lo mismo desde que se había ido, las pesadillas lo invadían y ella fuera como fuera, siempre estaba en ellas, en cada sueño ella se iba. Luego las pesadillas fueron aumentando, el dolor de las perdidas, de las masacres, el dolor de todo lo que había sucedido en Shibuya lo colapsaban todas las noches. No podía dormir, no podía conciliar un sueño decente y extrañamente siempre terminaba hablando con la maldición que más odiaba en su vida, siempre terminaba hablando con Sukuna.
Su cuerpo temblaba una vez más y no precisamente por el frío de la habitación, fregó su cara con sus manos y suspiro profundamente antes de disuadirse a sí mismo de volver a dormir, pero como hacerlo si le aterraba soñar, le aterraba su propia mente. Sacudió sus piernas y busco en su mente los buenos recuerdos que tenía con cada persona que había aparecido en su sueño, relajándose al recordar cosas buenas que alguna vez pasaron, sin embargo, sabía que nunca más podría vivirlas.
—Yuji— Megumi llamo su atención haciéndolo girar con brusquedad— Ya está amaneciendo, debemos irnos— El pelirosa simplemente asintió y nuevamente emprendieron su marcha en busca de la ayuda necesaria para liberar a su maestro.
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El dolor de un Rey Maldito •Ryōmen Sukuna/Yuji Itadori• [Segunda temporada]
Romance[Segunda Temporada de: La mujer que Sukuna amo] Su partida había dejado un vacío en su pecho que el mismo no quería admitir, había sido un final duro e inesperado para él, pues el sí la había amado hasta lo más profundo de su alma y no dudaba que as...