Lauren estaba contenta. Contenta de verdad. La presentación había ido muy bien, Luis se había comportado la noche anterior y no le había estado tocando las narices, y había podido recolocar su cita para aquella noche. El Saab volaba, devorando los kilómetros de autopista sin esfuerzo aparente, mientras ella se precipitaba hacia su cita. Estaba alerta e iba comprobando los retrovisores y las vías de acceso por si había policía.
Hijos de puta. Una vez le quitaron el permiso de conducir por exceso de velocidad y, como resultado, los tres meses siguientes tuvo la sensación de que le habían cortado las piernas. Había tenido que confiar en que los demás la llevaran en coche. Crítica y gruñona, Lauren era una de las peores pasajeras del mundo. Luis odiaba tener que llevarla a alguna parte: inevitablemente discutían sobre su habilidad al volante, o más bien sobre su falta de habilidad. Lauren odiaba no tener el control. Ir en avión era un mal necesario para ella. Los vuelos de larga distancia de Lauren consistían en medio emborracharse en el bar, acabar de emborracharse en el avión, dormir la mona y volver a empezar. Era la única manera de aplacar el miedo que despertaba en ella el hecho de que su vida estuviera en manos de otro. Había tenido suerte de que la tripulación nunca la hubiera esposado al asiento, aunque el noventa por ciento del tiempo no era más que una borracha feliz e inofensiva.
Una vez que volvía en avión de una exposición en Chicago, Lauren empezó a hablar con la chica que llevaba al lado, quien, afortunadamente, tenía una filosofía similar sobre cómo sobrellevar el trayecto y estaba igual de borracha y aburrida que ella. Estaban a medio vuelo, con los ojos enrojecidos, cuando Lauren, envalentonada por el Tía María y consciente de que casi todos los demás estaban durmiendo, se le insinuó. La otra chica, con la misma valentía, aceptó la insinuación graciosamente. Cinco minutos más tarde estaban las dos apretujadas en el lavabo, soltando risitas como dos colegialas y haciéndose callar frenéticamente la una a la otra.
Estaban demasiado borrachas para hacer un intento real de sexo completo y el cubículo era demasiado estrecho para estar cómodas. Lauren se había fijado en los grandes pechos de la chica, pero, hasta que se levantaron, no cayó en que la chica era igual de grande por todas partes. Tan contorsionada como estaba, Lauren sencillamente no podía arreglárselas para colocarse en una posición que resultara cómoda o satisfactoria para alguna de las dos.
Llegadas a ese punto, excitadas y sudorosas, Lauren sugirió que, en vez de eso, se morrearan, sobre todo porque se hicieron evidentes los efectos combinados de estar de pie, volando a once mil metros de altura, y constató que estaba a punto de regurgitar el Tía María. La chica no sabía besar y si había algo que sacaba de quicio a Lauren era un beso patético. En su opinión, los besos patéticos normalmente implicaban sexo patético.
Salieron dando tumbos del cubículo para darse de bruces con una azafata, que se había dado perfecta cuenta de que algo estaba sucediendo y estaba enfadada porque habían interrumpido su descanso. Las dos se sentaron, rojas de vergüenza, se intercambiaron las tarjetas de visita profesionales y se quedaron dormidas.
Hasta el momento, aquella había sido la única oportunidad que había tenido Lauren de sumarse al Mile High Cluby había fracasado estrepitosamente. También le había sentado muy mal la bebida. La gran cantidad de café que tomó en el aeropuerto no le hizo ningún efecto.
Bajó dando bandazos del autocar del aeropuerto, encontró el coche y se quedó dormida.
Nunca llamó a la chica. Por su parte, la chica tampoco la llamó.
Lauren vio el coche patrulla en algún punto delante de ella y redujo la velocidad suavemente, hasta una razonable velocidad de circulación. Pasó el control del cruce y avanzó sin esfuerzo durante veinte kilómetros. Siempre parecía ser de aquel modo, reflexionó. Siempre era ella la que tenía que tomar la iniciativa, tanto si pagaba por el sexo como si no. La ilícita — aunque de algún modo ya rutinaria para entonces— excitación del sexo sin compromisos emocionales estaba empezando a palidecer. Se dio cuenta con un sobresalto de que, de hecho, parecía que se había perdido un montón de cosas, tanto sexual como emocionalmente.
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Placeres ocultos- Pausada(Camren)
RomansCUIDADO! Contenido explícito. El cambio del milenio se acerca y lo mismo sucede con el cuarenta cumpleaños de Lauren. Lleva casada veinte años y está harta de su papel de esposa trofeo en una pequeña ciudad donde no puede luchar adecuadamente para l...