Una mujer sacudió tu hombro para avisarte que ya habían llegado. Parpadeaste varias veces y tardaste en ubicarte en tiempo y espacio. Una fila de personas esperaba impaciente avanzar por el pasillo y cuando viste que tu vecina de viaje se sacó los tapones de las orejas te acordaste que estabas arriba de un avión. Para que no hayas percibido el aterrizaje, tuviste el sueño muy profundo o las cápsulas que tomaste para conseguir la calma hicieron un gran efecto. Un poco te duele la cabeza, entre la presión de la altura y el haber dormido tantas horas, y mientras esperas a que los demás viajeros avancen en la fila, chequeas por la ventanilla que estés en el país correcto. El aeropuerto es un caos y tardas alrededor de tres minutos en conseguir la ubicación para buscar la valija. Entre bostezos, sos testigo de cómo cada uno de los pasajeros ataja su maleta correspondiente al verla acercarse en la cinta transportadora. Recordás al matrimonio a cargo de dos niños idénticos que no superaban los cuatro años y que los escuchaste gritar y llorar caprichosamente desde que embarcaron hasta que te dormiste. Ahora también están llorando: uno porque tiene sueño y el otro porque quiere que la madre lo alce. Pensás en que podría ser una buena escena para publicidad de preservativos. Entonces ves tu equipo de mochila pasar por entre la cortina de tiras plásticas. La atajás y colgas rápidamente en la espalda, pero todavía falta la valija. Pasan casi diez minutos hasta que aparece, te alegras y descartas la posibilidad de tener que ir corriendo a seguridad para reclamar objeto perdido. Como las ganas de caminar son nulas, esperas a que la propia máquina la acerque, pero cuando estiras el brazo para agarrarla, otra mano más grande se interpone y la levanta en el aire adueñándosela.
—¡Ey!
—¿Qué? —responde. Te volteas para enfrentarlo y un poco te alegra que compartan dialecto.
—Es mi valija —e intentas agarrarla, pero él la esconde detrás de sus piernas. Lo miras a los ojos para cuestionarlo y un poco te perdés en ese océano verde. Un poco no más. Porque estarás dormida, pero tampoco sos boluda.
—Mmm, dudo.
—No te pregunté si dudabas. Y ni siquiera te hice una pregunta, devolveme la valija.
—¿Cuántas probabilidades hay de que estés equivocada? —entrecierra los ojos y gesticula pensamiento. Por encima de su cabeza asoma una bolsa de dormir enrollada, así que en el resto de su espalda cuelga una mochila similar la tuya.
—No me jodas —recordás haber visto su remera de Los Ramones en el free-shop del aeropuerto argentino así que deducís que compartieron vuelo. Desde que viste "Destino Final" acostumbraste a memorizar a las personas que te acompañan en los viajes ya sea un avión, un tren o un colectivo—. Me están esperando, no tengo tiempo para éstas boludeces —y te adelantaste dos pasos para agarrar la valija, pero él retrocedió otros dos.
Presionaste los dientes y fue testigo de tu cara enojada que incluye fruncida de nariz y frente. Un poco se rió y después usó un movimiento leve de cabeza para señalarte la cinta transportadora. Ahí la viste venir, una valija exactamente igual a la suya. Entonces tomas aire, la agarras con las dos manos, certificas que tiene tus iniciales y cuando la apoyas otra vez en el suelo, te das cuenta que él no se fue.
—¿Qué?
—Espero las disculpas. Sé que no me vas a dar la razón, así que me conformo con un perdón.
—Chau —y te das media vuelta.
—¡Todas, piccola!
—¿Todas qué? —repreguntas con molestia, girando un poco el cuerpo para volver a mirarlo, pero sin dejar de caminar.
—Las posibilidades —y sabes que está hablando de las posibilidades de estar equivocada, pero por un momento lo olvidaste.
Cuando salís del aeropuerto hay una caterva de automóviles que acompañan a los recién llegados hasta sus destinos. Es tanto el movimiento que perdés un poco la nitidez. El matrimonio de hijos gemelos sigue sufriendo, aunque ahora uno de ellos está abrazado a un poste porque no quiere seguir caminando y el otro grita porque no quiere entrar al auto mientras el padre lo empuja. Todo en sus vidas parece un audiovisual de dibujos animados. Un buen hombre parece verte perdida y se acerca a preguntarte si estás esperando un auto. Tardas un poco en interpretar el idioma porque tu italiano es bastante pobre, a pesar de tener sangre heredada. Aparentemente tu expresión facial fue suficiente para que él repita la pregunta con gestualidades y ahí asentís. Pero cuando estás por avanzar, y como si fuese por una energía que expande el universo, vuelve a interponerse en tu camino el muchacho de ojos verdes con la remera de Los Ramones.
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HISTORIAS MINIMAS
RandomHistorias cortas de un solo capítulo que varían en sus personajes (algunos inventados, otros que pertenecen a historias ya conocidas), en sus tramas y géneros.