Deseaba cruzar la gran puerta que anteriormente lo había llevado a la recepción del infierno de Megami; aun así, le temía a tal idea, le temía a la idea de volver a verla y no saber qué decir, les temía a aquellos sentimientos que ella había quebrado y le temía a lo que pasaría de aquí en adelante. Él sabía que estaba sobre pensando demasiado las cosas, cosas que quizás no pasarían, cosas que probablemente ella no sentía, cosas que ni siquiera había preguntado. Pero el mismo se desviaba de su principal misión, Salvar a su maestro. Con eso en mente restringió todos aquellos estúpidos sentimientos y finalmente se disidió a abrir aquella puerta, puerta que fue abierta antes de que él la tocara.
—¿Qué haces aquí niño?— El mastodonte frente a él lo detuvo de golpe, el cuerpo semidesnudo del fornido hombre se cubría en sudor y con una respiración agitada que entrecortaba sus palabras, su altura intimidaba un poco y su cara de pocos amigos exigía una explicación.
—Vengo por Megami— Volteo su mirada de aquel hombre y miro hacia adentro buscando la causante de su estado, estado que le volaba la cabeza en suposiciones que realmente no deseaba tener. Su sangre hervía sin razón alguna y su mente se nublaba poco a poco, dejando salir a la maldición dentro de él.
—Está indispuesta por ahora— Justifico el mastodonte mientras las marcas cubrían el cuerpo de Itadori y Finalmente El rey resurgía de su interior.
—Para mí jamás— La voz del rey retumbo en sus oídos y antes de que pudiera decir algo más el rey había atravesado su pecho, la sangra escurría y adornaba el piso con su color. El rey se adentró en el lugar rápidamente, cerrando las puertas a sus espaldas y buscando a la mujer que juraba asesinar si lo había engañado con ese asqueroso humano. Y ahí estaba ella, admirando a todo aquel que se atreviera en entrar en sus aposentos desde la altura que una diosa proclama el respeto.
—¿Qué haces aquí?— El Rey no dijo nada más, simplemente se sentía maravillado con la imponencia que su mujer tenía, la mujer que siempre amo, la mujer que jamás supero y la mujer que durante muchos años daño.
—Eres mi mujer Megami, eso no cambiará jamás, no mientas yo viva— Lentamente se acercó al trono de su amada, poco a poco acortando la distancia y la altura.
—Hace un tiempo esas palabras hubieran significado más, pues te ame de la manera más intensa que cualquiera sobre la tierra puede amar. Creí todo lo que mi rey decía y te jure mi lealtad eterna, pero el tiempo pasa y las cosas cambian. Finalmente, me di cuenta de lo usada que fui por ti, una lástima.
—¿Usada?— El rey rio con arrogancia mientras tomaba el cuello de su amada, mientras el infierno ardía con más intensidad y sus labios rozaban levemente con los suyos.
—Yo te amé, tanto como tú amas el infierno— Sus labios se unieron en un desenfrenado beso lleno de sentimientos jamás dichos, lleno de repudio, pero también lleno de amor. La razón es que su amor siempre fue realmente extraño, se odiaban y amaban, ella se iba, él la buscaba, como saber cuándo parar si todo lo que ellos sentían era tan obsesivo.
El infierno ardía con fuerzas mientras las manos de Megami recorrían los abdominales del contenedor de Sukuna por debajo de la ropa, mientras las manos de Sukuna la obligaban a no separarse de él. Sus cuerpos suplicaban por volver a estar juntos y sus labios suplicaban por ser devorados, los dedos de Megami acariciaban a la maldición que la acorralaba contra su trono mientras Sukuna se derretía en su interior por volver a tener a la mujer que extraño durante tanto tiempo.
—Yo no quiero esto otra vez…— Su respiración se entrecortaba mientras los besos del rey no le permitían seguir hablando.
—Solucionaremos esto otra vez, las veces que quieras… Pero no permitiré que me vuelvas a dejar— Y esa era la actitud que tanto odiaba, pero que al mismo tiempo tanto amaba del Rey de las maldiciones.
Con un chasquido de dedos Aquel trono había desaparecido mientras las piernas de Megami se enredaban en sus caderas y la habitación en la cual muchas veces le había hecho el amor volvía a aparecer tal cual la había dejado. La posiciono en la cama con delicadeza mientras la continuaba besando y se posicionaba entre sus piernas, pero antes de poder llegar a algo el rey se esfumó. Las marcas de su cuerpo desaparecían con rapidez mientras el chico tomaba el absoluto control de su propio cuerpo, cayendo levemente rendido sobre la mujer debajo de él pero sin dejar de besarla. Sin abrir los ojos sintió sus labios presionar sobre los de ella, labios que jamás podría olvidar, su aroma cubría sus fosas nasales y su cuerpo comenzaba a temblar. No sabía qué había sucedido; sin embargo, al igual que la primera vez que la beso, no quería pararse a preguntar, continuo besándola con furor, pero al mismo tiempo demostrando todo lo enamorado que seguía de ella. Entreabrió sus ojos para poder admirarla mejor, ver sus ojos cerrados, disfrutando del momento, disfrutando de él… pero ella no disfrutaba de Yuji Itadori.
—Megami— Se detuvo en seco con ese pensamiento en mente, separándose de la maldición que era tan contradictoria, de la maldición que no podía llegar a entender.
—No puede ser…— La mujer intento separarse del agarre del muchacho sobre ella, intentando separarse de la fuerza que él ejercía en su cintura aferrándose a ella.
—Tengo un montón de preguntas justo ahora… quiero que todas y cada una de ellas sean contestadas por ti. Luego de eso, quiero que seas mi primera vez como Yuji Itadori— Las mejillas de la maldición tomaron un color Rojizo, un sonrojo inesperado, un sonroja impropio de ella, porque cuando se trataba de este mocoso tenía que ser tan malditamente vulnerable. Eran sus dos personalidades luchando consigo misma. Por un lado, amaba a ese rey posesivo, ese rey que la amaba un momento y al otro no, ese rey que siempre estaba disponible para sus caprichos, ese rey que prometía cumplir todo lo malo y desquiciado que se le ocurriera. Luego estaba este chico, que le revolvía las entrañas con solo verlo, este chico que le causaba tanta ternura que la hacía confundir, solo quería cuidarlo y tratarlo como nadie jamás lo trato, quería mostrarle todo lo que ella sabía, quería enseñarle que una maldición ama con tanta intensidad que jamás volverá a sentirse amado como ella lo amo. Se volvía tan malditamente cursi cuando se trataba de Yuji Itadori y tan jodidamente Poderosa cuando de Ryōmen Sukuna se Trataba. Dos cosas que la hacían sentir tan malditamente bien.
—¿Quieres un trago?— pregunto la chica intentando quitarse al chico de encima, cosa que no sucedió, pues los ojos del pelirosa la admiraban con tanto cuidado, admiraban cada facción de su rostro con una mirada tan enamorada, una mirada que simplemente rebelaba lo enamorado que seguía de ella.
—¿Por qué te fuiste Megami? ¿Por qué me confesaste tu verdad?— EL pelirosa fue directo al grano, dejando sin respiración a Megami, quien se esforzaba por reaccionar ante tales preguntas que temía responder.—
—Porque me enamore de Yuji Itadori…— Una confesión, una confesión que la inundó en lágrimas, aceptando una realidad que ella misma no quería creer, aceptando finalmente que se había enamorado del chico que miraba fijamente sus ojos sorprendidos, pero tan malditamente contento de tener esa respuesta.

ESTÁS LEYENDO
El dolor de un Rey Maldito •Ryōmen Sukuna/Yuji Itadori• [Segunda temporada]
Romance[Segunda Temporada de: La mujer que Sukuna amo] Su partida había dejado un vacío en su pecho que el mismo no quería admitir, había sido un final duro e inesperado para él, pues el sí la había amado hasta lo más profundo de su alma y no dudaba que as...