El Baile.

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POV: Draco

Como todos los años llegó el Gran Baile de Invierno, y yo no he conseguido pareja.
Tampoco es algo que me interese. En realidad, estoy aquí porque no queda más remedio que asistir a una de las tantas tradiciones que se celebra en Hogwarts.
—¿Otro año igual? —preguntó Gregory, desesperado—. ¿Por qué no somos capaces de conseguir pareja para el baile?
Lo miré por encima del hombro y chasqueé la lengua. La respuesta era obvia.
—¿Quién necesita pareja?
—Pues todo el mundo. —Me miró extrañado—. Tocará ir todos juntos, otra vez.
—Otra vez —repetí sin mucha gana.

Quedaba poco para que el reloj marcase las 8pm, y todavía me quedaba elegir un atuendo adecuado para la ocasión. Abrí mi armario, y escogí una camisa, una chaqueta y una pajarita blanca para conjuntarlo con unos pantalones negros. Me peiné el pelo con los dedos mientras me miraba al espejo:
—Tú puedes, Draco Malfoy. Es solo hasta las doce.
Me di un par de palmaditas en las mejillas y salí de la habitación sin pensar demasiado.

Mis amigos me esperaban en la entrada, y comentaba cuanto les gustaría atacar la barra libre mientras los demás "catetos" bailaban en la pista. No me parecía tan mala idea la de emborracharme un poco para aguantar la noche.
Entramos, y ahí fue cuando sentí cómo las miradas de los demás alumnos se posaban en mí. O, al menos, esa era la impresión que me daba.

Y, para variar, allí estaba él. El niño elegido, el favorito de todos los profesores y director de la escuela sentado junto a su amigo el tonto y su amiga la sangre sucia. Él me vio, pero yo aparté la mirada rápidamente e ignoré la sensación que me provocaba sentir su mirada clavada a mi espalda.
—Buenas noches, alumnos de Hogwarts —anunció Dumbledore.
Seguro que daría el mismo discurso de siempre.
—Hoy, como un año más, nos encontramos de celebración. Pero os propongo algo nuevo: coged a vuestra pareja y sacadla a bailar. Da igual que no la tengáis, así es más divertido.
Miré a mi alrededor, y e efecto, estaban todos agarrando de la mano a su pareja para caminar hacia el centro.

La sala se oscureció y una música lenta comenzó a sonar e invadir el salón. Me giré para ver a mis amigos, pero ellos habían encontrado a una persona aleatoria y la habían sacado a bailar.
Me vi completamente solo.
Me agaché para esconderme entre las mesas y poco a poco me desplacé hasta la puerta. Estaba tan centrado en la huida que no vi a una cabeza morena chocar contra mi hombro.
—Joder —gruñí—. Mira por donde vas, gilipollas.
No podía tener más mala suerte.
—Eso mismo podría decir yo.
Potter me miró indignado con una mano puesta sobre su cabeza. La verdad es que verlo así me hizo gracia.
—¿No tienes pareja, Potter? ¿Y la hermana de Weasley?
Desvió la mirada y vi que aguantó un suspiro. Había dado donde le dolía. Él abrió la boca y me quiso contestar, pero un par de manos nos agarró de la chaqueta y nos levantó del suelo. Era el profesor Severus Snape, que nos miraba con los ojos inyectados en sangre. Cabreado, sí, pero no la tenía que pagar con nosotros.
Algo que no esperaba era que nos empujara hacia la pista. Nervioso, me agarré a los brazos de Potter y él, con la respiración entrecortada, se cruzó con mi mirada.
Teníamos que hacerlo, o si no, mi reputación se iría al carajo por desobedecer las órdenes del director.
Me empezaron a temblar un poco las manos, y sabía que Potter lo notó porque las agarró para colocar una sobre su cintura y, con la otra, entrelazar sus dedos con los míos. Fue colocar su otra mano sobre ni hombro para que empezase a dar un par de pasos y estar sintonía con los demás.
Mi corazón comenzó a acelerarse cada vez que me fijaba en los azulados ojos de Potter. Él notaba mi nerviosismo, y podía decir que estaba igual que yo. Notaba cómo le sudaban las manos, aunque no sabría decir si yo también estaba sudando. En aquel salón hacía mucha calor, y la situación no ayudaba.
Estaba tan centrado en él y en sus movimientos que no me di cuenta de que la música había parado y la gente se estaba dispersando. Nosotros seguíamos ahí, callados, centrados el uno en el otro. Vi con claridad cómo su mirada bajaba un poco, y ahí fue cuando el corazón me dio un vuelco.
—¿Sigues nervioso, Malfoy? —susurró. Lo hizo para que yo fuera el único que pudiera oírlo.
—No tanto como tú, Potter —respondí, bajando también la mirada hacia sus labios.
—Entonces, ¿por qué siento cómo tu corazón va a salirse de tu pecho?
Ahí no supe qué responder, pero sí que hizo que me siguiera sintiendo como si tuviera taquicardia.
De sus labios se dibujó una leve sonrisa, y por ende, yo también lo hice.
A pesar de todo, mis músculos estaban relajados.
—Draco —pronunció mi nombre, algo que nunca había oído en él. Volví a subir la mirada para encontrarme con la suya.
—¿Por qué siento que cuando esto acabe todo volverá a ser como antes?
No supe qué responder, porque tenía razón. Seguramente, en cuanto me separe de él, las miradas de odio, la rivalidad, los insultos... Todo volvería a ser como antes; como si esto que estábamos viviendo no hubiera ocurrido nunca; como si este sentimiento de tranquilidad, que se mezclaba de forma extraña con un nerviosismo extremo jamás la hubiesemos sentido.



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