3. Hoy no es mi día

46 5 5
                                    

-¡Sarah! -La voz me resultaba conocida, pero no era capaz de ponerle cara hasta que me giré.

Aquel chico que vi ayer, y que veía prácticamente todos los días por el asunto de las mercancías estaba allí, no sé ni porqué, y mucho menos porqué gritaba mi nombre y venía corriendo hacia aquí como si le hubieran poseído:

-¿Quién es este? -Dijo mirando hacia Saúl con cara de desprecio mientras lo recorría de arriba a abajo con la mirada.

-¿Y a ti que te importa? -Respondió Saúl antes de que a mí me diera tiempo a articular palabra.

-Pues mucho -Dijo seco.

Los dos se quedaron mirándome, y yo estaba ahí, entre la espada y la pared, sin saber muy bien qué decir, limitándome a tragar saliva e intentar entender la situación:

-¿Nos vamos Sarah? -El otro chico, Andrés, rompió el silencio con esta pregunta, a la cual no sabía qué responder, pero creo que mi boca lo hizo por mí.

-Sí -Me cogió de la mano y nos alejamos de aquel lugar bajo la atenta mirada de Saúl.

Esperé a estar lo suficientemente lejos como para que no nos viera hablar en plan enfado y me solté la mano bruscamente:

-¿Qué coño haces? -Dice Andrés con un tono algo alto.

-No, perdona, ¿Qué coño haces tú? ¿A qué viene esa escena de celos? Si no somos ni amigos, somos conocidos. Es más, ni siquiera eso, somos compañeros de "trabajo" -Al decir esta palabra simulé con las manos las comillas.- Así que no vuelvas a meterte en mi vida sin mi permiso, ¿De acuerdo? -Al ver mi expresión se relajó.

-De acuerdo. Pero mi mercancía sí que la quiero.

Sin articular una palabra más saqué lo que él me pedía y se lo di con la mayor naturalidad posible. Me dio las gracias con un gesto y se fue.

Me fui en la dirección contraria. No sabía muy bien a dónde, pero opté por irme a casa. En el paseo que di hasta allí me dio tiempo a fumarme un cigarro relajada. Nada más llegar me puse cómoda, metí una pizza en el microondas y encendí la televisión. Me puse a verla hasta que la pizza estuviera lista. Una vez que lo estuvo la comí relajadamente. Pero se ve que hoy el karma estaba en mi contra, y cuando ya estaba acabando aquel manjar el timbre sonó. Nada más abrir la puerta veo a la policía. Me reafirmo, hoy no es mi día:

-¿Ocurre algo? -Dije intentando sonar tranquila.

-¿Usted es Sarah Izquierdo? -Dijo uno de ellos sin quitarme la vista de encima, aunque con un gran matiz de autoridad.

-Sí, soy yo, ¿Les puedo ayudar en algo?

-No -Hubo un silencio, que debió de durar apenas un segundo, pero a mí se me hizo eterno, no entendía su presencia allí.- Pero necesitamos que nos acompañe a comisaría. Tenemos que tomarle declaración -Saco un papel de su bolsillo y se quedó leyéndolo.- Y también tenemos una orden de registro.

No me dio tiempo a decir nada cuando ya me estaban empujando hacia un coche de policía y me obligaban a meterme dentro. Tenía miedo de preguntar qué pasaba, pero no pude remediarlo y esperé a que el coche estuviera en marcha para hacerlo:

-¿Por qué tengo que acompañaros? -Dije con la voz algo rota.

-Se nos ha informado de que usted se dedica a traficar con estupefacientes. Pero no se preocupe, si es falso simplemente serán unas preguntas y se le volverá a dar libertad.

Al coche lo invadió un gran silencio hasta que llegamos a la comisaría. Pero, ¿Quién había podido pillarme? Siempre trataba de hacer las cosas con mucha cautela para no levantar sospechas, midiendo muy bien con quien negocio. Aunque supongo que debió de ser algún pequeño fallo y que, como no, tenía que pagar hoy, para variar mi suerte.

Nada más parar enfrente de la puerta de la comisaría abrieron una de las puertas y me hicieron salir, con escolta, como si fuera alguien importante. Me guiaron hasta la sala de interrogatorios, me hicieron sentarme y esperar a que alguien viniera. Mientras tanto observé aquella sala, y puede que no tardara mucho, pero me dio tiempo hasta a analizar un vaso de agua que se encontraba en la mesa.

Un golpe algo fuerte con la puerta me sobresaltó. Me giré y pude ver a un hombre alto, fuerte, con el cabello canoso y los ojos bastante profundos que me miraba como si fuese otra persona más que pasaba por allí. Y era normal, su trabajo consistía en tratar todos los días con delincuentes.

Se sentó en una silla para quedar enfrente de mí. Y sin apartar aquella mirada que me intimidaba empezó a hacer preguntas:

-¿Su nombre es Sarah Izquierdo? -Su voz era tan dura como su rostro.

-Sí -Dije con un matiz de miedo y por su actitud debió de ser bastante notorio.

-¿También tienes tanto miedo cuando vas por ahí con sustancias ilegales?

-Yo no he hecho nada -Intenté reunir toda la seguridad que quedaba dentro de mi cuerpo, si es que quedaba, para contestar a eso.

-¿A no? -Se levantó y del bolsillo trasero del pantalón sacó unas cuantas bolsas, que como no, eran mías-. ¿Y esto es de mi vecino del quinto?

-Posiblemente, no soy adivina ni tengo un detector de ADN en la vista.

Mi actitud burlona le hizo levantarse de nuevo y ponerse frente a mí, muy cerca, intimidándome con aquella mirada:

-Mira niñata, conmigo no te hagas la chula, que yo no soy de ese tipo de gente a la que intimidarás o amenazarás -Hizo una pausa para tragar saliva y seguir hablando-. Soy policía, y si me sale de los cojones doy un grito para que te metan en el calabozo y no ves la luz del sol en un buen tiempo, ¿Te queda claro? Así que si quieres ser tan valiente, al menos reconoce lo que has hecho.

Me quedé callada. Sabía que si abría más la boca lo que dijera podría ir en mi contra:

-¿Ahora ya no ladras nada? -Su tono seguía siendo el mismo que antes.- Pues casi como que me vas a acompañar a una celda, a ver si reflexionas, y de paso te desintoxicas, que tienes unos ojos de meterte de todo..

No sé a qué vendría eso, si yo estaba limpia. Pero quizás es porque mis ojos, de la poca expresión que transmitían, podían parecer eso.

Sin darme más tiempo a nada me puso unas esposas y me acompañó hasta, lo que a mi parecer, era el otro lado de la cárcel de lo lejos que estaba aquello. En aquella celda se encontraban tres chicos más, intimidaban un poco, pero tenía que ser fuerte e intentar intimidar tanto como ellos. Abrieron la puerta de la celda y yo entré bajo la atenta mirada de aquellos chicos. Me puse en una esquina y nada más el hombre que me acompañaba desapareciera por aquel largo pasillo comenzaron las preguntas:

-¿Y tú quién eres muñeca? -Preguntó uno de ellos que tendría más o menos mi misma edad, cabello rubio, ojos azules y estaba bastante fuerte, mientras el resto esperaban bajo una atenta mirada mi reacción.

Soy y seréDonde viven las historias. Descúbrelo ahora