Capítulo 238

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Doy vueltas en la cama sin poder dormir. No se si el culpable de mi insomnio es Mateo, su sobrina, la conversación con Vero o todas las anteriores, pero lo cierto es que no me consigo relajar.

E: ¿Malú?

Su vocecita me llama en un susurro.

- Eva, ¿qué pasa, cariño?

E: Tengo pesadillas.

Rompe a llorar.

E: Quiero volver con mi tío.

Solloza arrastrándose las lágrimas con sus manitas.

- Ven aquí.

Doy unas palmaditas en el borde de la cama, invitándola a acercarse y sentarse junto a mí.

- Muy pronto vas a volver con él.

Prometo dulcemente.

- Y hasta que eso pase Vero te va a cuidar mogollón.

Aseguro abrazándola.

E: ¿Por qué no puedo quedarme contigo?

- Porque yo me voy a México.

Explico.

E: ¿Puedo ir yo también?

- No, pequeña.

Acaricio sus mejillas.

- Pero verás que te lo vas a pasar genial con Vero.

E: Yo quiero ir contigo...

- Tu tienes que estar aquí, cerquita de Mateo, para que pueda visitarte y llevarte pronto a casa.

Un puchero se le escapa y vuelve a llorar. Joder, si a mí los niños no se me dan bien.

- ¿Qué pasa?

Pregunto consternada. Igual tendría que despertar a Vero para que me ayude con Eva.

E: Tengo miedo de no volver con él.

- No pienses en eso, que en nada vas a estar otra vez en vuestra casa.

Acepta mi respuesta esperanzadora. Espero no fallarla.

- ¿Te apetece una leche calentita para poder dormir?

E: Mateo dice que después de cepillarme los dientes no debo comer nada.

- Ya.

Él sabe ser un padre para la niña, la contiene a la par que la educa, yo en cambio soy un puto desastre.

- Pero Mateo no está aquí.

Le recuerdo traviesa.

- Y aunque tiene toda la razón, podemos saltarnos las reglas una vez, a mi también me apetece una.

E: ¿Me dejas ponerle azúcar?

- Vale.

Con tal de verla tranquila, poco me importa como conseguirlo.

E: ¿Y Cola Cao?

- Bueno, vale.

Bajamos juntas a la cocina, y le preparo lo que me pide.

- ¿Esta bueno?

Se lo toma tan rápido que solo me queda esperar a que no se atragante.

E: Sí.

Se relame los labios.

E: ¿Malú?

Me mira con ojitos tímidos.

- Dime.

E: ¿Puedes dormir conmigo?

Le da apuro preguntarlo. No me mira y apenas le sale un hilo de voz.

- Sí.

Sonrío transmitiéndole confianza. Subimos las escaleras y la dejo tumbarse en mi cama, luego lo hago yo, acomodándola pegadita a mí. Voy dejando suaves caricias por su pelo dorado mientras que muy bajito tarareo una nana, consiguiendo que sus ojitos se cierren, y una vez veo su gesto relajado, consigo también hacerlo yo.

Todos los secretos (Segunda parte)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora