El sonido del despertador sonó a las 9:30 como cada día que me tocaba el turno de la mañana. Con ojos entrecerrados y unas ganas de quedarme durmiendo el resto del día, desactivé la alarma con pesar.
Protesté para mí con un gruñido mientras me levantaba para prepararme. Veinte minutos era lo único que necesitaba para alistarme y salir de casa a mi trabajo que solo quedaba a ocho minutos andando.
Bastante cerca, lo sabía. Era una de las ventajas de vivir en un pueblo tan pequeño como Sitges, de esos pueblitos encantadores donde toda la gente que vive allí se conoce y se tratan como familia.
Solo que yo no entraba en ese lote.
El sonido de mi teléfono anunció que tenía un nuevo mensaje. Se trataba de mi jefa diciendo que se pasaría hoy por la tarde. Hice una mueca, la verdad es que lo que menos me apetecía hoy era verla. El primer año, cuando solo trabajaba como dependienta, sentía que era una de las jefas más amables que había conocido, pero al año siguiente, cuando ella misma se encargó de ascenderme, las cosas se habían vuelto mucho más intensas, en todo sentido.
Y yo estaba en un punto de mi vida donde necesitaba tranquilidad.
Salí de casa una vez vestida y con mi termo de café en la mano. Fuera hacía algo de frío y el contraste con el calor de mi casa me hizo temblar por un momento. La primavera este año estaba siendo más fría de lo normal, pero no me quejé, prefería las temperaturas gélidas.
Llegué al local en los minutos que siempre demoraba en caminar. La pequeña tienda de souvenirs donde trabajaba se imponía frente a mí. Eché un vistazo al reloj de mi muñeca 9:56. Perfecto. Saqué las llaves, abrí la tienda, encendí las luces y preparé todo lo necesario para la apertura. A las diez en punto estaba todo listo.
Todo fríamente cronometrado.
Antes me habría dado miedo tener todo tan controlado, pero ahora necesitaba ese orden.
Necesitaba sentir que tenía el control, aunque dentro de mí no pudiera controlar nada.
Empecé a ponerme en marcha con la lista de cosas que tenía por hacer, la principal, mantener la tienda perfilada, hasta que apareció el primer cliente. Sonreí con amabilidad y lo atendí. Pero en el mismo instante en el que despaché la primera venta, entró otro cliente. Repetí el proceso. Luego al siguiente, luego al otro: cobraba, reponía, ordenaba, atendía a la gente y luego lo mismo. Hasta que llegó ese punto donde ya la tienda estaba colapsada de gente y la fila era tan larga que no lograba distinguir el final. Fue en ese momento cuando empecé a estresarme, porque me sobrepasaba siempre el trabajo a esas alturas de la temporada, cuando empiezan a venir muchísimos más turistas, pero no los suficientes como para que la empresa decida contratar a alguien. Entonces escogen saturar a la única persona que tienen. A mí.
Tomé respiraciones profundas y seguí atendiendo hasta que conseguí que la tienda quedara vacía. Aproveché el momento para ordenar porque era increíble lo mucho que la gente lograba desordenar una tienda tan pequeña. Además, sabiendo que vendría mi jefa lo último que quería era ganarme una bronca.
Pero aquel no era mi día, porque cuando estaba terminando de arreglar el desorden que había en la sección de tazas y cucharones, la reina de Roma entró al trabajo. Marisa. Una mujer de 50 años, delgada, alta, de metro ochenta, piernas largas, piel bronceada porque va a la playa cada vez que quiere y una melena castaña que se movía al son de la brisa como si estuviera siempre en una sesión de modelaje. Se quitó las gafas de sol al entrar y empezó a ojear el lugar.
Era una diva en su totalidad.
—Buenos días, Alana —saludó con su voz rasposa, lo que demostraba que fumaba muchísimo. El día que me realizó la entrevista lo hizo fumándose un paquete de cigarros. Me dolía la garganta solo de recordarlo.
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El día que aprendí a amarme
JugendliteraturAlana Acosta lleva una rutina tranquila en su día a día: trabajar, ir a casa, descansar y prepararse para el día siguiente. Un plan muy básico. Vivir de esa manera es lo que le ha dado la estabilidad y la tranquilidad que necesita, ya que gracias a...