Capítulo 3

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Primeros años, primeras burlas.

Carmen Aurelia Martínez Lozada era el nombre de mi mamá. Con 19 años estaba en la maternidad con mis abuelos. Ella no quería dar a luz. Mi abuela la obligó. —¡En esta casa nadie va a abortar! Si Dios así lo quiso, así será. Nací el 10 de marzo de 1995 en Guanare, Venezuela.

Mi mamá al verme dijo —Lo siento hijo mío, te amaré cuando esté preparada. No me sostuvo durante varios días. Un día tomó posesión de mí y desde ese momento no me ha dejado ir. —Mira tus manitas morenas, son tan pequeñas. Tienes mi cabello y mi nariz —Me acariciaba las mejillas—. Carlos Alberto, serás alguien grande, lo sé. Eso fue lo que ella me contó.

Mi abuela murió poco después. Tenía seis meses cuando ella falleció a los 59 años. Mi abuelo la siguió. Creo que no quería dejarla sola pasando frío.

Mi mamá era la menor de tres hermanos. Alsemio y Lucrecia eran mis tíos. Sé que tuvieron otros hermanos que murieron bebés o por abortos espontáneos. Alsemio ya tenía un hijo de 1 año al momento de los entierros; Mauricio. Lucrecia tenía dos, Roberto de 3 años y Mariela de 5.

Mi mamá se quedó viviendo en la pequeña casa de mi abuela. Ella interrumpió sus estudios de enfermería cuando se embarazó. Quería ser como mi tía. Mi tío era bombero.

Después de festejar mi primer aniversario, mi mamá retomó sus estudios. Recuerdo vagamente cuando tuvo su diploma a mis cuatro años. La gente decía que era una buena enfermera. En su personalidad estaba esas ganas de cuidar de otros. Siempre presente para mí, para su familia y para sus vecinos cuando no estaba de guardia en el hospital.

Vivíamos en un barrio, donde el machismo era el común denominador. Muchas de las mujeres eran madres y esposas abnegadas. Los hombres solo trabajaban. Los quehaceres o la crianza de los hijos no era cosa de machos. Al terminar el día laboral, no faltaba las cervecitas, el aguardiente o el anís de baja gama con los compadres hasta caer la noche.

No todos eran así, pero si en su mayoría. En todo caso era lo que yo veía en mi entorno. Era lo que se decía lamentablemente "moralmente correcto". Las pocas familias en donde los dos miembros trabajaban y se ayudaban mutuamente, eran raras. —¡Esos hombres son unos sometidos! —decían los vecinos. Lo peor del caso, muchas de las esposas abnegadas apoyaban esa teoría. El machismo no era ni es solo cosa de hombres. La precariedad y la religión no ayudaban a cambiar de mentalidad.

La homosexualidad no era un tema de conversación difícil. Siempre estaba en las discusiones ignorantes. —Esos maricones deberían quemarlos vivos. —Todos deberían desaparecer para vivir tranquilos. —Ahora quieren que los traten bien. —¿Viste al peluquero de la calle cinco que mataron a puñaladas? —¡Si, si! lo vi en el periódico. Pues no está mal que nos quiten ese virus de encima. Eso lo escuchaba por todos lados: En el bus, caminando el centro, en la casa de mi tío y en el hospital cuando mi madre me llevaba.

El racismo era diferente. No era tangible, pero si subyacente. Los negros y los árabes eran los ladrones. Los judíos los ricos y estafadores. Los asiáticos, los mejores en matemáticas, los dueños de los super mercados y los que comían carne de perro. Nadie lo expresaba en público, pero todos lo pensaban.

Recuerdo que las primeras burlas de las que fui objeto, comenzaron después que mi mamá obtuvo su diploma o desde entonces me recuerdo.

—Mira como camina Carlitos. —¡Ay, papá! Esa galleta oreo se va a partir. —¡Esa cosecha sí que se perdió! —No le hables mucho porque, si te ven con el van a pensar que tú eres maricon también. —El negrito te estaba mirando. ¡Ten cuidado! yo creo que le gustas. —¡Negro y maricon! Consignas que me marcaron por el resto de la vida. Estaba claro que ser negro no iba de par con ser mariquita.

Matarme para no suicidarmeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora