La jefa
Viernes, 18 de enero del 2013. Estuve encerrado en mi apartamento. No comía, no me bañaba y no dormía. Dejé de ir a la universidad. No quería encontrarme de nuevo a Jonathan y a sus secuaces. Los mensajes de Laura no dejaban de atormentarme. Decidí decirle que no me molestara, que necesitaba un tiempo para mí. Fui un poco desagradable, pero fue la única manera de apaciguar su insistencia.
Ese día me tocaba trabajar. Me forcé a ir, pues mi jefa contaba conmigo. Salí de la casa con miedo. Avanzaba y creía que Jonathan iba a salir de cualquier lado. En el bus o en la calle, lo veía. En la cara de diferentes hombres, su reflejo me perseguía. Estaba paranoico y claustrofóbico. A la mitad del trayecto tuve que bajarme, prefería caminar. Necesitaba respirar. Estuve a punto de regresarme a la casa, pero sabía que era contraproducente. No podía seguir en mi casa conmigo mismo, aunque fuese el único lugar en donde me sentía seguro.
Estaba fuera del Ático de la decoración: la tienda donde trabajaba. Inhalaba y exhalaba lentamente, con los ojos cerrados, concentrándome en mi juego de actor. No podía dejar que Carolina se diese cuenta de mi estado.
—¿Carlos? ¿Carlos? —cuestionó una voz masculina haciéndome saltar. Abrí los ojos, pero sin voltearme. «¡No puede ser, él no puede estar aquí!» pensé rápidamente. Al girarme, no podía creer lo que veía. Era él, Gianmario. Lo fijé incrédulo. —¿Cómo estás Carlos? —preguntó él, mientras yo estaba a punto de desmayarme. No respondí. Saqué las llaves de la tienda; tembloroso, abrí la puerta, entré y cerré de nuevo.
—¿Qué está haciendo él aquí? ¿Cómo es posible? No quiero verlo, no puedo verlo —murmuraba en pleno delirio. —¿Carlos estás bien? —me interpeló mi jefa tomándome las manos. Si no quería que ella percibiese mi fatal estado, fallé en el acto. Mis ojos no podían enfocarla. Ella fue hacia la puerta, pero nadie estaba ahí. —¿Qué pasó Carlitos? ¿Qué tienes mi amor? —repetía. —¡¿Se fue? ¿Se fue?! —pregunté histérico. —¿Quién mi amor? —Revisó de nuevo sin dar con la persona. —¡No, no, nada, nadie! —contesté titubeando.
Mi jefa me llevó al segundo piso, me sentó y me hizo una infusión de frutas rojas. Creía perder la cabeza. Era ilógico encontrarme a la persona estancada en mis pensamientos. La persona que amaba. Un amor no correspondido.
Gianmario estudiaba en otra ciudad, lejos de mí. Yo estaba en Barquisimeto, él, en San Cristóbal, Venezuela. La única solución: lo había imaginado. Solo que tampoco quería verlo, era imposible que él me viese tan desgastado. Igual, mi higiene de vida, en esos días no era el más recomendado. Mi cabeza me estaba jugando un mal juego de seguro.
—¿Qué te pasa Carlitos? —Insistió Carolina, yo seguía sin reaccionar. Un golpe en la mesa me agitó. —Carlos, me dices qué es lo que te está pasando ya. Yo te conozco y desde hace rato te veo mal. ¡Habla de una vez! —Su tono de voz me desconcertó y empecé a llorar. Mis manos vibraban al son de mis latidos. Ella me abrazó y yo la apreté con fuerza. No creía tener el valor de decirle, pero fue más rápido de lo que pensé.
No dije nada con respecto a mi presunta alucinación. Expliqué lo que había sufrido de la parte de Jonathan. Ella estaba indignada. —¡Carlos, tienes que denunciarlo! Tienes que hacer algo, él no puede quedar impune ¿Me entiendes? —manifestaba furiosa. —No creo que pueda, no tengo pruebas y nadie me va a creer. No hubo penetración —respondí nervioso. —Porque no haya penetración, no quiere decir que no sea un abuso. No fue un juego, ni una broma lo que te hicieron, fue una agresión sexual; no te puedes quedar callado. Me levanté y bajé las escaleras.
Estaba consciente que ella tenía razón, pero estaba aterrorizado de las consecuencias. Fui hacia la puerta para la apertura, ya eran las dos de la tarde. —¡Carlos, ni se te ocurra abrir! —me ordenó Carolina como si fuese mi mamá. La miré mordiéndome los labios. —Hoy nos quedamos los dos, sin clientes, sin nadie; pondré un anuncio de cierre excepcional —Ella fue hacia mí, quitándome las llaves y abrazándome de nuevo. —Jonathan y yo, tuvimos algo antes del incidente —confesé estrechándola entre mis brazos.
La jefa me soltó y fue a beber un vaso de agua. —¿Me estás diciendo que tú te acostaste con el homofóbico? —Ella estaba pasmada—. ¿Pero, por qué no me habías dicho que te gustaban los hombres, Carlos? —seguía anonadada. —No sé, supongo que no quería sentirme juzgado —dije sin darle la cara. —¿Pero, tú eres idiota o qué? —lanzó ella molesta—. Si tú sabes que yo soy lesbiana, Carlos, fue lo primero que te dije cuando nos conocimos. Si alguien no te va a juzgar, soy exactamente yo. Levanté la mirada y una media sonrisa se dibujó en mi rostro.
Era la primera vez que lo decía a voz alta. Creo que en ese momento mi voz cambió, era más sobria. —Si, nos acostamos unas tres veces, pero yo quise parar, porque, aunque me atraía, todo estaba envuelto en la violencia. Era una relación toxica —hablé sin retenerme. —¡¿Toxica?! Si así se comportó porque le dijiste que no, toxica no es la palabra, ese tipo iba a ser tu desgracia —Carolina se acercó y me agarró las manos. —No sé qué me pasó, además, Jonathan es el primo de mi exnovia —Bajé la mirada de nuevo. Ella buscó una silla y se sentó.
—¿Pero, en que lio te has metido tú, muchacho? —La jefa no podía salir de su impresión—. Esto está mejor que una novela de Univisión. Me vas a decir, que también tienes un hermano gemelo malvado —Se fue a las carcajadas y yo no me contuve—. Quiero todos los detalles, pero yo te aconsejo que lo denuncies.
Seguimos conversando y nos vimos interrumpidos por los ruidos de mi barriga. Parecían que viniesen de una orquesta descompuesta. Ella me observó condescendiente. —¿Y a quién viste cuando llegaste, al primo novio? —volvió a la carga. —¡Oh no, esa es otra historia! —contesté suspirando —. Creí ver a Gianmario, el inalcanzable: el chico que está en mis sueños desde el liceo. Tengo mucho que contarte, pero te lo diré después.
Carolina salió por unos veinte minutos, llegando con comida. No sentía realmente el hambre, pero mi cuerpo no estaba de acuerdo. Al primer bocado, mi apetito se despertó insaciable. Mi estomago lo agradecía. —¡Carlos, que sea la última vez! —exclamó ella poniéndome la mano en el hombro. —¿Qué sea la última vez? —No entendía lo que quería decir. —Que no busques ayuda, cuando lo necesitas. Es la peor decisión que podemos tomar. No dije nada, quedándonos en silencio por varios minutos.
Al finalizar mi comida, me paré y fui a lavarme las manos. —Lo sé, pero es difícil pedir ayuda; no quiero molestar a nadie con mis problemas —argumenté mientras me secaba—. Cuando he intentado, muchos me han dado la espalda; yo me he dado la espalda y he hecho estupideces. Tengo miedo y me siento agotado. Quiero vivir, pero cada vez que alzo las alas, alguien viene y me las corta; como si disfrutaran al verme caer. Me he levantado cada vez que he podido, pero ya no puedo más. Me he reinventado en diferentes ocasiones, cambiando quien soy y como soy para ser aceptado; no obstante, nunca ha funcionado —expresé lo mejor que pude mi resentir. —Carlitos, te entiendo, yo también viví lo mismo. No es fácil ser quien somos, y aceptarnos, es más difícil todavía; pero, si sigues escondiéndote de ti mismo, no vas a conseguir nada. ¿Ya has ido a una discoteca gay? —preguntó ella. —¡No nunca, ¿Cómo se te ocurre?! —repliqué tapándome la boca. —Bueno, eso es lo que vamos a hacer esta noche y no te estoy preguntando.
Espero que les haya gustado este nuevo capítulo 😊.
Gracias por la lectura y no olviden dejar sus comentarios.
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Matarme para no suicidarme
RandomCarlos ha sufrido el acoso, el maltrato y el rechazo desde su niñez. Ser pobre, negro y gay en una sociedad clasista, racista y homófoba no ha sido de ayuda. Lo que más desea: Ser aceptado, amado y respetado. Lo que en realidad necesita: Aceptarse...