Maldita escuela: Parte 1
La escuela ya no era ese lugar que un día soñé. Los días se hacían largos. Dos años después de la partida de mi querido amigo Pablo. Todavía me hacía falta. Siempre me he preguntado ¿Por qué tuvo que ser él? ¿Por qué tan pequeño? Tenía tanto que vivir, tanto que compartir con los otros. Fue muy triste.
Pasé momentos difíciles. Al principio, no entendía mucho de lo que pasaba. Creía que él iba a regresar, pero el tiempo pasó y Pablito nunca vino. No me sorprendió con sus bromas o con su risa extravagante.
Siempre había sido introvertido, pero después de eso me cerré aún más. Para mi mamá fue duro. Ella intentaba de todo para ayudarme, pero yo no era receptivo. Mi sonrisa había desaparecido. A veces hacia el esfuerzo por mi madre, pero era en vano, pronto mi malestar se hacía visible.
Luego, la soledad se fue apoderando de mí. Sin Pablo casi nadie se acercaba para jugar conmigo. Trataba de integrarme, sin embargo, todo era complicado: Por una parte, yo no era muy sonriente y por el otro, los niños podían ser muy crueles conmigo. Yo quería tener amigos, ser visible y no solo ser un espectador.
Ser aplicado, estudiar, estudiar y estudiar eran mis pasatiempos. En segundo grado ya sabía sumar, restar, multiplicar hasta dos cifras y comenzaba a dividir en una cifra. La división me costó un poco más.
Ya en tercero, era una maquina en matemáticas. Mi mamá me enseñaba lo poco que conocía. Fui autónomo con rapidez. Necesitaba por lo menos destacarme en algo. Era el primero de la clase y mis ansias por sobresalir, de gritar que yo existía, me volvieron El sabelotodo. Los profesores observaban que yo estaba un paso adelante con respecto a los otros niños. De ahí la proposición que le hicieron a mi madre —Creemos que su hijo debería estar en una clase más avanzada.
Mi mamá pensaba que estar en una nueva clase, podía ayudarme con mi búsqueda desesperada de amigos. —Yo pienso que este curso te convendrá —Me pasó la mano por el cabello—. ¡Podrás tener nuevos amiguitos! —exclamó ella emocionada. No perdía la esperanza en que pudiese ser como antes, como cuando estaba con Pablo.
No estaba en contra porque era una nueva oportunidad. Casi nunca veía a los de cuarto grado, nuestro recreo no era común: El ciclo 1 (de primer a tercer grado) 9h-9h30; el ciclo 2 (de cuarto a sexto grado) 9h30-10h. El cambio se hizo en dos semanas y con mis 8 años, estaba en cuarto grado.
Siendo el nuevo de la clase y el más joven, remarcarme no fue difícil. —Hoy le damos la bienvenida a Carlos —me introdujo mi nueva maestra. Ella se llamaba Marcela—. El acaba de saltar una clase por ser un estudiante excelente. ¡Trátenlo bien! —La profesora me indicó que tomara asiento. Había tres puestos disponibles. Observaba las miradas de mis futuros binomios. Dos de ellos me hicieron comprender que no era posible. Una niña de mirada delicada me hizo gestos con su mano para sentarme a su lado. Tímido fui hacia ella y me senté. —¡Hola, me llamo Luisa!
Mi compañera no paraba de hablar. —Debes ser super bueno, si saltaste una clase. —Mira ese porte de chico inteligente. —Tienes que enseñarme, yo no soy muy lista. —¿Y si estudiamos juntos? —¿Y si nos hacemos mejores amigos? —Mis padres estarán super contentos de conocerte y si eres bueno en matemáticas, más todavía. —Mi mamá me regaña todo el tiempo porque no conozco las tablas. Estaba Atónito de como ella no podía parar el pico.
El segundo día intenté nuevos encuentros, pero era imposible. Los otros me hicieron al lado desde el primer contacto. Luisa era mi única aliada y lo fue hasta el final del año. Aprendí a ignorarla cuando me asfixiaba con sus habladurías. Por su parte, ella no era rechazada: era cómica y sociable. Me hacía pensar a Pablo, solo que ella no era para nada introvertida.
—¿Qué haces con el negro? —Ten cuidado con tus cosas, que no te vaya a robar. —¿Sabías que es mariquita? —¡Míralo cuando camina y veras! —le decían los otros niños, en especial Lorenzo. Ella me contaba todo. —¡No les hagas caso, ellos están celosos porque eres el más inteligente de todos! —intentaba ella reconfortarme.
Una tarde al llegar a la casa frustrado, decidí buscar significado a lo que manifestaban —Mamá, ¿Por qué todos dicen que soy mariquita? —pregunté con determinación. Pasmada, con una mirada angustiada me sentó en el salón. Mis ojos buscaban una respuesta; los suyos, una evasión. —¿Quién te dijo eso? —suspirando me agarró las manos. —Todo el mundo. Los niños de la escuela, los vecinos, en el bus me lo dicen, todos.
Agobiada, mi madre decidió hablar. —A veces la gente puede ser cruel. La gente dice muchas cosas sin saber. Tú no eres eso que dicen —Me miraba inconscientemente con lastima—. Tú estás creciendo. Te estás formando para ser un hombre cuando seas adulto. Sus ojos húmedos me hacían llorar. —Ellos dicen que no soy un niño, que soy una niña mariquita. Yo no quiero ser mariquita — grité. Me fui corriendo al cuarto.
Al día siguiente y sin tener muchas explicaciones de lo que quería decir mariquita. Observaba a los otros chicos. No nos veíamos tan diferentes. Ellos eran más agresivos y hablaban mal, pero a pesar de ello, yo quería ser como los otros. El tiempo pasaba y nada cambiaba.
Gracias a Luisa, jugaba con las chicas de vez en cuando. Me veía obligado. El significado de mariquita iba tomando forma. Las muecas y otros actos me confundían. Yo era un varón quien no tenía la posibilidad de ser un varón. Comprendía que yo no era bienvenido en los juegos improvisados de futbol o básquet. Solo podía participar cuándo teníamos deportes.
—Lorenzo y Mariano ustedes serán los capitanes —Señalaba el profesor de Educación Física. Piedra, papel y tijera: el juego para saber quién podía elegir primero. Lorenzo comenzaba siempre, hasta cuando no ganaba. Él era un duro y se hacía lo que el decidía. Ellos eran siempre los capitanes de futbol, los preferidos y yo quería ser como ellos.
Lorenzo: —Manuel.
Mariano: —Joselito.
Lorenzo: —Carlos.
Emocionado y sorprendido miraba a los otros incrédulos. Sentía que acababa de ganar un premio de la academia. —And the Oscar goes to: Carlos Alberto Martínez Lozada. Mi mamá veía todas las premiaciones. Los Emmys, Los Golden Globes y obviamente, Los premios Oscar, los mejores.
—Carlos el blanco —dijo Lorenzo. Me sentí como un tonto. En el medio de la cancha observando como todos se burlaban. Como olvidar que no era solo Carlos, era también el negro y el mariquita.
Mi color de piel era otro detalle que alejaba a muchos. Doble corona de espinas. Aparentemente, si me tocaban mi piel desteñía. Si nos metían a todos en una lavadora, yo era la media sucia. Esa que iba a manchar la ropa blanca. Había otros chicos negros en la escuela, no era la mayoría. En mi salón, yo era el único. Intenté hacerme amigos de ellos, pues teníamos algo en común. No funcionaba tampoco, era demasiado femenino para estar con ellos.
Regresé a mi puesto. No perdía la esperanza que me seleccionaran a la próxima vuelta.
Los dos capitanes se consultaron a voz baja. Decidiendo a quien llamar. Yo no quería estar en la banca como siempre. Mariano terminó por llamarme casi al final. —Carlos, el negro. Estaba lleno de euforia y fui al frente. Así me hubiesen llamado de último, no importaba. Que dijeran mi nombre, ya era un logro para mí.
Para parecerme a los otros de la escuela, los imitaba en secreto. Concretamente, imitaba a Lorenzo. Encerrado en mi cuarto, durante días y días me entrenaba: a caminar como Lorenzo, a hablar como Lorenzo, a reír como Lorenzo. Quería ser como él. Yo quería ser Lorenzo.
En la televisión, los partidos de futbol se transmitían por la tarde. Aprendí las reglas, los pases y hasta el juego de actores cuando había falta. Pensaba que ya sabía jugar futbol.
Esa mañana, iba a mostrar mis nuevas aptitudes. Me puse en la cancha como delantero porque yo me sentía Ronaldo. Mariano vino hacia mi —Tú serás el portero —Lanzó una mirada a Lorenzo sonriendo maliciosamente. —¡Vale capitán! —Hice caso y me puse en la portería. Todos los jugadores se reunieron. Yo fui al centro con ellos, pero me dijeron que me quedara en la portería. Fui de nuevo a mi lugar y todos empezaron a reír a carcajadas mirándome.
Espero que les haya gustado la lectura. No olviden dejar un comentario.
Muchas gracias
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Matarme para no suicidarme
LosoweCarlos ha sufrido el acoso, el maltrato y el rechazo desde su niñez. Ser pobre, negro y gay en una sociedad clasista, racista y homófoba no ha sido de ayuda. Lo que más desea: Ser aceptado, amado y respetado. Lo que en realidad necesita: Aceptarse...