Capítulo 10

20 5 5
                                    

Mis amigos eran contados con las manos o claramente, mis amigas. Seguía siendo como la peste para los chicos. Cada vez que me acercaba para jugar o solo para hablar el Anda palla maricón era recurrente. Nada había cambiado, puede que mi estatus: Ya no era el negro mariquita, sino, el maricón o el marica. Seguía aislado de una sociedad a la que yo quería pertenecer con ansias y que me cerraba las puertas despiadadamente en la cara. Me sentía como un testigo de Jehová tocando de puerta a puerta.

Para evitar los rechazos definitivos, sus golpes y hasta sus escupitajos, aprendí a mantener las distancias; era la mejor alternativa: Estar solo, pero a salvo. Ya estaba más grande y comprendía lo que todos querían decir por maricón. Yo no me consideraba así. -A mí no me gustan los hombres, me gustan las mujeres y punto -decía siempre en mi defensa. La gente solo reía de esas palabras. En esa época, yo no tenía conciencia de lo que me gustaba y lo que no, por lo tanto, sus mofas seguían siendo sin sentido.

Cuando estaba por mis 13 años, la mudanza de una nueva familia cambiaría un poco mi sentir. En un breve tiempo, Luzmila, la nueva vecina, se convirtió en una amiga cercana de mi madre. Manolo era el esposo quien me trataba también con gentileza. Su hijo Alexis, era muy diferente a sus padres: todo un pedante. Ellos se encontraban en ese barrio por consecuencias de la vida. Se veía desde lejos que ellos no pertenecían a nuestra clase social.

Alexis, con sus 15 años se veía como un hombre. Estábamos acostumbrados a vernos por la relación de amistad que existía entre nuestras madres, pero yo lo detestaba. -Mamá quiero estos zapatos de marca. Mamá mira ese reloj, lo quiero. Mamá, mamá, mamá Era insoportable.

Luzmila se desvivía por su hijo y le daba lo que pidiese. Lo peor de todo, no hacía nada para merecerlo. No era buen estudiante, de hecho, le iba muy mal. Una multiplicación de dos por dos era mucho pedirle. Él poseía todo lo que probablemente yo nunca tendría. Él vivía en el mismo sitio que yo, pero él estaba lejos de ser un chico de barrio. Siendo objetivo, creo que lo envidiaba un poco.

Manolo pudo observar mis aptitudes con los cálculos y viendo que su hijo necesitaba ayuda. -¡Carlos será el tutor de Alexis! Una decisión tomada por los adultos. Yo no quería, no podía verlo ni en pintura. Eso le decía a mi mamá para no aceptar que su cuerpo, su manera de hablar y su comportamiento de patán, me hacían patinar. Por la primera vez, sentía las hormonas de las que todos hablaban: La pubertad y sus estragos.

Escaparme de los cursos forzados que debía administrar a Alexis, era casi imposible. -Me duele estómago. Me duele la cabeza. Tengo que estudiar para un parcial mañana. Fueron mis excusas vacías para sacármelo del paso. Fui bueno evitándolo por un tiempo.

Un día al regresar de la secundaria, Alexis apareció de la nada -¿Qué es lo que te pasa? -me preguntó molesto-. ¿Te caigo mal o qué? Mis piernas parecían espaguetis recién sacados del agua hirviente. No tenía respuesta, pues ni yo mismo lo que sentía por él. -Necesito que me ayudes en serio, mis padres me quieren matar. De las doce materias me van a quedar siete. Abrí los ojos como platos. -¡Si no me vas a ayudar dímelo y no te molesto más! -exclamó él con sinceridad. Era la primera persona que me pedía ayuda de verdad. Terminé por aceptar por mi mamá y bueno porque no podía resistirme más. No podía dejarlo en ese estado.

Todos los miércoles y viernes por la noche iba a su casa. Durante casi tres meses, estar con él era mi pasatiempo. Gradualmente el miedo fue dando paso al agrado. No podía dejar de ver sus manos, estaba obsesionado con ellas. Alexis era un poco velludo y con una pequeña barba. Tenía un aire de europeo ibérico con cejas pobladas. Mi deseo era exponencial y no me podía controlar. Cada que regresaba a casa, me bañaba para poder tocarme. Fue por él que la exploración de mi cuerpo comenzó. Mi primera erección, mi primera masturbación.

Matarme para no suicidarmeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora